miércoles, 28 de diciembre de 2016

Vejez

"No te preocupes por los rechazos. Llevo 25 cigarrillos esta noche y cerveza ni te digo. El teléfono sólo ha sonado una vez: número equivocado” - Charles Bukowski

30 tabletas de Nifedipino
30 tabletas de Atorvastatina
60 tabletas de Losartan
30 tabletas de Hidroclorotiazida

Esta es la lista de medicamentos que me permiten seguir con vida, la Nifedipina, la Hidrocloroatiazida y el Losartan mantienen mi presión arterial estables, la Atorsvastatina disminuye mis niveles de colesterol y previene la posibilidad de un infarto, un cúmulo de medicamentos que se aseguran de apartar a la parca de mi puerta, postergando la inevitable.

Arrojo las pastillas a través de la primera alcantarilla que veo, mientras paso al frente de un hogar geriátrico, del otro lado de la verja miradas tristes y con cataratas me ven deshacerme del último medicamento,  asombrados, se aferran a la vida con más de aquellos mismos medicamentos, sus cuerpos sin fuerza, respaldados por sillas de ruedas y caminadoras, añoran la libertad que yo aún poseo, añoran volver a su juventud, salir a bailar, frecuentar el billar, vagar por las calles y caminar por la ciudad, la misma ciudad que se encargó de darles la espalda y confinarlos al olvido los últimos años de vida. En realidad, nunca quise vivir tanto, supongo que no fui lo suficientemente valiente o cobarde para halar del gatillo o arrojarme de algún rascacielos, un sobreviviente a fin de cuentas.

Al salir esta mañana el vinilo de Sidney Bechet giraba en el tocadiscos, "Petite Fleur", al salir dejo tras de mí la puerta abierta, no pienso regresar.  ¿Por qué el mundo es tan triste? le escucho decir a una joven mientras camino - cariño, la soledad pasó de ser un sentimiento a ser una epidemia, el mundo gira por inercia y ya nada es suficiente. A veces me cuesta salir de la cama y verle la cara al mundo, un mundo que ha dejado atrás su humanidad y deja ver su lado más hipócrita, gira cada vez más rápido mientras yo parezco volverme más lento.

Camino entre las tumbas y repaso una lista de mis amigos y conocidos, tacho nombre tras nombre, víctimas de sus propios vicios y demonios, cerraron sus ojos para no volverlos a abrir, sorprendidos por la muerte en la flor de sus vidas, en la cumbre de su éxito, o en el hedor de sus fracasos, al final todos terminan por sucumbir ante la fuerza imparable de este mundo  y ante aquel dispendioso peaje que te cobra la vida cada cierto tiempo, exigiendo tu cordura, tu tiempo y tu corazón, como tributo para seguir a flote en esta letrina que te recuerda que al final todo es temporal, nada permanece.

Las calles se han vuelto más largas, el suelo se siente frágil bajo mis pies y el frío equilibrio de mi bastón, ya no puedo seguir el paso, igual que nunca pude seguir el paso del sistema, del establishment, apatrida, incomprendido por la sociedad, marginado e incomprendido, me relegué al anonimato. Solía pensar que rendirse era un sinónimo de debilidad, que no debía dar el brazo a torcer, sin importar las probabilidades, debía mantener la cabeza erguida, no agacharla y luchar por un propósito, no por orgullo, ni por esa obstinación que conozco tan bien, con el tiempo comprendes que a veces es mejor hacerse a un lado, evitar las vías del tren. No está mal hacerse a un lado, hay gente que no necesita ser salvada.

Hay viene mi locomotora....

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dibujar la guerra, los bosquejos de Jairo Martínez

Fotografía: Cristian Mora

Antoine de Saint Exupéry, el famoso aviador relata en su libro cómo dibujó varias ovejas a petición del joven Principito, de igual forma le dibujó un elefante comido por una serpiente y finalmente le entregó un dibujo de una caja de agujeros con una oveja adentro, justo como la que el pequeño príncipe había imaginado.

Jhoiner García Moreno, alias ‘Jairo Martínez’, un guerrillero del Bloque Sur de las Farc, también gusta de dibujar en su cuaderno y su tiempo libre lo dedica a leer y a hacer trazos y retratos, incluso, cuando sus compañeros se lo piden también dibuja cosas para ellos. Jairo es uno de los guerrilleros que hizo historia en los Llanos del Yarí y asistió a la X Conferencia Guerrillera.

Antes de ingresar a la guerrilla y responder a este alias, Jhoiner era un joven estudiante de bachillerato perteneciente a la etnia indígena de los Coreguaje, un pueblo indígena que habita a orillas del río Orteguaza en el Caquetá y en las cercanías al río Mecaya en el Putumayo.

El olvido al que los Coreguaje y las tribus indígenas han sido condenadas a lo largo de la historia, hace pensar que Colombia es una tierra habitada por las mentes estrechas que el Principito encontró durante su viaje a través de la galaxia: reyes sin súbditos que dan órdenes, hombre de negocios que cuentan las estrellas y que de forma absurda las reclaman como propias, geógrafos absortos en la teoría pero que nunca han salido a explorar su cartografía, y borrachos que beben para olvidar que son borrachos.

Jhoiner descubrió esta realidad al viajar a través del país, “tuve la oportunidad de recorrer muchas partes del sur de Colombia como El Amazonas y Puerto Leguizamón en el Putumayo, viajé por el Caquetá e incluso estuve en Bogotá, durante ese recorrido vi mucha injusticia, gente que se cubría con cartones, otros que dormían en la calle, incluso en ocasiones uno tenía que pasar por encima de ellos para seguir su camino, y ver a esa gente es triste. A uno le dan ganas de llorar”. 

“Fue el primer dibujo que hice, no me quedó muy bonito, pero a mí me quedó gustando así que seguí dibujando, cualquier cosa que yo viera que estuviera a blanco y negro la dibujaba”.


Fue durante esta época en la que Jhoiner comenzó a dibujar, pasaba horas en la biblioteca de su colegio devorando libros y observando a otras personas con talento para el dibujo y aprendiendo de ellos. Recuerda que el primer dibujo que hizo fue el rostro de Gabriel García Márquez, incluso sin conocer de cerca las obras del nobel, “yo tenía muchas ganas de conseguir Cien años de soledad, pero nunca tuve la oportunidad, he escuchado que es muy bueno, pero no lo he encontrado”.

Pero incluso con una nueva pasión creciendo a través de la tinta y el papel, el horizonte no parecía muy alentador, sin garantías para estudiar, nacido en una región aislada y criado en el humilde hogar de su abuela o ‘su viejita’ como él la llama, García aún no tenía claro su futuro “mi familia quería que yo fuera profesor, pero no me llamaba la atención, por otro lado, me decían que ser abogado era algo importante. Yo iba con la idea de eso, terminar el estudio y comenzar una carrera”.

Finalmente en 2011 la vida de Jhoiner dio un giro inesperado cuando un grupo de guerrilleros le salió al paso y lo sorprendió mientras él caminaba por la carretera, “en mi familia me inculcaron que eran criminales y terroristas, yo les tenía miedo, siempre que los veía de lejos me escondía, no me dejaba ver de ellos, pasaban en gran número, pero esta vez me vieron, y el corazón se me salió del pecho”, dice.

Fotografía: Cristian Mora  "Un profesor universitario vino desde Bogotá y me dijo que yo tenía buena ortografía y buena letra, también eso lo anima mucho a uno, yo no sé mucho  pero sí manejo la ortografía, me defiendo con eso de las tildes, las comillas y las comas”.
El grupo de guerrilleros se acercó a Jhoiner y lo saludó normalmente, le hicieron las preguntas de rigor: ¿Cómo se llama? ¿De dónde viene? ¿Para dónde va? Incluso le ofrecieron chocolate, ese fue el momento en que este Principito de tierras mestizas decidió abandonar su tierra y explorar un nuevo universo, se mezcló entre los guerrilleros, miró hacia atrás por última vez y continuó.

Tras caminar algunos kilómetros, al grupo llegaron más guerrilleros, entre ellos el comandante de la unidad, quien al percatarse de la presencia de Jhoiner lo mandó a llamar. Durante una breve entrevista le explicó a Jhoiner todo lo referente a las Farc, el joven indígena, lleno de preguntas, sació su sed de información ¿Por qué andaban armados? ¿Por qué peleaban contra el Ejército? “Él me lo explicó todo, me aclaró que peleaban por defender las leyes del pueblo, me habló un poco del estudio y la vivienda, ahí me motivé para entrar a la guerrilla”.

A partir de ese momento Jhoiner adquirió una nueva identidad, ahora respondía al alias de Jairo, un nombre que con el tiempo se convirtió en el de Jairo Martínez, un antiguo militante del frente que murió antes de la llegada de Jhoiner al campamento. 

“El nombre me gusta, es en homenaje a un camarada, yo no lo conocí pero lo he visto en fotos, supuestamente porque me parecía mucho a él”. 

Después de recibir el entrenamiento militar correspondiente, fue asignado a una unidad de orden público y tan solo una semana después se vio envuelto en su primer hostigamiento, “los primeros días uno siente muchos nervios, ya que nunca ha disparado, nunca ha escuchado los tiros. Durante el combate uno no sabe qué hacer, si salir corriendo o no, pero con el tiempo uno se adapta a esa vida, se pierde el miedo”.

Además de su predilección por la obra de Saint Exupéry, Jairo reconoce la influencia que ha tenido en su vida el libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Aleksiévich, la nobel de literatura.


Jairo Martínez aprecia los últimos seis años que ha pasado en las filas de las Farc, e incluso está pensando en pedir una caja de colores nueva para seguir dibujando, “si uno quiere en verdad prepararse aquí, uno lo plantea, expone las propuestas, dudas o sugerencias. El que no aprende las cosas aquí es porque no quiere, porque aquí existen todas las posibilidades de aprender, prácticamente la guerrilla es una escuela”.


De cara al Acuerdo de Paz y al fin del conflicto entre el Estado y las Farc, Jhoiner habla sobre su futuro: “Si me le dan la oportunidad yo continuaré estudiando. Estudiaría todo lo que tiene que ver con los Derechos Humanos, juegan un papel muy importante a nivel mundial porque se trata de defender al pueblo, ese es mi sueño”.

A la espera de una conclusión, Jairo seguirá ahí, esperando el momento en que pueda reemplazar definitivamente su fusil por un lienzo y un pincel, con los cuales, seguirá apostándole a la revolución, pero está vez, trazará una nueva historia a través del arte y la expresión gráfica.