Cuándo olvidaré las noches que me has querido
Cuándo olvidaré las noches que me has querido
Estoy atascado en un aeropuerto, o muy tarde o muy temprano, así he llegado a todos lados en la vida, incluso al nacer me adelanté unas cuantas semanas, y creo que así he llegado a la vida de las personas, al menos en la mayoría de los casos. He pensado últimamente en ese parte del concepto del tiempo; suena como si fuera un pensamiento nuevo, cuando en realidad es una constante en mi vida.
Demasiado nostálgico para no evitar pensar en el pasado, demasiado ansioso para no evitar pensar en el futuro, lo nuevo de esta ecuación es que por primera vez en mucho tiempo he vuelto a pensar en tiempo presente; y a veces tienes que estrellarte contra la realidad para volver a lo básico, a lo que realmente importa, a lo que se tiene, que después de todo es el hoy.
En la vida hay momentos en que las personas te dicen cosas que se quedan grabadas, no siempre deben ser cosas buenas, por supuesto las hay pero son a veces las más crudas las que se graban con más fuerza y más debajo de la piel. Lo cierto es que tampoco he dejado de pensar en el concepto del tiempo gracias a sus palabras, hace algunas semanas me decía que me había entregado su tiempo, algo que no se puede recuperar a diferencia de tantas otras cosas, no solo saber que me lo había entregado, sino saber que en su percepción de tiempo, sentía que lo había perdido. He pensado constantemente en eso y no me ha hecho sentir mucho mejor. La idea de pensar que robe tiempo de vida a una persona o que al menos así lo considere cuando yo no, es agotadora.
Mi tiempo también lo perdí y asumo esa responsabilidad, a fin de cuentas es mío y yo decido cómo invertirlo, si leo, si pienso demasiado en algo, si algo me toma más tiempo, si duermo más de lo que debería, si paso horas frente a una pantalla o si decido regresar a casa tarde después de caminar por horas sin rumbo. Pero otorgarme a mí la potestad de tomar el tiempo de otra persona no está en mis planes ni intereses y de ser así no lo hubiera aceptado, de no saber que sí tendría un propósito, no lo considero perdido, no al final. Como la semilla que germina con el tiempo y finalmente brota de la tierra como prueba de que incluso si no se ve por estar cubierta, las raíces se han afianzado y finalmente surge la vida. Supongo que es algo que solo sabemos aquellos que alguna vez hemos sembrado o tenido un acercamiento a la botánica o la jardinería o la agricultura o como quiera que se le llame, a mantener la fe, incluso si no se ve un resultado en la superficie. Supongo que la fe en mi nunca fue suficiente, nunca fui suficiente.
Pienso en el tiempo y recuerdo estos días grises en los que el agua se ha llevado los nidos de las aves que sucumben a la fuerza de la lluvia, Fue hace casi un mes, caminaba y lo vi: un polluelo cayó de su nido y se estrello la noche anterior contra el asfalto en medio del aguacero. Está de más decir que murió y que su frágil cuerpo, aún sin plumaje, raquítico y gris quedó expuesto en la calle. Todo estaba muy fresco aquel primer día, después de ello pasé todos los días por allí, solo para ser testigo de su descomposición y no pude evitar pensar en nosotros, no en nuestra relación o quizá sí, pero más que todo en el cómo se pudrió todo en los últimos días. Del polluelo hoy ya solo quedan algunos huesos que permiten aún adivinar de qué animal se trataba, de resto no queda nada.
Hace algunos años en este mismo blog, hace una década, en mis escritos mencionaba un personaje que llamaba la bestia, el Hulk de Bruce Banner, misántropo, solitario, agresivo, calculador, arrogante, todas aquellas cosas que desprecio de mí y que guardo bajo muchas capas y sin embargo, sorprendentemente fuerte, más fuerte que mi yo original, pero una fuerza cimentada en sus emociones negativas, lo recuerdo, fuerte en su desprecio, desprovisto de alguna emoción positiva, con el corazón destrozado y el alma perdida, herido mortalmente y aun así con la vida suficiente como para levantarse.
He pensado mucho en ese personaje y no quisiera albergarlo más en mí, incluso si ahí vive. Pero lo cierto es y al fin lo he comprendido debo convivir con ambos.
“Tengo la sensación de que dentro de mi corazón habitan dos lobos que luchan. Uno de ellos es negro, está enfadado y lleno de ira. Decide pelear muchas veces sin razón, guiado por la rabia ante el más mínimo contratiempo. Además dentro del lobo negro hay envidia, orgullo y ego sin límite. El otro es un lobo blanco, rebosa amor, paz y perdón. No le gusta combatir, solo lo hace cuando siente que necesita cuidarse a sí mismo o a los demás. Dentro del lobo blanco hay bondad, humildad, empatía y compasión hacia sí mismo y su entorno. Ambos lobos, el blanco y el negro, luchan por dominar la batalla dentro de mí”.
“¿Y cuál de los dos ganará?”
“Aquel al que yo alimente”.
“¿Cuál vas a alimentar para que se quede en tu corazón?”
“Ambos se quedarán en mi corazón y ganarán la batalla”.
Viene a mi mente esa leyenda Cherokee de los nativos que hablan de un lobo blanco y un lobo negro y la luz y la sombra que hay en todos nosotros y que debemos equilibrar y aunque sé que en ocasiones requiero de esa oscuridad para protegerme al sentirme vulnerable, he pasado mucho tiempo bajo esa sombra, desconfiado, irritable, precavido y eso me ha impedido realizar la vida de la forma en la que quisiera, estoy cansado de llevarlo conmigo o al menos de que guíe mis pasos, quizá es hora de que ceda el paso y deje guiar a su contraparte la mayor de las distancias para recorrer el mundo en la búsqueda de ese algo.
Regreso al concepto del tiempo, no significa que todo lo que ha ocurrido a lo largo de este tiempo haya sido un desperdicio, quizá sí de un gasto de energía innecesario en asuntos que debieron ser solucionados antes y de haber girado a tiempo al norte para llegar a algún rumbo o al menos de andar por un sendero recto y no siguiendo huellas en el fango en busca de un rastro en círculos, acercándome al sendero pero nunca seguro de seguirlo, hasta hace algún tiempo. Tampoco quiero que me consuman de nuevo las emociones y sentimientos negativos que me han embargado a lo largo de estas semanas, no quiero ser más presa de la desconfianza, el miedo, la culpa, el abandono, el resentimiento, la frustración, no quiero ser más su esclavo, incluso si ahora es cuando más duelen.
Hoy galopo entre la bruma, lobo blanco, lobo negro, aunque cueste admitirlo, vigilando al destino,
(Me regaña el viento al oído) como quiera que lo interprete el lector, pero con convicción como hace mucho no la sentía, con la nobleza y la serenidad que llega con la mejor versión de sí mismo y con la tenacidad y el coraje que sale del dolor, A veces la oscuridad puede ser muy cómoda y ocultarla no significa que no exista.