martes, 25 de diciembre de 2018

Breve soliloquio navideño



Esta fue la primera de las navidades en las que me fui a dormir sin escribir nada a nadie, ningún tipo de mensaje personalizado a mi familia o amigos. Llegué a un punto en el que dejé de darle importancia, como si esa especie de compromiso social me agotara, después de unas horas de silencio me sentí desvanecer y comprendí tarde, que a nadie le importa ya.

Son las cuatro de la mañana y Syd Barret repite en el tocadiscos, "Inside me I Feel Alone and Unreal", el chiste de Satán y la dislexia dejó de ser gracioso hace unas semanas, concluyo mientras leo un par de mensajes obsoletos y otro par de esos que a veces es mejor que no escriban nada de lo simples y mecánicos que son.


Excuso, como una especie de ceremonia mental y absurda a todos aquellos que ya han crecido y que solían escribir pero que esta noche viven sus vidas casi erigidas  mientras la mía sigue siendo un cúmulo de decisiones inconclusas: a mis viejos amigos y a mis mejores amigos, a mis familiares y a aquellas personas por las que sentí algo, a lo mejor todos ellos también ya se cansaron de escribir.

Después de todo, uno escribe solo escribe a aquellos que quiere y hoy, no he escrito a nadie. 


lunes, 19 de noviembre de 2018

Consume tu tiempo y adáptate



En la pantalla las personas hablan y para mí no tiene coherencia lo que dicen, no presto atención, solo finjo que lo hago mientras mi mirada sigue clavada en el televisor, me invade una especie de vértigo el mismo que siento cuando me dictan una serie de números y no soy capaz de memorizarlos o cuando debo responder a mi interlocutor con una frase que siento carece de sentido.

Miro a mi alrededor y agradezco que nadie pueda leer mis pensamientos, han pasado los años y sigo sin entender las conductas sociales de quienes me rodean, quizá no se trata de ellos sino de mí y mi poco interés sobre las cosas que a los demás les resultan esenciales. 

¿Qué hago aquí? Llevo más de una hora viendo a la pantalla, siguiendo con mi retina los movimientos de las pequeñas personas que se mueven en el televisor y yo sigo sin entender porque todos continúan observando la pantalla con tanta atención, ojalá pudiera dormir con los ojos abiertos, pero allí en aquella solo solo puedo soñar, intento concentrarme pero tampoco los sueños acuden  mí, podría estar en otro lugar ahora, quizá no haciendo nada pero el tiempo será mío y no de alguien más.

Repito su nombre y suena lejano, como una palabra que perdió el sentido hace mucho, hasta pareciera que nunca se llamó así y que ese no fue su rostro ni  que su cuerpo corresponde a esa anatomía,  como en un trabajo, todos somos prescindibles.

Otra vez este estupor, siento unos ojos clavarse en mi espalda y finjo que sigo viendo la película, ¡vaya basura! cada fundido a negro es una falsa alarma de que ya acabó la tortura pero una vez más los pequeños hombrecitos vuelven a aparecer en la pantalla, de nuevo me siento agradecido que mis pensamientos permanezcan en el anonimato de mi mente. Debo encontrar la forma de hacer que el tiempo pase más rápido, desvío mi mirada ¡Qué poco me importa esto!

Y ahí vienen, los aplausos, la apreciación de cada espectador, las palabras de agradecimiento, las alabanzas que funcionan como una especie de contrato y que son las que el auditorio debe entregar para que se acabe este tedioso espectáculo, yo miro con disimulo mi reloj, para alguien a quien no parece importarle mucho las cosas, me siento frustrado al ver perdido un par de horas, es el precio a pagar por un poco de aprobación social, una aprobación que no me interesa tener, debí quedarme en casa hoy. 


jueves, 18 de octubre de 2018

Dos cuentos de pesadilla en otoño

Sala de trofeos


No puedo luchar contra ello mucho tiempo
Algo está tratando de salir 
Y nunca estuvo más cerca
Entonces si mi corazón falla 
Inventa alguna historia
Pero si nunca regreso
Dile a mi madre que lo siento



Es lunes, llueve y parece como si todos desaparecieran y regresaran a sus madrigueras y lo único que desearan es hibernar en la soledad de sus madrigueras como los mamíferos que son.

A veces me pregunto si mas allá de ser un fenómeno meteorológico la lluvia es ocasionada por una tristeza colectiva que se eleva hasta el aire y cae sobre la ciudad y el campo como respuesta a nuestras emociones.

Tengo ampollas en los dedos y las luciérnagas ya no brillan, desciendo a ciegas peldaño por peldaño mientras pierdo apego a la vida, como una hoja que desea caer del árbol y dar por terminado su ciclo.

Sigilo, fuerzo la cerradura y me abro paso en medio de la oscuridad, el lugar parece un mausoleo, iluminado por débiles luces que se asemejan al fondo de un acuario. Sin distracciones, solo debo encontrarlas, tomarlas y huir, debían estar en alguna parte, pronto comprendí que no sería fácil.

En estantes, como una galería de un cazador que ubica las cabezas de animales como trofeos, allí estaban, no solo las que alguna vez yo le regalé, pues mi nombre no era el único en esa habitación, en cada pared diversos nombres destacaban en una placa dorada.

Nunca comprendí en realidad por qué las personas llegan tan destruidas al conocer a alguien nuevo, incapaces de abrirse por completo, inseguros de sus capacidades, como si no merecieran amar o ser amados, como si no fueran lo suficientemente buenos. Solo lo comprendí hasta que las vi allí, aprisionadas.

Me sentí enfermo, me dolió el estómago de ver aquel lugar. A pesar de estar conservadas con cuidado, no dejaban de ser más del montón, a pesar de haber sido seleccionadas con precisión, las exhibiría ante los visitantes de esa terrorífica galería como un triunfo personal.

Siento taquicardia de solo pensar que ya no cantaría para mí y que a la última persona a la que escribía y a la primera a la que saludaba en las mañanas era alguien más, alguien a quien ya le construían su propio estante de colección.

Que sepa, nunca hubo un descanso entre una y otra ilusión, esperando que una nueva esperanza nos rescate del dolor que se siente de la más reciente decepción, no hay pausas, solo algunas semanas de preludio para aquellos que temen a la soledad.

Ya no importa nada, solo las quiero de vuelta, devolverlas a mi preciada y egoísta caja musical. 

No hay tiempo, quisiera tomarlas y huir pero sé que
 aunque vuelvan conmigo jamás podrán dejar de ser suyas y que la Coleccionista de baladas jamás me devolverá mis canciones.


Mi vieja guitarra

Mi padre, al igual que su padre fue un hombre ausente en al vida de sus hijos. Únicamente aparecieron juntos el día de mi grado. 



Me gradué de una de esas profesiones que hacen inflar de orgullo el pecho de un padre, quizá medicina o derecho, quizá a eso les debía su presencia aquel día. Cruzaron la estancia bajo la mirada de reprobación de los invitados a la celebración y se pararon frente a mí.

Mis dedos trazan coordenadas con un punteo en mi guitarra, mientras se deslizan por las cuerdas y los trastes, amenizando la reunión y de repente estos dos hombres se paran frente a mí - la melodía se detiene -  mi abuelo, un hombre encorvado y vencido por los años saluda con una sonrisa desbaratada y de dientes torcidos y que sin embargo no deja de ser auténtica.

Le reconozco de fotos, dejo mi guitarra a un costado y el hombre me abraza, "gracias abuelo" le digo al oído y el anciano no puede contener las lágrimas, atrás, mi padre una versión más joven pero no menos deteriorada que la de mi abuelo también me abraza, casi sin esfuerzo es tan similar como abrazar un maniquí o un cadáver.
Colgado en su espalda, forrado en papel regalo mi padre carga un presente que me entrega mientras me da una palmada en la espalda, es sencillo adivinar lo que hay oculto tras el papel regalo, las curvas, el sonido hueco, el rozar de las cuerdas, a medida que desgarro el papel surge ante mis ojos la silueta de una guitarra nueva.

Mi abuelo examina mi vieja guitarra mientras yo hago lo correspondiente con la nueva, la admiro y ensayo concentrado mientras pienso que no puede ser tan buena como la original, la que llegó tanto años atrás en el momento ideal, única en su sonido, con su madera de sauce al tacto, el acero en sus cuerdas, su olor a lacado, su color arce, las pequeñas cicatrices y las batallas e historias que protagonizó, no, la nueva nunca podrá reemplazar a mi vieja guitarra.

Salgo de mi ensimismamiento dispuesto a volver a a tocar con mi antiguo instrumento, mi padre y mi abuelo ya se han ido y probablemente no los vuelva a ver, sin embargo tampoco veo mi vieja guitarra.

Un frío sudor recorre mi cuerpo y el vacío, ese mismo que se siente al no hallar algo en un bolsillo me atraviesa.

¿Dónde están? ¿ A dónde fueron y donde está mi vieja guitarra?

¿DÓNDE ESTÁ MI VIEJA GUITARRA?


jueves, 13 de septiembre de 2018

Ni Bonnie ni Clyde

En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.


Nunca un hombre es más consciente de su realidad que cuando acaba de tener sexo o cuando está a punto de morir.

Los finales no deberían ser como los de las películas de acción que exhiben en los cines: esos en los que el héroe le patea el culo al villano, para luego alejarse de una explosión a sus espaldas mientras se pone unos lentes de sol, aborda un convertible en el que espera una súper modelo y juntos conducen hacia el soleado horizonte; pero esas historias nunca salen bien, uno nunca sabe qué pasa después y cuando hay una segunda parte es probablemente peor que la primera.

No, mi final debía emular a la realidad, porque en esta ciudad no suceden milagros en estas tierras lo mejor es darle una conclusión a todo con una pizca de decepción, pesar al que están acostumbrados quienes esperan más de la vida.


La primera bala cruza a través de la habitación y se instala en mi hombro izquierdo mientras las otras dos siguientes atraviesan mi abdomen y me obligan a retroceder unos pasos, levanto la mirada para ver a Preciosa sostener aún el arma humeante y descargar un último tiro, uno que debería ser de gracia pero que se aloja en mi cuello y de forma más despiadada que milagrosa me deja con vida, supongo que ambos nos fallamos mutuamente.

Quizá fue mi manía de pensarlo todo en extremo o su impaciencia ante los hechos de la vida, quizá mi terquedad o a lo mejor su temperamento explosivo, puedo apostar que era el afán de ambos de tener la razón  ¿Creerá en mí como yo creo en ella incluso ahora que la  muerte me cobija con su mortaja?


Las cosas debían ser simples, tal como ella las expuso aquella tarde, entramos al banco, apuntamos con nuestras armas, saqueamos la bóveda, uno vigila a los rehenes mientras el otro carga el dinero hasta el auto, huimos y despilfarramos el dinero; aún puedo sonreír tras recordar aquella noche celebrábamos lo que sería el crimen del siglo.

Era en las noches cuando Preciosa más me quería, cuando se despojaba de ese escudo que cargaba consigo, cuando yo le contaba historias al oído y ella cerraba los ojos intentando imaginarlas.

Asustados, los pocos rehenes del lugar huyen espantados ante los disparos, incrédulo; bajo la mirada hasta  el suelo para ver cómo empieza a lloviznar escarlata de mi cuerpo y la levanto una vez más para posar mis ojos sobre ella y su cabellera rubia, la miro como esas tantas veces que ella me pidió que dejara de mirarla con tal intensidad. A veces la aborrezco tanto, casi tanto como la quiero y pienso que - en palabras de Sabines - antes de acabar odiándonos es mejor extrañar, debí marcharme después de una de esas noches, en la madrugada cuando aún estaba a tiempo, ¿de qué?, no lo sé, pero a tiempo.
Resbalo lentamente hasta sentarme en el suelo, la pared de la bóveda parece una pintura dadaista, algunos billetes vuelan aún por el aire mientras la pared se cubre de sangre a medida que yo me muevo, decorando los pintorescos cascos de pistola ya usados. 

Preciosa se dirige hacía mi e indiferente pasa por encima mío, levanta delicadamente un pie y luego el otro, no sé si para evitar pisarme o para no manchar sus zapatos. La adoro aún mientras veo su forma de caminar y  la detesto al sentir cómo escapa dejándome ahí moribundo.

Sí, la detesto en ocasiones, 
la detesto como quisiera besarla cada que la veo, pero odiarla nunca: odiar es un sentimiento que no me permito sentir, odiar es el contrario de amar y ¿cuál es el contrario a querer? ¿Cómo luchar contra el concepto puro e idealizado de alguien? pienso que incluso me odio más por quererla más que a la vida que ahora escapa e

Solo yo sé cuán especial era Preciosa para mí, cuando el mundo parecía derrumbarse, cuando no me interesaba hablar con nadie siempre podía encontrarla en algún lugar, siempre sabía cómo hacerme reír y prestaba atención a los más mínimos detalles, sin embargo siempre supo cómo jugar con mi mente y tomar palabras que nunca dije para ubicarlas en alguna oración, ahora sé que muchas de las cosas que creí eran para mí, no lo eran. Allá va mi última pizca de confianza.

 Levanto mi brazo derecho, mi mano se aferra con fuerza al mango de la pistola y disparo apuntando a esas curvas peligrosas, no sé si se trata de falta de precisión o si no me nace hacerle daño pero la bala rompe un cristal a lo lejos. Si quería demostrar que no soy una persona inmadura, he fallado totalmente.

Ante mi impulso, Preciosa regresa a mí, me mira en un plano cenital como quien intenta ver algo a través de un cristal sucio, la contemplo desde abajo, derrotado y con ese tono suyo de superioridad se inclina y susurra de forma inteligible a mi oído algo que solo entenderemos los dos, que nadie más podría comprender pero que termina por sumirme en el suelo, creo ver lágrimas corriendo por sus mejillas pero se levanta con rapidez antes de salir por la puerta principal del banco, ubica la última bolsa cargada de oro en la cajuela de ese Ford negro que robamos la noche pasada y en el que recorrimos la ciudad hasta el amanecer.

No es la primera vez que usa sus palabras como filosos cuchillo pero sospecho que esta será la última.

Detener la sangre es inútil, como alguien a punto de vomitar que mueve su bilis para aplazar lo inevitable, tinta de hierro emana a través de los orificios en mi pecho, en vano trato de hacer presión, al final solo dejo que fluya hasta que ya no quede nada adentro.

El banco ahora está vacío, como mis bolsillos, como el final de mi vida. Las sirenas de la Policía resuenan cada vez más cerca, me mantienen consciente y con el poco de energía que aún queda en mí , salgo a rastras de la bóveda y me recargo contra la puerta del banco, miro el cielo constantemente aguardando a que ángel o demonio regrese y las lagrimas brotan con facilidad, por esta y por todas las veces que quise llorar y no pude, es entonces cuando empiezo a dudar de todo menos de algo en particular y que la muerte no sea una excusa para decir que no sigo queriendo a Preciosa y que lo haré incluso después de morir

No quiero ir ni al cielo ni al infierno, deseo volver al lugar en el que alguna vez todo parecía tener más sentido. Nunca fui más vulnerable ni más lúcido, miro mis manos y las veo diferentes, ¿Dónde estuve todo este tiempo? ¿Qué hice mientras los demás vivían sus vidas? ¿Viví o fui un simple espectador?

El aire se vuelve más denso y difícil de respirar. Puedo sentir escalofríos en todo mi cuerpo, echo un último vistazo a la carretera, solo puedo ver el polvo que aún levanta el Ford a la distancia y con él, adentro todas mis ilusiones: su destino, otro banco donde aguarda probablemente otro pistolero como yo, otro sucio canalla que anhele a Preciosa tanto como anhela el oro, la diferencia es que, con gusto hubiera cedido cada moneda, cada lingote por disfrutar un día más junto a ella.

"Vaya con Dios my darling, vaya con Dios my love", canto el estribillo para mis adentros antes de cerrar los ojos.

Este último día perdí muchas cosas, tantas que la vida parece ser lo de menos.

Última declaración del bandido conocido como Perro Desgraciado.


Conjetura


“Eso de haber de abismarse en la incertidumbre y desesperar de la verdad es un triste y miserable refugio contra el error” - R.D



 Por lo general, las noches pasan más rápido que los días pero esta en particular resulta eterna y agotadora y tengo el presentimiento de que al menos por un tiempo, así serán todas.

Mi espera equivale al del condenado que aguarda a que el verdugo baje el hacha bajo su cabeza o al reo que tiene en frente al pelotón de fusilamiento.

Podría descansar ya, me arden los ojos y solo el corazón me mantiene despierto y en un constante estado de ansiedad más que de alarma, mirando el reloj esperando que este se apiade y decida mover su horario y minutero para mi satisfacción.  Que mi genio maligno tiene ojos coquetos y las mejillas sonrojadas y que mi azar es desafortunado.

Contrario a ello, esta noche no hay caminata, ni por el parque ni por la ciudad, no hay cerveza fría ni habitación calurosa, no hay comedias de décadas pasadas en la televisión ni gatos maullando a la luna, ¡Ah, no hay luna!.

Sin saberlo, cada uno avista su correspondiente oscuridad: la suya una oscuridad artificial con reflectores y bolas de espejos, la mía una oscuridad auto impuesta y únicamente interrumpida por un débil rayo de luz que a duras penas vería cualquier otro noctámbulo si decidiera asomarse y ver la única fuente de luz proveniente de una ventana.

Tampoco hay silencio porque silencio no encontrarás hasta no regresar a casa en la madrugada y te zumben los oídos y finalmente repases en tu mente lo que viviste el día de hoy, las palabras e incluso la ausencia de ellas.  Silencio no encontraré ni quiero encontrarlo porque necesito acallar las voces y escenarios que insisten en perseguirme a donde voy incluso allá cuando mi cabeza descansa en la almohada.

Y habrá música, de la que ya no te ofrecen, esperando encontrar una con una letra perfecta, como si se tratase de escoger un fruto en los abarrotes. Y tendré música que será la llave de la cerradura, música genuina de esa que se recoge, recicla, adapta, colecciona y  se protege de curiosos.


No hay semblantes, solo siluetas y un rostro desprovisto de rasgos pero cómo quisiera poner las piezas en su lugar, ver la imagen final y darles una identidad y una voz para quejarme de su nariz con enormes fosas nasales o de sus párpados caídos y ojos desprovistos de vida, de su estatura o de su posición política y preguntarme ¿en serio?

Me permito dormir un poco, cierro los ojos a las 2:00 despierto a las 7:00, duermo a la 1:00 despierto  a las 5:00 y cada día la brecha entre madrugada y amanecer se hace cada vez más corta, como si eso fuera suficiente.

Sucede desde hace algunas semanas y sé entonces que algo anda mal cuando debo acomodar la mandíbula en su lugar y los dientes me duelen al apretarlos unos contra otros rechinando. El sueño (si es que hubo sueño) se desvanece tan rápido como regresa la conciencia y se evapora: de todas formas ¿Con qué puedo soñar si no arrastrará las pesadillas que ya al despertar aguardan?

Me aferro como lo hace el punto del signo de interrogación  al resto de su grafema, a la deriva pero inexplicablemente atado a su cuerpo da sentido a la incógnita. Repaso una serie de futuros posibles, todos acechando como tiburones hambrientos alrededor de mi pequeña e improvisada canoa de realidad que ya no distingue entre hechos, paranoia, percepción, corazonada e imaginación.

Familiares, regresan a mí ciertas sensaciones y se acomodan en su lugar encajando a la medida como parte del mismo enigma. La puerta no se abre y el teléfono no suena y está bien. Sacudo la cabeza: al final todos terminan por convertirse en lo que condenan.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Rezagados



En la casa de Ricardo siempre había tinto, lo bebíamos oscuro y sin azúcar.

- ¿Cómo va la lucha? - me preguntó mientras desplazaba la olla del fogón y sacaba dos tazas de un mueble

Me senté y puse mis manos sobre la mesa del comedor en señal de resignación.

- Me alcanza para la pola y para los buses - afirmé conforme, como si mi canasta familiar dependiera de lúpulo y malta de cebada.

- La vaina está jodida Pedro - sentenció sentándose junto a mí.

El olor a pan fresco intentaba colarse a través de la ventana  y se mezclaba con el del cigarro, miramos el calendario para asegurarnos que no estábamos en 1984, reímos en medio de esa desolada escena,  hablamos de Roxannes y de Ruby Tuesdays y de Polly y de Suzanne, honramos a los muertos y recordamos a los vivos, a nuestros contemporáneos que cada vez se perdían más en sus propias sendas.

Hubo un breve silencio, unos cuantos segundos en los que atesoré aquel momento, más por su singularidad que por su simplicidad, lo calqué en mi mente como quien recorta una pequeña viñeta de algún periódico dominical y la pega en la pared.

El mundo podía estar cambiando allá afuera, los Gobiernos podían surgir y caer y las guerras estallar en cualquier lugar del mundo, las profesiones que conocíamos podían desaparecer y podían surgir otras nuevas e innecesarias y las mujeres seguirían allá afuera en búsqueda de amor líquido; pero hay, -  en medio de esa sala a medio alumbrar  - la soledad no parecía tan pesada.

Cada uno sumergido en sus propias desgracias y pensamientos, al menos por unas horas, en medio del sabor de la cerveza y el olor al tinto podía refugiarse en ese islote de cotidianidad como dos náufragos esperando al rescate de un Deux Ex Machina que sabíamos no aparecería.

viernes, 10 de agosto de 2018

Llueve sobre Tokyo

"La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente". A.C



Crecía en mi interior como alguna bestia de una película de Ridley Scott, la encubé durante muchos años, sin embargo siempre había alguien con quien estar, algo que hacer o algún lugar al que ir, pequeños alicientes que impedían que esa aberración terminara de formarse.

A pesar que crecía sin que yo me diera cuenta, sabía que permanecía allí adentro y lo que es peor, descubrí que dentro de todos nosotros existía una criatura igual, lo supe una tarde mientras bebía un café con Kazu, quien me reveló las dudas que sentía se cernían sobre ella con más fuerza al pasar los días.

En aquel entonces animé a Kazu, le aseguré que todo estaría bien, - como hacemos todos sin saber si será verdad o no - pero en el fondo supe que ese monstruo que intentaba devorar a Kazu desde adentro, pronto haría lo mismo conmigo, era cuestión de unos años pero finalmente sucedería.


Al principio era inofensivo, la ciudad seguía funcionando mientras yo me quedaba despierto hasta altas horas de la noche e incluso llegaba a ver la madrugada para luego en las mañanas preguntarme si valía la pena salir a buscarme la vida, podía quedarme horas mirando el techo analizando un mismo pensamiento, preso de la melancolía, abatido e irritable ante todo.

Lo notaba a mi alrededor, no era un cambio que viniera dentro mío, era algo que sucedía afuera, primero fue un gran ruido, como una interferencia que no permitía la recepción de una señal, -  la señal que estuve escuchando toda mi vida - desapareció.


En ocasiones me parecía escuchar la frecuencia que había perdido, débil e intermitente, pronto todas las ondas se cruzaron y lo único que pude escuchar eran fragmentos de otros diales que se cruzaban con el mío. En mi cabeza retumbaban múltiples voces, gritos, susurros en diferentes idiomas provenientes de diferentes ciudades como si a mi alrededor cientos de transistores estuvieran prendidos y transmitiendo al mismo tiempo.

Pasaron un par de semanas, me vestí y preparé para salir a regañadientes, tras ponerme el pantalón tome el cinturón el cual siempre ajustaba con el último orificio y para mi sorpresa, no fue suficiente para lograr ajustar mi pantalón. Quién sabe cuántos kilos había comenzado a perder después de convivir con esa bacteria que había tomado control sobre mí, metí la camisa dentro del pantalón para impedir que este se me cayera.

La reunión era en casa de Taka, sentados sobre cojines mientras comíamos botanas y demás comida chatarra me detuve a ver los rostros y expresiones de cada uno de los invitados, para mí en su mayoría eran completos desconocidos , radiantes e ingenuos no parecían darse cuenta de lo que sucedía, sentí envidia de ellos, estaba cansado, veía tantos reflejos y al final descubría que el mío era el único que seguía iluminando de igual forma, intermitente y débil. Mientras todos sonreían inmunes  a aquel trastorno,  algo sucedía, algo cambiaba y todos parecían pasarlo por alto, burlándose de chistes sin gracia, mientras adentro, llovía en mi corazón.

A menudo pensaba en Kazu y si en realidad había logrado combatir aquel mismo parásito que ahora habitaba en mi mente, sin embargo no me atrevía a preguntarle, no quería confesar que yo también empezaba a notar cambios en el mundo y en mi forma de percibirlo, era extraño; incluso para mí, quien siempre parecía reaccionar de forma más lento a las cosas.


Cabizbajo abandoné la biblioteca y al salir encontré por casualidad a Kenji y a Kaneda, eran dos sujetos extraños, de esos que parece puedes encontrarte en cualquier calle a cualquier hora. Nos sentamos al borde de la escalera del edificio y durante algunas horas nos dedicamos a ver pasar los transeúntes, me sentí con la suficiente confianza de contarles lo sucedido: la ansiedad constante, la fatiga, el insomnio, la pérdida de interés por todo en general y demás contingencias. 


Kenji y Kaneda se miraron mutuamente y echaron a reír, los miré confuso sin comprender; mientras Kaneda recuperaba el aliento, Kenji confesó que también habían experimentado los mismos síntomas, es más, habían aprendido a convivir y a burlarse de ello, no parecían exteriorizarlo pero me detuve a verlos con más detalle, la mirada cansada, el rostro demacrado e incluso la ansiedad en sus manos al prender sus cigarrillos.

Nihilistas, orgullosos de sus pensamientos negativos, comprendí que era su modo de vida, estoicos ante el colapso diario de la sociedad, escépticos ante el mundo y resignados a llevar la vida que habían elegido solo aguardaban a que la muerte llegase para acabar con el despropósito del ser que ahora convivía con ellos en su interior. En realidad sentí un poco de alivio, era más bien un consuelo de tontos, como si por estar los tres enfermos del mismo trastorno tuviéramos salvación.



Algo no estaba bien, era una cuestión de sanidad global, al principio era Kazu, ahora Kenji y Kaneda, incluso yo había caído enfermo  ¿A qué clase de virus me estaba enfrentando? Se trataba de un mal silencioso, que se propagaba sin dejar rastro, uno al que algunos parecía no afectar y que a otros les sumía en un estado de introspección y tristeza, un mal que aparentemente se sufría en silencio y que a  los más frágiles llegaba incluso a costarles la vida.





Resignado, bajo una pantalla de humo de aparente seguridad  e ironía decidí seguir existiendo, parte humano, parte fantasma, parte sombra, parte autómata, vivía como quien rebobina la misma escena una y otra vez. 

Sonó el timbre, eran las 12:00 del medio día y yo aún no me había bañado, sin afeitar y con el cabello alborotado me levanté y como pude atravesé la habitación en medio de la basura, ropa sucia y objetos que había acumulado en el suelo. Antes de abrir la puerta revisé mi reflejo en un espejo, un sujeto me miraba del otro lado, un sujeto de aspecto desaliñado y rostro calavérico, ojeroso y con una especie de delineado rojo alrededor de sus ojos, producto del insomnio, comprendí entonces que ya se había apoderado de mí. 

Del otro lado de la puerta Taka aguardaba impaciente, una sensación familiar me invadió. Abrí y la hice pasar, me apresuré  ycerré la puerta de mi habitación, avergonzado de mi desorden, le indiqué el sofá y la invité a que se sentara. Taka me observó por unos segundos antes de dirigirme la palabra, su expresión se tornó sería y exclamó ¿ Alguna vez has sentido que te invaden la ansiedad y la frustración? ¿Como si ya nada valiera la pena?

Me eché a reír. 






martes, 17 de julio de 2018

El dolor como alternativa



Sin hilos yo me sé mover yo puedo andar y hasta correr.
 Los tenía y los perdí soy libre y soy feliz.  
Nadie me maneja a mi. 
Viva la libertad, esto se llama vivir.
Por: Cristian Mora J
He estado pensando en el dolor. En el dolor como evidencia de lucha, como mezcla del placer de sentir, el apreciar la realidad y de aprender a valorar el estado de la nada, de no bloquear el sentir y responder ante un estímulo o herida llámese golpe, quemadura, cortada o presión.

Dolor, conciencia y libertad vienen de la mano, al ver nuestro reflejo extenuado en esa punzada que como un par de ojos negros profundo e infinitos nos atraviesan mientras sostienen la mirada y de pronto como si se tratase de una especie de filo nos atravesaran como quien penetra un charco de aguas turbias y espesas, sumergiéndose  tan hondo que incluso logra tocar los cimientos del alma.

Las noches se viven con dolor o con placer, según la perspectiva de cada quien, y cuando son del segundo tipo, por lo general son largas; en especial cuando se convive con la nefasta compañía de sí mismo. Son ocasiones en las que el dolor es intenso y se debe convivir con él y dejarlo ser. No hablo únicamente desde lo físico, a veces el dolor no está en una parte específica del cuerpo, sino en nuestra mente, y ese,  - amigos - es mucho más difícil de aliviar.

La esperanza de aquellos que cohabitan con el sufrimiento es el ver la luz de día una vez más para aminorar la tortura. No es como si esta se evaporara con el primer rayo de sol o como si con el amanecer el individuo volviera a sentirse sano, simplemente el día abre las puertas a la distracción, a la rutina y a dejar de lado por un momento el sentir para enfocarse en el que implica vivir la vida, mientras tanto y mientras giran las manecillas  pueden sentir cómo -  palpitante  - el dolor se apodera de su cabeza, recorriendo cada nervio y reduciendo su atención y enfocándola en aquel lugar donde duele la existencia.

¿Cuánta concentración se requiere para ignorar el dolor? ¿Equivale el dolor físico al dolor mental y acaso ambos son de igual forma superables?  Cuesta convencerse que todo aquel dolor debe ser canalizado, potenciado y enfocado en algo externo: la música, la escritura, el dibujo, la bebida, la meditación, la poesía, algo debe servir para evitar sumirse en aquel caos, pero a veces la respuesta más simple es aceptarlo, el resto viene por añadidura.

Me preguntaron alguna vez si tuviera que escoger vivir sin un sentido cuál escogería y respondí sin pensarlo que podría prescindir del tacto, no es una opinión popular, muchos prefieren privarse del olfato y el gusto antes que perder la capacidad de sentir.

Reconsiderando mi opinión, volví a otorgarle el valor que merece el tacto, la mayoría hacen esta elección basándose en sus experiencias placenteras a través de este sentido: la calidez de la piel sobre la piel, pisar hojas secas, el lado frío de la almohada, sentir la arena tibia bajo los pies o el escurrir del agua al tomar un baño.

Sin embargo creo que la verdadera razón que me hizo elegirlo como un sentido indispensable fue la de la necesidad de sentir dolor, hay morbo en el mismo sufrimiento, una especie de curiosidad que únicamente se sacia al conocer de primera mano una experiencia cercana al dolor punzante y verdadero.

Fue entonces cuando vino a mi mente la escena del 'Club de la Pelea' en la que Brad Pitt sujeta por la fuerza a Edward Norton y rocía sobre su mano con una especie de químico que quema la piel y lo obliga a experimentar el dolor, no a bloquearlo, sino a vivirlo, a sentirlo realmente, para sabernos finitos, una metáfora que revaluá la vida y nos recuerda que no existen atajos que si queremos algo tenemos que llegar hasta ello a través del dolor y el sacrificio, que existen cosas peores y que solo al perder el miedo al dolor podemos ser libres de todo.

Memento mori. 

viernes, 13 de julio de 2018

Ya nadie escribe cartas

No sé, quizá fue esa película de espías en la Segunda Guerra Mundial que pasaban en la televisión pero aquella noche no dormí y pude darme cuenta que mi amigo tampoco, cada uno sentado frente a la ventana esperaba  despierto a su destino con una canción de Scorpions de fondo.

Veo su silueta cruzar delante mío, ha pasado más de un año desde que nos vimos por primera y última vez para ubicarse justo en frente de mí, nos saludamos de forma torpe, tal como la primera vez, desconfiado beso su mejilla e intento avanzar. Huele a vainilla, pienso al apartarme.


Le cedo el paso y sube las escaleras con rapidez, me espera al borde del último escalón, se supone este debería ser un día muy importante para mi y sin embargo ella parece  más ansiosa que yo, me ve subir cansado y de forma risueña me toma del brazo; ella ni siquiera debería estar aquí y sin embargo permanece junto a mí, tal como debieron suceder las cosas.

https://youtu.be/EYyarcp5LtU

Alguien se dispone a dar un discurso y ella pronuncia mi nombre en voz alta, curiosos voltean a mirar y en silencio toma mi mano por debajo de la mesa. La miro cada que puedo para cerciorarme que sigue ahí; tomo entre mis manos uno de sus largos mechones castaños. Come frituras y se acerca a mi oído y hace todo el ruido posible mientras mastica.

En la muchedumbre ya se escucha entre susurros su nombre y el mío, reímos como quien quiere olvidar. Le pregunto cuánto tiempo se quedara, "mañana debo madrugar" dice con cierta tristeza y yo, con un vacío en el pecho y unas abrumadoras ganas de llorar me pregunto si quiero saber cómo terminará o si debo mantener con vida su recuerdo.

Me muevo a tientas y  a ciegas busco papel y lápiz, intentando no abrir los ojos y poder retener por unos segundos más su mirada fija en la mía.

Meet me tonight in dreamland

viernes, 22 de junio de 2018

¿Qué sueñan los perros cuando lloran?


"¡Ah miserable can! (...) Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida".- Charles Baudelaire.

Navega calle abajo el barco de papel que ha hecho algún niño, surca con valor la corriente que bordea el andén y sigue a flote a pesar de la fuerza con la que el agua lo golpea; parece que naufragará antes de llegar a alguna alcantarilla donde terminará de sucumbir entre suciedad y escombros. 


Breves incursiones en la lluvia, persigo sin propósito a los autos que cruzan la avenida en medio de ladridos y gruñidos; tras avanzar algunos metros me detengo y repito el proceso al sentir mis pupilas dilatarse frente a las luces de un nuevo auto que se aproxima. 

Este es solo un capricho más de osadía pues en realidad el agua ya ha borrado el rastro que podría llevarme de regreso a casa, me pierdo en medio de la noche y los autos como una forma de recordarme que existen cosas que pueden generar más miedo y al tiempo para recordarme lo cobarde que he sido en otras ocasiones que no lo ameritaban.


El silencio se apodera de la ciudad y el menor de los ruidos es motivo de asombro, "Toto, siento que ya no estamos en Kansas", me diría Dorothy, el problema es que mi nombre no es Toto  ni el de ella es Dorothy, ni vivimos en Kansas. Este no es el camino de ladrillos amarillos. 


Mis pezuñas resuenan contra el asfalto, las sombras que generan los postes de luz reflejan mis cuatro patas que avanzan con fuerza, soy libre de vagar una vez más, atravieso túneles, subo puentes y cruzo calles desiertas. A la noche no hay que temerle, hay que abrazarla y asumirla. 

Son más fuertes los sonidos en la noche, el corazón que palpita como un yunque cayendo con fuerza, el rumor del agua que corre en las alcantarillas y la cadena de los ciclistas que se aventuran a pedalear en la oscuridad.

Las horas muertas en las que  se conduce en sentido contrario y se cruzan los semáforos en rojo, en las que se deja a cualquier animal estampado contra el pavimento y al verlo agónico y herido prefieren huir con su cargo en su conciencia, Los humanos me resultan patéticos

Pues es en la oscuridad donde el hombre pierde su poder, sus ojos diseñados para ver únicamente de día se vuelven paranóicos y las ratas se toman las aceras corriendo con libertad, deslizándose con velocidad hasta que sus colas se pierden entre las grietas del pavimento.

Un gato se cruza en mi camino, es un gato blanco que contrasta con lo oscuro de la noche, lo he visto antes, se queda quieto mirándome, me detengo a pocos pasos de él, me mira, atento a mis movimientos. No puedo evitar jadear, tensa sus músculos antes de salir a correr, hoy no vale la pena perseguirlo.

Algunos nacen gatos, otros ratones o palomas, yo no elegí nacer perro,  a lo lejos otro can llora, implora por compañía ladrando y aullando a los cristales de una ventana. En la noche son pocas las almas que vagan por las calles, los fantasmas surgen de entre las carrileras ante los ojos anonadados de los conductores.

Anhelos de días pasados, días verdes con olor a tierra fresca, le sigo el paso mientras gorriones silban melodías singulares  ¿A dónde han ido?, ahora solo se atreven a salir con la lluvia, cuando no hay moros en la costa. Gorriones y cucarrones hacían mis días, solía escucharlos en la mañana,  cuando salíamos a caminar mientras veía al aire helado salir de mi húmeda nariz.


Los cucarrones sobrevuelan alrededor de su cabeza como si una flota de aviones rodeara a King Kong, vuelan en picado para aventurarse entre las nubes de su cabello mientras en el suelo, otros luchan fatigados bocarriba por volver a caminar en su posición original.

Corremos a través de la llanura uno al lado del otro, mis orejas se mecen al mismo ritmo que el viento eleva sus trenzas a medida que avanzamos, mi lengua al aire y mis ojos fijos en su pequeña figura sonriente y llena de inocencia.

Adelante de nosotros se divisan una serie de estructuras irreales y oníricas, arquitectura antigua hecha en piedra  exploramos cuevas a tientas mientras estalactitas cubren nuestras cabezas y paredes de colores azul y rosa pastel nos conducen a través de pasadizos y peldaños que derivan en recamaras de tronos y pintura rupestre. 

Entre las sombras escucho su voz apagarse mientras desaparece su silueta reflejada por las luces que se asoman a través de pequeñas gritas olfateo y corro con fuerza, ladro su nombre, para despertar confuso en la esquina de alguna calle sin nombre. 

Este recuerdo sucedió, quizá en otro lugar, en otra época y a lo mejor en otra vida, sigo corriendo pero esta vez tras la vieja  camioneta familiar que se aleja a toda velocidad dejando tras de sí una estela de humo y lodo sacudido por el motor y la tracción de las llantas. 

Confuso, sigo el vehículo y paso tras paso resuenan mis patas entre charco y charco, el pelo mojado entorpece mi persecución,, en medio de aquella noche solo logro divisar su cabellera rubia en la parte posterior de la camioneta haciéndose cada vez más pequeña antes que esta se aleje. El esfuerzo es en vano y pronto me encuentro solo y atemorizado, la cola y el alma abajo. Esto ya no es Kansas ni este es el camino de ladrillos amarillos, ¿A dónde vas Dorothy? ¿Es ese tu verdadero nombre? 

La primera de mis breves incursiones en la lluvia.

jueves, 14 de junio de 2018

El espejo



"Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando"


I ODIAR
Klaus recibió el último puñetazo de Luther como el roce de una almohada de plumas; cae de espaldas contra un bote de basura. A través de sus ojos casi cerrados por los cortes en sus párpados puede ver uno de sus dientes volar por los aires y mientras se derrumba  piensa en cómo ha ido a parar ahí, cómo el tipo al que tanto aborrece y desprecia le está dando una golpiza.

Conoció a Luther por allá en el 95, era un sujeto que a cualquier persona le caería bien, dos carreras profesionales, tocaba en una banda, era amable, dedicado, tenía su propio auto, un buen empleo y una novia que a cualquier hombre le gustaría tener. Sin embargo, para Klaus solo era otro gran gilipollas en la lista de personas que potencialmente consideraba gilipollas.

A decir verdad, el sujeto era un mal remedo de Ned Flanders, siempre sonriente, incapaz de percibir el sarcasmo incluso si este era para insultarlo. Hablaba para todos, en voz alta, cerciorándose que todos le oyeran incluso si se encontraban del otro lado de la habitación, Klaus no sabía que era peor, si escucharlo o reconocer que había gente que en realidad le admiraba.

No era extraño verlo cambiar cada cierto tiempo de corte de cabello, como una especie de celebridad, un dios falso con una manada de seguidores y fanáticos sin un criterio propio tras él. como la persona que se da autolike en sus redes sociales o como un mal comentarista deportivo.

Dios, como lo detestaba. No lo sabía con seguridad, quizá era cosa de él, incluso si compartían un punto de opinión, él siempre encontraba una forma de estar en desacuerdo. Dicho precepto cobró popularidad en su mente durante los últimos meses al pensar una máxima que afirma que se odia de los demás lo que no aceptamos en nosotros mismos.


II QUERER

Klaus caminaba con la vista perdida en el horizonte, - a su costado derecho - Hansel se movía con decisión mientras intentaba prender un cigarro y justo en el centro Gitta sumaba el valor de un par de monedas para luego meterlas en el bolsillo de su abrigo.

Eran un trío particular, Hansel era una caricatura de Danzig, el cantante de los Misfits, quizá era su forma de caminar ladeándose de un lado a otro más que su apariencia, de Klaus podría decirse que guardaba cierto parentesco con un Bruce Springsteen en sus años de juventud, mientras Gitta con su cabello negro y sus ojos de largas pestañas y cubiertos de sombras la transformaban en una versión actual de Joan Jett,  

Descendieron la empinada calle mientras el viento soplaba con fuerza, avanzaron unas cuadras más y se detuvieron frente a una gran puerta de roble, un discreto pub en cuya parte posterior se alzaba un gran anuncio: La Tortuga Escarlata. No roja, como la de Estudios Ghibli, ni bermellón, ni carmín, sino escarlata como una fusión entre vino tinto y sangre, como la sangre que Klaus derramaría en un par de horas.

-  Sigan la música - les dijo el hombre parado en la entrada después de recoger el dinero de los tres muchachos.

El espacio era angosto e ingresaron uno a la vez por un entramado de neón, de pronto la oscuridad fue total, confundidos, caminaron a ciegas como aquel que recién entra a una sala de cine y le cuesta acostumbrar sus ojos a la oscuridad, incapaces de distinguir sombras de siluetas eran guiados únicamente por el ruido de la música y la vibración del lugar que se concentraba en las paredes.

El lugar parecía ser un espacio estático en el tiempo, como uno de esos antros y oscuros sótanos de antaño de los cuales habían surgido  las grandes bandas del siglo pasado, era una simbiosis entre la Caverna de The Beatles, y el Country Bluegrass and Blues, lugar que acogió a los Ramones, The Police y a los Talking Heads,  academias que vieron graduarse a diferentes bandas a través de los años.

Divisaron la última mesa libre y mientras Hansel iba por tres cervezas, Gitta y Klaus se apoderaron de  dos butacas que aproximaron a la mesa en medio de la muchedumbre que se movía al ritmo de la música que tocaba la banda en el escenario, tan solo segundos más tarde Hansel volvía con las tres botellas entre sus corpulentas manos.

Bebieron por un momento en silencio, disfrutando de la música hasta que, en medio de la distorsión que salía de la guitarra, a través del vidrio ámbar de la cerveza que bebía, Klaus la pudo ver sentada en la barra del bar justo en frente del escenario donde la banda interpretaba una canción. Su nombre era Emma, pero por supuesto era algo que él ya sabía. Emma era la pareja de Luther.

III DESEAR

Había compartido junto a ellos alguna vez, meses atrás habían bebido un par de cervezas junto a una amiga de la pareja, en aquella ocasión Klaus intercambió un par de miradas con Emma frente al mismo Luther de forma sutil. Era Emma la que ahora intercambiaba miradas con Luther quien marcaba el tempo con su batería, cubría sus ojos con unas gafas de sol en medio de la sala que permanecía en penumbra, Luther hacía una especie de mueca cada cierto tiempo  que le concedía a su rostro una expresión cercana al retraso mental, sacudió su cabeza. ¡Qué gran cretino!, pensó Klaus.

Beben las cervezas y avanza el reloj, así se mueve la escena  de la autogestión, el rock and roll, el ruido, los tatuajes, las ilustraciones, Klaus ni siquiera sabía por qué había dado a parar en aquel lugar, solo había seguido la música y la sed de cerveza, Hansel se había levantado, quizá había salido a fumar o solo estaba por ahí, vagando, Gitta, ausente se encontraba en un estado de éxtasis que solo con la música se puede alcanzar, Klaus se levantó y avanzó, ahora estaba de pie a tan solo unos pasos de Emma, admirándola; la chica se percata de  su presencia y lo mira con gracia mientras se sonroja. 

Falda y medias largas negras, chaqueta de cuero, pelo largo y oscuro que se adapta al color de los reflectores y las luces de neón que iluminan el lugar, Klaus se acerca y ella lo saluda con familiaridad. 


- Parlez-vous français? Pregunta Klaus asombrado de romper el silencio de una forma tan improvisada, Emma asiente con la cabeza y Klaus pregunta extendiendo su mano - Voulez-vous dancer? la muchacha toma la mano del joven y le sigue mientras Luther los sigue con la mirada entre curiosidad y asombro.

Bailan por algunos minutos entre la muchedumbre que se mueve al ritmo de un cover de Stealers Wheel, se dicen un par de incoherencias,  Emma le sugiere que sabe algo mejor en francés y lo besa, Klaus puede saborear la cerveza en sus labios y no importa si esto es París, Bogotá o Berlín todo  gira a su alrededor,  a pesar de la oscuridad del lugar y lo intermitente de las luces, en torno suyo un remolino de colores da vueltas en su cabeza, siente su respiración, permanecen unidos durante algunos segundos, sintiendo la fatiga del otro. 

IV LUCHAR 

Klaus se separa antes de percatarse que a la distancia Luther, el baterista, el hombre al que todos admiran se levanta de su sitio y parte sus baquetas en dos, ¡Ah, también va al gimnasio! piensa Klaus antes de desaparecer entre la muchedumbre con la oscuridad de cómplice, se dirige hacia la salida cuyo paso está bloqueado por las personas que continúan llegando al toque, toma una cerveza de cualquier mesa vacía y da la espalda para verse reflejado a medias en una de las ventanas del lugar, sube la capucha de su chaqueta y oculto bajo esta puede ver una figura acercarse a través del reflejo, esto no es una coincidencia él y Luther estaban ahí por la misma razón, convocados por el mismo fin, no hay error.

La música se ha detenido y las personas guardan silencio atónitas, la figura lo toma del hombro y le asesta un puño en el pómulo, el licor amortigua el dolor y aún con esa pequeña sensación de victoria en sus labios, Klaus rompe la botella que sostiene en la cabeza del baterista, los cristales salen a volar al igual que pequeñas gotas de sangre que salpican  a todos lados.

Aquel gilipollas se tambalea pero a su vez se aferra con fuerza al hombro de Klaus, cabizbajo se queda inmóvil antes de empujarlo contra la puerta del lugar, el aire fresco entra por los pulmones de Klaus quien delira de risa y de dolor. 

V AMAR

Klaus se convierte en un costal de boxeo, ni siquiera intenta defenderse, recibe un golpe tras otro, mientras ríe y por entre sus dientes se escurre la sangre. ¡Al fin! ¡ Finalmente una reacción de parte de aquel gilipollas!

Las personas se agolpan a su alrededor, Emma se acerca para intervenir y Luther, el buen Luther la aparta de un sacudón, Gitta y Hansel también han llegado fruto de la conmoción, confundidos no reconocen a su amigo en medio de la pelea, quizá demasiado bebidos, quizá demasiado asombrados ninguno interviene.

Klaus los mira a lo lejos con el ojo por el que aún ve, sus gafas en el suelo y su miopía le impiden verlos con claridad, pero ahí estaban, día, tarde, noche y sintió una calidez en su pecho. Voltea para mirar a su contrincante que lo sostiene con fuerza de su camisa mientras asesta puños como si de grapar una hoja se tratara y en ese instante se supo reconocer a sí mismo en los puños de aquel hombre que le estaba dando una paliza.

Vio en él, en sus ojos el desprecio con que muchas veces había visto a Luther, sintió cada golpe que recibió, alimentándose de esa furia que él mismo había desencadenado, disfrutaba ver a Luther tambalearse con una herida en su cabeza y la sangre escurriendo por su cien, le bastaba con recordarle que seguía siendo mortal y vulnerable.

Eso era todo lo había ido a buscar aquella noche, infundir un poco de caos en la vida de las personas que parecían tenerlo todo bajo control, sonreía al ver la expresión de miedo y frustración de Emma a tan solo unos pasos y no reconocer a su querido baterista preso de la ira. Se obligaba a disfrutar la demencia con la que le era encajado cada golpe y el teñir de rojo la nieve con su sangre. Deseaba recibir un poco de amor por esa mujer incluso sabiendo que ella nunca lo querría, deseaba sentir  hostilidad de parte de su némesis incluso si era una cuestión pasajera y el poder sentir un poco de compasión de parte de Emma tras cada golpe recibido y un poco de rencor de parte de Luther lo hacía sentir mejor e incluso en medio de todo le hacía saberse vivo. ¡Qué gilipollas!.


sábado, 9 de junio de 2018

Stu; prescindible


I look all white, but my dad was black My fine-looking suit is really made out of sack

Stu y John suben  a jugar fútbol en el pastizal, pronto llegan más personas y se comienzan a armar los  equipos, el más torpe es designado capitán, más por su fuerza física que por su liderazgo o quizá tan solo es el dueño del balón, lo cierto es que sobra una persona y se ha decidido por unanimidad que Stu es el mal tercio del partido, casi puede escucharlos decir, "lo siento pero tres es un número par" antes de alejarse del lugar.

No importa, pensó, siempre es necesario que exista alguien así, una persona que fuera capaz de dar un paso al costado para un bien mayor, como el soldado que se sacrifica para que la misión se cumpla a toda costa, sabe que su vida es tan solo el precio a pagar para finalmente hondear el asta de la bandera en la colina.

Stu Sutcliffe, primer bajista de The Beatles, era un tipo bohemio que gustaba de la poesía y a pesar de disfrutar del Skiffle y el Rock and Roll, estaba más interesado en la pintura que en la música, tocaba de espaldas al público y únicamente estaba en la banda porque Lennon lo había convencido de comprar un bajo después de vender un cuadro por 65 libras. Rodeado de genios como McCartney y Harrison, Stu no podía comparar su capacidad musical a la de ellos y al final cedió su lugar en la banda quedándose en Hamburgo con su novia alemana Astrid Kirchher.

Jim Morrison no lo hubiera descrito mejor, había encontrado una isla en sus brazos; un país en sus ojos. Antes de cada beso, sin saberlo, Stu se apropia de un pequeño hábito de Astrid, un simple reflejo que se convierte en firma. Astrid remoja sus labios, como quien se anticipa a un banquete, lo mira a los ojos y estampa su nariz contra la mejilla de Stu. Este ignora que ve ella más allá de su reflejo en su mirada, una fascinación, un brillo que vio por primera vez una noche al finalizar una presentación. 

Hay talento y sufrimiento en su arte, como una especie de maldición sobre sus pinturas y sabe que cada vez que un nuevo nombre ingresa a los anales de las poesías creadas por su pluma estas se convierten en un nuevo tormento, como el que siente ciertas noches al sufrir aquellas severas jaquecas que lo dejan ciego por algunos minutos.

Es en esos minutos de ceguera cuando los días de ser prescindible regresan, de soñar lo que será si se deja de ser, de eso están hechas las memorias. La vida no alcanza para ser un buen músico o un respetado artista. Es 1962 y Bob Dylan suena en la radio mientras Stu cae de bruces al suelo, ha dejado ir a sus amigos para que estos algún día puedan ser los famosos Beatles, sin embargo el no llegará a ver ese dia. porque nada es suficiente, porque alguien siempre debe dar un paso al costado


Stu falleció en 1962 de una 
 hemorragia cerebral.

Astrid aún piensa en él todos los días. 



martes, 17 de abril de 2018

Nostalgia en la espuma de un vaso de cerveza


Hay momentos en los que elijo quedarme solo, en esas horas cuando todos se desvanecen con el reloj.




Llueve. Es una noche blanca negra y roja, una noche como en la que murieron asesinados los padres de Batman, una de esas noches en las que Travis Bickles de Taxi Driver, - esa famosa película de Martin Scorsese - decide salir a patrullar, una de esas noches que he planeado y que nunca resultan como quiero. Me dirijo a tomar el bus cuando veo un rostro conocido entre la multitud, cambio de planes y prefiero seguir caminando quién sabe cuántos kilómetros antes que compartir un espacio por horas con alguien a quien no quiero ver. 

Vago por calles que conozco, cubierto de agua y me detengo frente a la puerta de una casa muy familiar, - del otro lado: vida- solo debo girar el picaporte, escucho voces del otro lado, me arrepiento y decido alejarme, elijo la muerte y doy media vuelta.

Hay algo que he tratado de comprender durante todo el día, una pieza que no encaja, una respuesta que busca abrirse un espacio en mi mente, taladrando mi corazón mientras a mi alrededor nadie parece darse cuenta que mientras más busco una resolución, más puedo sentir en el interior volverse añicos mis certezas.

Keith Richards solía decir que una vez aprendes los acordes básicos del blues, puedes decir lo que quieras mediante ese ritmo, - en tal orden de ideas - mi vida se había convertido en un blues mal contado, historias singulares al ritmo del olvido que atormenta y de acordes que me han desprovisto de todo sentimiento, repaso la lista de errores que he cometido a lo largo de mi vida, un blues con nombre de mujer, moribundo pero no lo suficiente como para impedir que me levante sediento de recuerdos y emociones.

Mis pasos resuenan sobre los charcos y percibo un aire de cine negro en el ambiente, las manos entre mis bolsillos, las solapas de la chaqueta levantadas  y un sombrero cubriendo mi cabellera, un Humphrey Bogart de pacotilla caminando entre la multitud,  un soundtrack de Cole Porter, Bing Crosby y Ray Charles.


 Avanzo lentamente al borde del andén mientras las calles se convierten en largas autopistas llenas de bruma donde lujosos convertibles y descapotados avanzan a gran velocidad, donde los hombres se transforman en gangsters y detectives mientras las mujeres ahora son femmes fatales, de esas que te rompen el corazón, que te desprecian y te sepultan en el olvido, junto a los escombros de otros tantos que las han intentado conquistar, sin lograrlo.

En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a  perder una oportunidad que no supo aprovechar, eso pienso mientras ingreso a uno de esos antiguos clubes de esos que ya no se ven donde la buena música y el alcohol forjan un escudo para gente taciturna y solitaria.

Amparado por las sombras de la clandestinidad, oculto mi mirada bajo el ala del sombrero, cruzo la estancia a toda velocidad, me ubico en una zona poco iluminada, la mesa más lejana de las demás, en la otra esquina, un grupo de motociclistas juega billar.

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Siempre habrán dos lugares en los que un hombre podrá refugiarse, una biblioteca y el interior de un vaso de cerveza,  pido una de esas mientras me acomodo para escuchar al dúo que se encuentra en la tarima, un hombre rasga la guitarra suavemente mientras él otro se contorsiona en medio de un increíble solo de armónica.



Diviso a un grupo de personas que charlan alegremente temas triviales, los conozco, me conocen, sin embargo no me han visto, es preferible así, es mejor pasar desapercibido.

Después de todo, las personas son simples oasis en medio de un interminable desierto, siempre imaginé la vida así, me recuerda los días de guerra, aquellos en que batallé en medio de alguna ciudad bombardeada, cada persona es tan solo otro simple soldado más por conocer y en cierta medida, a superar, al final aquellos compañeros de batallas terminan por desaparecer de una u otra forma, una pérdida más:   alguien que se quedaba atrás en un campamento, desangrándose a causa de sus heridas, para mí solo se trata de correr a través de una planicie o una calle desierta esquivando balas de todas las direcciones.


Aún puedo verme allí, corriendo rápidamente, luchando para que mis botas no se hundan en la arena, sosteniendo mi casco contra mi cabeza mientras me cubre el agua y el lodo.  Aquellas personas de la mesa más lejana, no eran más que eso, tristes espejismos de un pasado ya lejano, compañeros perdidos en acción, yo había sobrevivido y debía seguir adelante.



A lo mejor, para ellos era una sombra similar, alguien más que se había quedado atrás en el camino, la mayoría lo creía muerto, era un alivio qué pensaran así, ¿Para qué contar la misma historia una vez más?, todo ese protocolo de los reencuentros, las despedidas, los encuentros son simplemente aburridos.



Los veo desde el otro lado de la  habitación, mientras me llevo a los labios el vaso de cristal, las comisuras de mis labios se llenan de cerveza mientras siento como el líquido desciende por mi garganta, los observo, como si se tratase de una pantalla de televisión, cerca y lejos a la vez. Me gustaría creer que todo estará bien mientras me encuentre allí resguardado bebiendo, - pero no - el mundo sigue girando, tanto como si decido quedarme allí oculto o como si decido salir y enfrentar la realidad, de cualquier forma el resultado será un desastre.

Miro mi reloj, termino la cerveza y de pronto veo a uno de ellos levantarse de su asiento y surcar el club de un lado a otro. Ahí está: es hora.


Sé que debo ir tras él, un escalofrío recorre mi columna vertebral y me invade un escozor en la piel, una gota de sudor baja por mi frente, un pasar de saliva y luego, aquel molesto pitido en mis oídos. Puedo ver a las personas a mi alrededor, gesticular, hablar, pero yo solo veo sus labios moverse, no hay forma de que escuche lo que dicen, mis pies permanecen clavados al suelo, el malestar es general, no puedo evitar tensar mis músculos, otra vez ese horrible escalofrío, centímetro a centímetro del axis al coxis, como cuando se bosteza con la boca cerrada, como cuando el agua entra a tus oídos. Es una sensación extraña y desagradable, algo casi asesino, un deseo de tomar algo entre mis manos y destruirlo.
A mi alrededor la gente ya no habla, grita, - como granizo golpeando la ventana, constante y ruidoso - ladeo la cabeza y escucho mi clavícula tronar de un modo siniestro, veo en la palma de mis manos mis uñas clavadas y de repente la cinemática cambia.
Me veo a mí mismo desde arriba, rodeado de personas que no conozco y que por primera vez detesto, no conozco la razón, solo deseo silencio, dejo un par de billetes sobre la mesa y salgo del lugar tras esa figura que hace tan solo segundos paso frente a mí.

Es una de esas noches en las que me vuelvo a sentir como un niño, temeroso y lleno de miedos vuelve a extrañar aquellas cosas que han quedado en el pasado, las personas envejecen a su alrededor y sin darme cuenta yo también.
Camino por entre los postes y su luz mortecina, - fulgor en mi mirada - . Le sigo de lejos, el hombre se percata y aprieta el paso, me veo obligado a hacerlo también, me acerco cada vez más a mi objetivo, sus manos sospechosamente metidas entre la gabardina, no puedo evitar sentir que alguien también me sigue de cerca.
El hombre acelera, sus pasos son rápidos, casi lo alcanzo ¡solo un poco más!, una pistola descansa entre mis bolsillos, la aferro con fuerza, he quitado el seguro, listo para atacar al sujeto al que persigo por alguna extraña razón.

Los reyes no significan nada, en la calle de los sueños. Sueños partidos en dos pueden ser hechos de nuevo en la calle de los sueños. Oro, plata y oro. 



La calle, es más larga que nunca, desenfundo la pistola. En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a perder una oportunidad que no supo aprovechar repito en mi mente mientras poso mi mano sobre el hombro de aquel extraño y apunto.
Solo hasta que el silencio fue total y el fuego en mi mirada se apagó la respuesta surgió, asestándome una bofetada que me devolvió a la realidad, la que caía a pedazos, - o mejor - la que llovía sobre mí. En medio de aquella calle, con el agua corriendo por las canales desbordando las alcantarillas, lo comprendí todo.
El extraño voltea y justo cuando lo hace una mano se posa sobre mi propio hombro, volteo para ver el rostro del desconocido que se atreve a ponerme las manos encima, solo para ver mi rostro reflejado en el suyo y el suyo en el mío. El perseguidor que es el mismo perseguido, - como el terrorista que ve en su destrucción una obra de arte y en el caos una particular firma - un disparo resuena en el eco de la noche, el humo sale del cañón, disparo y al mismo tiempo soy atravesado por una bala idéntica a la que acabo de descargar.

Fue rápido, fue sutil, como la muerte del Principito, como un tiro de gracia, un segundo bastó para comprender que nunca fui el protagonista de la historia, sino un simple personaje más. No hubo alaridos ni gritos, solo una simple expresión de sorpresa, seguida de un pequeño "Ah", que resumió todo lo que podía sentir y decir en el momento. Una última exhalación, para luego caer de rodillas al suelo.

Con un hilillo de sangre deslizándose por la comisura de mi boca, con un último aliento bajo la mirada para ver mi pecho atravesado por aquel disparo pseudo-suicida. Poco a poco, el corazón, anteriormente cargado de adrenalina, comienza a reducir su velocidad, la sangre se acumula en el piso, hay tanta que ya puedo ver mi reflejo y el de las luces en esta.

Tan de la nada como había empezado todo, así había terminado, mi respiración se entrecortaba, sabía quién había sido la persona que me había atravesado el pecho, y sin embargo no quería voltear para confirmarlo. Ya era suficiente con saberlo.
Entonces a mi memoria acude el rostro de una mujer y el sabor del lúpulo de esa última cerveza mientras me preguntó si el mismo impulso que genera la felicidad para hacer las cosas, es el mismo estímulo que se recibe de la ira, porque esa fue la única sensación que me embargó en ese momento antes de dejar de respira, rabia con tantas cosas, cosas que debieron pasar de otra forma pero que no fueron, la realidad fue una fotografía mal revelada, como un recuerdo que creí nunca vivir, como una persona que nunca fui.


sábado, 31 de marzo de 2018

Melodía

I'm yellow, he was blue It's nothing that he could hide We made a green meadow Whenever we would collide


Empezó con una canción, casi como empiezan la mayoría de las cosas, al menos las cosas que me importan. 

Había algo de simple y de complejo en todo ello, era espontánea y carismática, me sorprendía lo opuestos que podíamos llegar a ser. Me gustaba cruzarme de piernas y verla hablar por horas y prestar atención a lo que me decía hasta cierto punto en el que me distraía con aquel extraño color de ojos; a ella en particular no le gustaba hablar de su físico pero para mí era un rasgo verdaderamente cautivador.

Solía sentarme frente a aquel extraño edificio de la esquina, esos que surgen de la nada y que nunca sabes qué pasa allá adentro pero donde la gente entra y sale sin explicación. Veía pasar a la gente y a los semáforos brillar como antorchas mientras el transporte público avanzaba lentamente y yo únicamente escuchaba su voz, su risa y su llanto del otro lado del auricular.

Quizá ella ya lo sabía e incluso intentó advertírmelo, había algo de premonitorio en todo ello, las constantes referencias a Benedetti, las palomas. Su tristeza y mi terquedad.

Tocaba canciones para mí a menudo, para mí o para todo aquel que se animara a escucharla, aquella noche en particular tocó una canción para mí, su letra era triste y melancólica. Impulsiva ella se desvanece, sombrío cuelgo el teléfono y me alejo entre la bruma, mis pasos son iguales, pero las calles son distintas.

Terminó con una canción, casi como terminan la mayoría de las cosas, al menos las cosas que me importan. 



jueves, 29 de marzo de 2018

¿Esperaban una entrada objetiva del concierto de Gorillaz en Bogotá?, ¡Olvídenlo!



Hay ciertos momentos que uno espera toda su vida y la llegada de Colombia coincidió con mi graduación de la universidad, fue una especie de regalo que me di, una recompensa, la distancia no importa y  cómo devolvernos a casa tampoco, hace frío y  debemos abrirnos paso entre el lodo que la lluvia ha formado durante las últimas horas. 

Sin embargo aquí estamos, estar aquí es la prueba definitiva de que soy un tipo de los años noventa, viendo el surgimiento de una banda digital que un día apareció con un intrépido video en el que surgían del suelo de un cementerio unos gorilas zombies que parodiaban 'Thriller' de Michael Jackson al ritmo de The Good The Bad and The Ugly de Ennio Morricone. Aquel día quizá del 2001 conocí a Gorillaz.

Antes de un concierto, en la mente se escribe un playlist de ensueño imaginario: las canciones infaltables del artista que se está a punto de ver. Debo reconocer que en este aspecto siempre me he considerado afortunado pues en conciertos anteriores los artistas han tocado canciones que en otros países de Suramérica no interpretaron, es el caso de 'Dead Flowers' en los Rolling Stones y 'State of Love and Trust' en Pearl Jam esta vez las luces se apagan y de pronto, aquel famoso grito de esa vieja película de George Romero cobra vida: "Hello, hello, is anyone there? Hello, hello, is anyone there?!" mientras un poderoso riff de guitarra, un bajo y una especie de teclados comienzan a tomar fuerza con cada repetición, mientras de la nada surge Damon Albarn con la guitarra en sus manos, la energía comienza a acumularse y con la entrada de la batería de 'M1A1' el concierto cobra vida, mi complacencia musical ha sido satisfecha.

Algo curioso de su paso por Colombia y gran parte de Suramérica dado que el setlist fue casi idéntico es que primaron canciones del 'Demon Days' como 'Every Planet we Reach is Dead' o  'Last Living Souls' que  fue seguida de una canción en particular que me recuerda mucho mis años de colegio: 'Rhinestone Eyes' del 'Plastic Beach' de 2010, no sé pero en particular esa canción revivió mi gusto por Gorillaz a los cuales había perdido del radar por un tiempo. 

La banda en vivo es fenomenal, atrás las imágenes y arte de Jamie Hewlett, en el escenario: dos baterías, una increíble guitarra, un bajo que nos daría perplejos, un grupo de coristas que me recordaba na especie de iglesia afroamericana, obviamente un espacio para sintetizador y teclados y al frente uno de los genios  detrás de todo, el hombre de Blur, Damon Albarn.

Fue entonces cuando Albarn sostuvo en sus manos esa vieja melódica que escuchamos desde 2001 y 'Tomorrow Comes Today'  comenzó a sonar mientras en la pantalla, 2D, insatisfecho camina como parte del video musical. 

Después de preparar al público con algunos de sus clásicos, Gorillaz comenzó con las canciones del Humanz, gira que lleva el mismo nombre y 'Saturnz Barz' comenzó a sonar, es algo gracioso  es una canción en dueto con Popcaan el cual no está en vivo y su voz es reproducida a través de una pantalla que muestra al artista cantando, algunos lo considerarían una especie de playback sino fuera porque la banda en vivo  le otorga emoción a la canción. 


19-2000 y su clásico intro que marcó tantas generaciones marcó la pauta para lo que se vendría pues pronto Kali Uchis apareció en el escenario para interpretar 'She's my Collar', una canción con tinte latino y seducción además la artista nació en Colombia por lo que su español en realidad sorprendió a la mayoría.


De repente la lluvia comenzó a caer justo cuando 'Noodles' aparece en pantalla y el hermoso, porque  creo que no hay una palabra mejor que la describa, intro de 'On Melancholy Hill' comenzó a sonar tocando las fibras de todos, la canción mezclada con la lluvia tuvo un gran impacto emocional al menos en lo personal, igual que lo hizo 'El Mañana', canción que le siguió en el setlist.


Se llegó el momento de los duetos y al escenario subió Pauline Black quien al ritmo de uno de los mejores riffs que tiene el Humanz abrió 'Charger', un preludio para 'Strobelite' de Even Peverett que en definitiva con su carisma prendió la fiesta, ese fue el momento creo más álgido de la noche, quizá por lo movido de la canción o la lluvia o quizá todas juntas.


Siguieron las nuevas canciones: 'Andromeda', 'Hollywood' (una nueva joya que solo había sido escuchada en Chile y ahora en Colombia) y algo que me sorprendió fue la interpretación de 'Garage Palace' que con sus cinemáticas ambiento el ritmo de la canción. 

Una vez más Even Peverett apareció en el escenario para interpretar otro clásico de la banda: 'Stylo' con su bajo contento a aquellos que esperaban ver más del 'Plastic Beach'.



Hubo muchas cosas que celebrar aquel día, primero el coincidir de dos artistas como Gorillaz y De La Soul que han trabajando juntos en varias ocasiones y que permitió que pudieran interpretar varias canciones juntas: entre estas 'Superfast Jellyfish', y por supuesto 'Feel God Inc' que hizo las delicias de todos: Sha, sha ba da, sha ba da, Feel Good cantábamos todos que para eso momento estábamos totalmente empapados y moviámos nuestras cabezas al ritmo de la canción Love forever, love has freely, turned forever you and me, windmill, windmill for the land, is everybody in?


Este fue un día en el que también cumplía años Maseo de De La  Soul  y por supuesto también se conmemoraron los 50 años de Damon Albarn, lo cual permitió que hubiera un ambiente de celebración mucho más significante "I'm happy' exclamó Albarn en cierto momento en medio de la lluvia que caía con fuerza en aquel momento. 


Las luces se apagan y todos nos preparamos para el encore de la banda, la cual regresa al escenario y música oriental comienza a retumbar en el lugar 'Hong Kong' del 'D Sides' rompe el silencio y es en este momento en el que al igual que Albarn exclamó hace unos minutos, puedo decir, soy feliz, la música de esa canción, mezclada con la lluvia y el solo disfrutar de la música con los ojos cerrados sin importar nada más en ese momento es una sensación inigualable de tranquilidad.



Después de aquel momento de paz, Gorillaz retoma el ritmo con 'Kids With Guns', todos sabemos que se viene pero esperamos, Albarn invita a un fan al escenario, el tipo está en estado cercano a la euforia y ebriedad que le cuesta creer donde está,  - es más - sospecho que no recordará mucho al día siguiente y mientras da vueltas alrededor del escenario, la melódica de Damon interpreta el viejo riff de El Bueno El Malo y El Feo y 'Clint Eastwood' cierra con broche de oro el día que apenas empiezas pues en medio de aquella celebración el tiempo se consume con rapidez y ya es la 1:30 am.

Es curioso, a pesar de sentirme contento no puedo evitar identificarme con aquella pegajosa letra, Ain't happy, I'm feeling glad I got sunshine in a bag I'm useless, but not for long / The future is coming on.


viernes, 9 de febrero de 2018

Lobotomía


“Así pasa. Rompes con una bella chica y todo lo que te queda es un piano, una guitarra y un par de pantimedias. Eso es el adiós” Keith Richards
Las malas noticias siempre las he recibido bajo una especie de anestesia, como si la información la inyectaran lentamente en mis venas y solo hasta que comenzara a circular en mi sangre pudiera comprender su magnitud.

Es la parálisis antes de salir corriendo, antes de comprender qué consecuencias inmediatas tendrán en mi vida tales sucesos y pedir que me regresen el deseo de sentir, de experimentar frustración, rabia, decepción, tristeza.

Sucedió hace años, una tarde cualquiera de esas que suena el teléfono y saluda un amigo del otro lado de la línea, uno de esos amigos con los que no se habla a menudo pero sabes que incluso si pasan los años su amistad seguirá ahí. Un saludo breve seguido de una mala noticia, la muerte de nuestro viejo amigo en común, con el que íbamos a cine, con el que jugábamos en el parque, aún puedo sentir el sudor de nuestras manos en los joysticks al rotárnoslos.

Muerto, incrédulo pienso que es alguna clase de broma, ya hemos hecho bromas en el pasado. Mi amigo no miente y de repente el mundo se vuelve un lugar más pesado.


Me tambaleo, pero me niego a derrumbarme, agradezco por la llamada y cuelgo, golpeo las paredes de la habitación con mis puños, mis débiles puños de mortal. Caer de rodillas podría considerarse un sinónimo de derrota y no pienso hacerlo, mantener la calma parece tan sencillo, una incisión en mi corteza cerebral a la que reacciono indiferente.

Nadie lo entendería, ni le importaría, ni recordaría cómo sucedió, el picahielo se adentra en mi cabeza y me despoja por un tiempo de preocupaciones, sigo de pie y puedo sentir algo revolverse en mi estomago, digiero todo y usualmente me quedo inmóvil con la mirada fija en una pared, o al suelo, cualquier cosa que impida que demuestre mis emociones.

¿Cuántas veces son suficientes? Se ponen los músicos limitaciones para seguir haciendo canciones para sus mismas inspriaciones o significa un cerco en su creatividad? He estado ahí una vez, dos veces,  La Linda Keith de 'Ruby Tuesday' y de 'Red House' mi amigo me dice que no le pare bolas, pero son mis herramientas, la guitarra del músico, el pincel del artista y la pluma del escritor, es Poli, no Polly la de Nirvana, Poli la de Zoé, la de las canciones de Peter Green.

Los amores con la escritura son peligrosos.

jueves, 1 de febrero de 2018

Cementerio de elefantes



"Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". E.S

Recordé la noche en que Leah me habló sobre la frase que vio en algún lugar, una frase de un autor cuyo nombre tampoco pudo recordar, tan poco la frase exacta pero me dijo que era algo similar a que se aprende a morir del caer de las hojas.

- Parece algo natural porque después de todo las hojas caen, pero el árbol sigue allí - me  dijo
- Que cambien las hojas más no las raíces - le respondí

Caminábamos a través de un sendero, los árboles, con follaje tupido y ramas que se entrelazaban a su alrededor impedían observar el cielo de aquella fría noche de diciembre. El viento soplaba con fuerza en dirección contraria a nosotros, podía ver el aliento helado que exhalaba Leah con su boca al hablar.

Antes de cruzar la calle Leah se detuvo y miró a su izquierda por donde en medio de la oscuridad se adivinaba lo que era el inicio de una empinada calle adornada por un colorido alumbrado navideño.

- Deberíamos tomar una fotografía - exclamó. Me quedé en silencio esperando a que sacara su cámara fotográfica, sin embargo ella seguía inmóvil, parada a un costado de la acera mirando fijamente la calle y su alumbrado, pasados unos segundos, Leah cerró los ojos, volteo a mirarme sonrió y continuó la marcha; pensé que había preferido no hacerlo así que la sigue como si nada hubiera pasado. En el momento no lo comprendí.

Caen las hojas amarillentas y marchitas, decididas ceden a la gravedad y se mecen en el aire para posarse sobre el suelo con suavidad y morir a los pies de su creador. Aprender a morir no es quizá lo más difícil, la muerte llega y con suerte no hay tiempo de asimilarla. Lo más difícil es continuar la existencia y fingir que la vida puede seguir igual a pesar de que las personas van muriendo, física o metafóricamente incluso si no es así. Leah lo sabía y murió aquella misma noche, dejando aquel peso en mis hombros.

Hay una especie de dolor placentero en visitar lugares que fueron y ya no son, pararse sobre la misma baldosa o el mismo pedazo de tierra, mirar hacia la misma dirección y pensar, aquí estuve yo hace tantos años, cuánto ha cambiado desde entonces, a esos lugares los llamo cementerios de elefantes.

La tienda de música que alguna vez brilló y que años después quebró y fue reemplazada por una tienda de marca más como tantas otras que ahora abundan en la ciudad,  la cancha de tenis o de fútbol donde se jugaba con los amigos del barrio, el colegio lleno de nuevas generaciones que ignoran toda la historia detrás de sus paredes o el grabado con bisturí que existe en algún pupitre con nuestra firma personal.

A veces no son los lugares los que duelen o se extrañan sino los momentos y las personas con las que se compartió en ese mismo espacio, las mismas canciones son espacios en sí mismas donde una vez es ligada una canción o un artista a cierta persona a pesar de que esta no lo sepa, le pertenecerá para siempre, al menos en nuestra construcción de un mundo.

Visité mi cementerio de elefantes, aquel mismo lugar en el que enterré a Leah y no pude evitar pensar en las veces que me había cruzado a alguien conocido en la calle, las veces en las que había saludado de lejos al eventual personaje, y las otras ocasiones en las que me había detenido lo suficiente para entablar una conversación, y por supuesto,  las numerosas ocasiones en las que había preferido bajar la mirada y ver el extraño comportamiento de mis pies al andar.


Cuando preferí ponerme los audífonos, subir el cuello de mi abrigo, ponerme la capota de mi chaqueta e inclinar la cabeza antes que saludar a aquella persona, todo con el fin de evitar un incómodo momento en que ninguno habría tenido nada que decir y que probablemente ninguna de las dos personas hubiera querido tener, en la mayoría de ocasiones lograba ver a las personas antes de que estas se percataran de mi presencia, eso o son realmente buenos fingiendo su aparente distracción y ensoñamiento, pensé que por más atento que se pueda ser en la calle, muchas personas habrán hecho conmigo lo mismo y habrían logrado esquivarme antes de que me percatara.

Hoy volví a pasar por aquella calle que Leah se detuvo a mirar esa noche. fue en ese momento que comprendí que Leah sí había tomado una fotografía, mejor aún ¡había capturado un momento!, se trataba de una imagen mental que había guardado para sí misma, no de la forma que lo habría hecho una fotografía ordinaria sino de la forma más subjetiva y personal de todas, una imagen que no solo permite capturar algo como el frío, la fuerza con la que el viento agita las ramas de los árboles o la tonalidad con la que las luces iluminan la calle, esta fotografía en sí misma también encerraba pensamientos y sensaciones únicas que nunca conocería otra persona.

Ahora ni siquiera es de noche, es una simple tarde de junio en la que los trabajadores pasan junto a mí, distraídos se atraviesan y me impiden capturar con claridad, hace calor, la ciudad es ensordecedora y Leah ya no me acompaña, cierro los ojos y lo único que puedo ver es una hoja caer  frente a mí. También debí tomar una fotografía.