En la casa de Ricardo siempre había tinto, lo bebíamos oscuro y sin azúcar.
- ¿Cómo va la lucha? - me preguntó mientras desplazaba la olla del fogón y sacaba dos tazas de un mueble
Me senté y puse mis manos sobre la mesa del comedor en señal de resignación.
- Me alcanza para la pola y para los buses - afirmé conforme, como si mi canasta familiar dependiera de lúpulo y malta de cebada.
- La vaina está jodida Pedro - sentenció sentándose junto a mí.
El olor a pan fresco intentaba colarse a través de la ventana y se mezclaba con el del cigarro, miramos el calendario para asegurarnos que no estábamos en 1984, reímos en medio de esa desolada escena, hablamos de Roxannes y de Ruby Tuesdays y de Polly y de Suzanne, honramos a los muertos y recordamos a los vivos, a nuestros contemporáneos que cada vez se perdían más en sus propias sendas.
Hubo un breve silencio, unos cuantos segundos en los que atesoré aquel momento, más por su singularidad que por su simplicidad, lo calqué en mi mente como quien recorta una pequeña viñeta de algún periódico dominical y la pega en la pared.
El mundo podía estar cambiando allá afuera, los Gobiernos podían surgir y caer y las guerras estallar en cualquier lugar del mundo, las profesiones que conocíamos podían desaparecer y podían surgir otras nuevas e innecesarias y las mujeres seguirían allá afuera en búsqueda de amor líquido; pero hay, - en medio de esa sala a medio alumbrar - la soledad no parecía tan pesada.
Cada uno sumergido en sus propias desgracias y pensamientos, al menos por unas horas, en medio del sabor de la cerveza y el olor al tinto podía refugiarse en ese islote de cotidianidad como dos náufragos esperando al rescate de un Deux Ex Machina que sabíamos no aparecería.

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