A lo largo de nuestra vida hacemos nuevos amigos, unos que son simplemente pasajeros, y otros que llegan para quedarse que, sin saberlo, se convierten en un miembro más de nuestra familia, Juan José es uno de estos casos.
Recuerdo el día que lo conocí, la puerta de Sala de Prensa se abrió y entró un muchacho de vestir elegante y mirada perspicaz, recuerdo con mucha nitidez que traía en su mano un ejemplar de la revista Semana, desde ese momento supe que era alguien que en realidad venía a hacer periodismo, saludó, se acercó y se presentó, su nombre era Juan José Padilla, aquella primera vez que hablamos, descubrí que era alguien enérgico, dispuesto a aprender, recuerdo ese brillo en sus ojos cada vez que hablaba de política, cómo hablaba de las expectativas y lo que esperaba hacer por el periodismo de este país.
A partir de ese momento, la Sala de Prensa se convirtió en su segundo hogar, y si alguien lo necesitaba lo más seguro es que lo encontrara allí, con el paso del tiempo Juan José demostró ser un gran ser humano, un estudiante con mucho porvenir, y que, sin importar su corta edad, demostraba que era una persona dedicada, tenía fijos sus objetivos en la vida.
Pronto se convirtió en mi compañero. Clase tras clase fuimos entablando una amistad que se fortaleció con la creación de la revista Punto Zero, conformada por un magnífico equipo de trabajo, que Ángela y Juan José fueron consolidando poco a poco, una revista que Juan José supo liderar, guiar y acompañar, siempre sugiriendo y proponiendo ideas novedosas.
Son tantas las clases y momentos de complicidad que compartimos, y tantas las veces que llegamos tarde a clase por quedarnos en Sala de Prensa y muchas más las ocasiones que recorrimos la ciudad en medio de investigaciones y búsquedas de exclusivas, largas caminatas alrededor de la feria del libro, regresos a casa en el servicio público que eran más amenos gracias a su compañía,
Grandes trabajos periodísticos surgían, fruto de la dedicación y el trabajo en equipo. Eran esos momentos en los que podía visualizar el porvenir de Juan José, lo veía expresarse y hablar y sólo podía pensar, en el profesional tan grande que iba a llegar a ser.
Le agradezco a Juan José por invitarme a unirme a Punto Zero, por ofrecerme su amistad, por poder contar con él en los buenos y en los malos momentos, por poder conformar un equipo tan fabuloso como el que formamos, gracias por los consejos, por las anécdotas, por las tardes que pasamos hablando de música, literatura o cine, siempre admiraré esa pasión con la que hablaba cuando se trataba de Frank Sinatra.
El dolor sobra y las palabras no son suficientes para describir el vacío que hoy sentimos con la partida de nuestro amigo, pero son más fuertes los motivos para recordar los momentos felices que compartimos, aquellas jornadas en Sala de Prensa, las conversaciones en clase, los encuentros en los pasillos y todos aquellos magníficos momentos que vivimos con él, que son suficientes para revivirlo en nuestros corazones.
Muchos pueden ver la partida de Juan José como una herida que difícilmente cicatrizará, pero quizá pensemos diferente si lo empezamos a ver, más que como una cicatriz, como una catapulta que nos impulsa y nos motiva a cargar el estandarte de una nueva generación de periodistas.
Se quedaron sueños y experiencias, en el tintero, ideas y proyectos que realizar, proyectos e ilusiones que nosotros, futuros periodistas y compañeros de Juan José debemos hacer realidad, por él, por un mejor país y por un mejor periodismo. Hasta siempre, compañero, colega, amigo ... hermano.
Cristian Mora