En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.
Nunca un hombre es más consciente de su realidad que cuando acaba de tener sexo o cuando está a punto de morir.
Los finales no deberían ser como los de las películas de acción que exhiben en los cines: esos en los que el héroe le patea el culo al villano, para luego alejarse de una explosión a sus espaldas mientras se pone unos lentes de sol, aborda un convertible en el que espera una súper modelo y juntos conducen hacia el soleado horizonte; pero esas historias nunca salen bien, uno nunca sabe qué pasa después y cuando hay una segunda parte es probablemente peor que la primera.
No, mi final debía emular a la realidad, porque en esta ciudad no suceden milagros en estas tierras lo mejor es darle una conclusión a todo con una pizca de decepción, pesar al que están acostumbrados quienes esperan más de la vida.
La primera bala cruza a través de la habitación y se instala en mi hombro izquierdo mientras las otras dos siguientes atraviesan mi abdomen y me obligan a retroceder unos pasos, levanto la mirada para ver a Preciosa sostener aún el arma humeante y descargar un último tiro, uno que debería ser de gracia pero que se aloja en mi cuello y de forma más despiadada que milagrosa me deja con vida, supongo que ambos nos fallamos mutuamente.
Quizá fue mi manía de pensarlo todo en extremo o su impaciencia ante los hechos de la vida, quizá mi terquedad o a lo mejor su temperamento explosivo, puedo apostar que era el afán de ambos de tener la razón ¿Creerá en mí como yo creo en ella incluso ahora que la muerte me cobija con su mortaja?
Las cosas debían ser simples, tal como ella las expuso aquella tarde, entramos al banco, apuntamos con nuestras armas, saqueamos la bóveda, uno vigila a los rehenes mientras el otro carga el dinero hasta el auto, huimos y despilfarramos el dinero; aún puedo sonreír tras recordar aquella noche celebrábamos lo que sería el crimen del siglo.
Era en las noches cuando Preciosa más me quería, cuando se despojaba de ese escudo que cargaba consigo, cuando yo le contaba historias al oído y ella cerraba los ojos intentando imaginarlas.
Asustados, los pocos rehenes del lugar huyen espantados ante los disparos, incrédulo; bajo la mirada hasta el suelo para ver cómo empieza a lloviznar escarlata de mi cuerpo y la levanto una vez más para posar mis ojos sobre ella y su cabellera rubia, la miro como esas tantas veces que ella me pidió que dejara de mirarla con tal intensidad. A veces la aborrezco tanto, casi tanto como la quiero y pienso que - en palabras de Sabines - antes de acabar odiándonos es mejor extrañar, debí marcharme después de una de esas noches, en la madrugada cuando aún estaba a tiempo, ¿de qué?, no lo sé, pero a tiempo.
Resbalo lentamente hasta sentarme en el suelo, la pared de la bóveda parece una pintura dadaista, algunos billetes vuelan aún por el aire mientras la pared se cubre de sangre a medida que yo me muevo, decorando los pintorescos cascos de pistola ya usados.
Preciosa se dirige hacía mi e indiferente pasa por encima mío, levanta delicadamente un pie y luego el otro, no sé si para evitar pisarme o para no manchar sus zapatos.
La adoro aún mientras veo su forma de caminar y la detesto al sentir cómo escapa dejándome ahí moribundo.
Sí, la detesto en ocasiones, la detesto como quisiera besarla cada que la veo,
pero odiarla nunca: odiar es un sentimiento que no me permito sentir, odiar es el contrario de amar y ¿cuál es el contrario a querer? ¿Cómo luchar contra el concepto puro e idealizado de alguien? pienso que incluso me odio más por quererla más que a la vida que ahora escapa e
Solo yo sé cuán especial era Preciosa para mí, cuando el mundo parecía derrumbarse, cuando no me interesaba hablar con nadie siempre podía encontrarla en algún lugar, siempre sabía cómo hacerme reír y prestaba atención a los más mínimos detalles, sin embargo siempre supo cómo jugar con mi mente y tomar palabras que nunca dije para ubicarlas en alguna oración, ahora sé que muchas de las cosas que creí eran para mí, no lo eran. Allá va mi última pizca de confianza.
Levanto mi brazo derecho, mi mano se aferra con fuerza al mango de la pistola y disparo apuntando a esas curvas peligrosas, no sé si se trata de falta de precisión o si no me nace hacerle daño pero la bala rompe un cristal a lo lejos. Si quería demostrar que no soy una persona inmadura, he fallado totalmente.
Ante mi impulso, Preciosa regresa a mí, me mira en un plano cenital como quien intenta ver algo a través de un cristal sucio, la contemplo desde abajo, derrotado y con ese tono suyo de superioridad se inclina y susurra de forma inteligible a mi oído algo que solo entenderemos los dos, que nadie más podría comprender pero que termina por sumirme en el suelo, creo ver lágrimas corriendo por sus mejillas pero se levanta con rapidez antes de salir por la puerta principal del banco, ubica la última bolsa cargada de oro en la cajuela de ese Ford negro que robamos la noche pasada y en el que recorrimos la ciudad hasta el amanecer.
No es la primera vez que usa sus palabras como filosos cuchillo pero sospecho que esta será la última.
Detener la sangre es inútil, como alguien a punto de vomitar que mueve su bilis para aplazar lo inevitable, tinta de hierro emana a través de los orificios en mi pecho, en vano trato de hacer presión, al final solo dejo que fluya hasta que ya no quede nada adentro.
El banco ahora está vacío, como mis bolsillos, como el final de mi vida. Las sirenas de la Policía resuenan cada vez más cerca, me mantienen consciente y con el poco de energía que aún queda en mí , salgo a rastras de la bóveda y me recargo contra la puerta del banco, miro el cielo constantemente aguardando a que ángel o demonio regrese y las lagrimas brotan con facilidad, por esta y por todas las veces que quise llorar y no pude, es entonces cuando empiezo a dudar de todo menos de algo en particular y que la muerte no sea una excusa para decir que no sigo queriendo a Preciosa y que lo haré incluso después de morir
No quiero ir ni al cielo ni al infierno, deseo volver al lugar en el que alguna vez todo parecía tener más sentido. Nunca fui más vulnerable ni más lúcido, miro mis manos y las veo diferentes, ¿Dónde estuve todo este tiempo? ¿Qué hice mientras los demás vivían sus vidas? ¿Viví o fui un simple espectador?
El aire se vuelve más denso y difícil de respirar. Puedo sentir escalofríos en todo mi cuerpo, echo un último vistazo a la carretera, solo puedo ver el polvo que aún levanta el Ford a la distancia y con él, adentro todas mis ilusiones: su destino, otro banco donde aguarda probablemente otro pistolero como yo, otro sucio canalla que anhele a Preciosa tanto como anhela el oro, la diferencia es que, con gusto hubiera cedido cada moneda, cada lingote por disfrutar un día más junto a ella.
"Vaya con Dios my darling, vaya con Dios my love", canto el estribillo para mis adentros antes de cerrar los ojos.
Este último día perdí muchas cosas, tantas que la vida parece ser lo de menos.
Última declaración del bandido conocido como Perro Desgraciado.