viernes, 22 de junio de 2018

¿Qué sueñan los perros cuando lloran?


"¡Ah miserable can! (...) Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida".- Charles Baudelaire.

Navega calle abajo el barco de papel que ha hecho algún niño, surca con valor la corriente que bordea el andén y sigue a flote a pesar de la fuerza con la que el agua lo golpea; parece que naufragará antes de llegar a alguna alcantarilla donde terminará de sucumbir entre suciedad y escombros. 


Breves incursiones en la lluvia, persigo sin propósito a los autos que cruzan la avenida en medio de ladridos y gruñidos; tras avanzar algunos metros me detengo y repito el proceso al sentir mis pupilas dilatarse frente a las luces de un nuevo auto que se aproxima. 

Este es solo un capricho más de osadía pues en realidad el agua ya ha borrado el rastro que podría llevarme de regreso a casa, me pierdo en medio de la noche y los autos como una forma de recordarme que existen cosas que pueden generar más miedo y al tiempo para recordarme lo cobarde que he sido en otras ocasiones que no lo ameritaban.


El silencio se apodera de la ciudad y el menor de los ruidos es motivo de asombro, "Toto, siento que ya no estamos en Kansas", me diría Dorothy, el problema es que mi nombre no es Toto  ni el de ella es Dorothy, ni vivimos en Kansas. Este no es el camino de ladrillos amarillos. 


Mis pezuñas resuenan contra el asfalto, las sombras que generan los postes de luz reflejan mis cuatro patas que avanzan con fuerza, soy libre de vagar una vez más, atravieso túneles, subo puentes y cruzo calles desiertas. A la noche no hay que temerle, hay que abrazarla y asumirla. 

Son más fuertes los sonidos en la noche, el corazón que palpita como un yunque cayendo con fuerza, el rumor del agua que corre en las alcantarillas y la cadena de los ciclistas que se aventuran a pedalear en la oscuridad.

Las horas muertas en las que  se conduce en sentido contrario y se cruzan los semáforos en rojo, en las que se deja a cualquier animal estampado contra el pavimento y al verlo agónico y herido prefieren huir con su cargo en su conciencia, Los humanos me resultan patéticos

Pues es en la oscuridad donde el hombre pierde su poder, sus ojos diseñados para ver únicamente de día se vuelven paranóicos y las ratas se toman las aceras corriendo con libertad, deslizándose con velocidad hasta que sus colas se pierden entre las grietas del pavimento.

Un gato se cruza en mi camino, es un gato blanco que contrasta con lo oscuro de la noche, lo he visto antes, se queda quieto mirándome, me detengo a pocos pasos de él, me mira, atento a mis movimientos. No puedo evitar jadear, tensa sus músculos antes de salir a correr, hoy no vale la pena perseguirlo.

Algunos nacen gatos, otros ratones o palomas, yo no elegí nacer perro,  a lo lejos otro can llora, implora por compañía ladrando y aullando a los cristales de una ventana. En la noche son pocas las almas que vagan por las calles, los fantasmas surgen de entre las carrileras ante los ojos anonadados de los conductores.

Anhelos de días pasados, días verdes con olor a tierra fresca, le sigo el paso mientras gorriones silban melodías singulares  ¿A dónde han ido?, ahora solo se atreven a salir con la lluvia, cuando no hay moros en la costa. Gorriones y cucarrones hacían mis días, solía escucharlos en la mañana,  cuando salíamos a caminar mientras veía al aire helado salir de mi húmeda nariz.


Los cucarrones sobrevuelan alrededor de su cabeza como si una flota de aviones rodeara a King Kong, vuelan en picado para aventurarse entre las nubes de su cabello mientras en el suelo, otros luchan fatigados bocarriba por volver a caminar en su posición original.

Corremos a través de la llanura uno al lado del otro, mis orejas se mecen al mismo ritmo que el viento eleva sus trenzas a medida que avanzamos, mi lengua al aire y mis ojos fijos en su pequeña figura sonriente y llena de inocencia.

Adelante de nosotros se divisan una serie de estructuras irreales y oníricas, arquitectura antigua hecha en piedra  exploramos cuevas a tientas mientras estalactitas cubren nuestras cabezas y paredes de colores azul y rosa pastel nos conducen a través de pasadizos y peldaños que derivan en recamaras de tronos y pintura rupestre. 

Entre las sombras escucho su voz apagarse mientras desaparece su silueta reflejada por las luces que se asoman a través de pequeñas gritas olfateo y corro con fuerza, ladro su nombre, para despertar confuso en la esquina de alguna calle sin nombre. 

Este recuerdo sucedió, quizá en otro lugar, en otra época y a lo mejor en otra vida, sigo corriendo pero esta vez tras la vieja  camioneta familiar que se aleja a toda velocidad dejando tras de sí una estela de humo y lodo sacudido por el motor y la tracción de las llantas. 

Confuso, sigo el vehículo y paso tras paso resuenan mis patas entre charco y charco, el pelo mojado entorpece mi persecución,, en medio de aquella noche solo logro divisar su cabellera rubia en la parte posterior de la camioneta haciéndose cada vez más pequeña antes que esta se aleje. El esfuerzo es en vano y pronto me encuentro solo y atemorizado, la cola y el alma abajo. Esto ya no es Kansas ni este es el camino de ladrillos amarillos, ¿A dónde vas Dorothy? ¿Es ese tu verdadero nombre? 

La primera de mis breves incursiones en la lluvia.

jueves, 14 de junio de 2018

El espejo



"Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando"


I ODIAR
Klaus recibió el último puñetazo de Luther como el roce de una almohada de plumas; cae de espaldas contra un bote de basura. A través de sus ojos casi cerrados por los cortes en sus párpados puede ver uno de sus dientes volar por los aires y mientras se derrumba  piensa en cómo ha ido a parar ahí, cómo el tipo al que tanto aborrece y desprecia le está dando una golpiza.

Conoció a Luther por allá en el 95, era un sujeto que a cualquier persona le caería bien, dos carreras profesionales, tocaba en una banda, era amable, dedicado, tenía su propio auto, un buen empleo y una novia que a cualquier hombre le gustaría tener. Sin embargo, para Klaus solo era otro gran gilipollas en la lista de personas que potencialmente consideraba gilipollas.

A decir verdad, el sujeto era un mal remedo de Ned Flanders, siempre sonriente, incapaz de percibir el sarcasmo incluso si este era para insultarlo. Hablaba para todos, en voz alta, cerciorándose que todos le oyeran incluso si se encontraban del otro lado de la habitación, Klaus no sabía que era peor, si escucharlo o reconocer que había gente que en realidad le admiraba.

No era extraño verlo cambiar cada cierto tiempo de corte de cabello, como una especie de celebridad, un dios falso con una manada de seguidores y fanáticos sin un criterio propio tras él. como la persona que se da autolike en sus redes sociales o como un mal comentarista deportivo.

Dios, como lo detestaba. No lo sabía con seguridad, quizá era cosa de él, incluso si compartían un punto de opinión, él siempre encontraba una forma de estar en desacuerdo. Dicho precepto cobró popularidad en su mente durante los últimos meses al pensar una máxima que afirma que se odia de los demás lo que no aceptamos en nosotros mismos.


II QUERER

Klaus caminaba con la vista perdida en el horizonte, - a su costado derecho - Hansel se movía con decisión mientras intentaba prender un cigarro y justo en el centro Gitta sumaba el valor de un par de monedas para luego meterlas en el bolsillo de su abrigo.

Eran un trío particular, Hansel era una caricatura de Danzig, el cantante de los Misfits, quizá era su forma de caminar ladeándose de un lado a otro más que su apariencia, de Klaus podría decirse que guardaba cierto parentesco con un Bruce Springsteen en sus años de juventud, mientras Gitta con su cabello negro y sus ojos de largas pestañas y cubiertos de sombras la transformaban en una versión actual de Joan Jett,  

Descendieron la empinada calle mientras el viento soplaba con fuerza, avanzaron unas cuadras más y se detuvieron frente a una gran puerta de roble, un discreto pub en cuya parte posterior se alzaba un gran anuncio: La Tortuga Escarlata. No roja, como la de Estudios Ghibli, ni bermellón, ni carmín, sino escarlata como una fusión entre vino tinto y sangre, como la sangre que Klaus derramaría en un par de horas.

-  Sigan la música - les dijo el hombre parado en la entrada después de recoger el dinero de los tres muchachos.

El espacio era angosto e ingresaron uno a la vez por un entramado de neón, de pronto la oscuridad fue total, confundidos, caminaron a ciegas como aquel que recién entra a una sala de cine y le cuesta acostumbrar sus ojos a la oscuridad, incapaces de distinguir sombras de siluetas eran guiados únicamente por el ruido de la música y la vibración del lugar que se concentraba en las paredes.

El lugar parecía ser un espacio estático en el tiempo, como uno de esos antros y oscuros sótanos de antaño de los cuales habían surgido  las grandes bandas del siglo pasado, era una simbiosis entre la Caverna de The Beatles, y el Country Bluegrass and Blues, lugar que acogió a los Ramones, The Police y a los Talking Heads,  academias que vieron graduarse a diferentes bandas a través de los años.

Divisaron la última mesa libre y mientras Hansel iba por tres cervezas, Gitta y Klaus se apoderaron de  dos butacas que aproximaron a la mesa en medio de la muchedumbre que se movía al ritmo de la música que tocaba la banda en el escenario, tan solo segundos más tarde Hansel volvía con las tres botellas entre sus corpulentas manos.

Bebieron por un momento en silencio, disfrutando de la música hasta que, en medio de la distorsión que salía de la guitarra, a través del vidrio ámbar de la cerveza que bebía, Klaus la pudo ver sentada en la barra del bar justo en frente del escenario donde la banda interpretaba una canción. Su nombre era Emma, pero por supuesto era algo que él ya sabía. Emma era la pareja de Luther.

III DESEAR

Había compartido junto a ellos alguna vez, meses atrás habían bebido un par de cervezas junto a una amiga de la pareja, en aquella ocasión Klaus intercambió un par de miradas con Emma frente al mismo Luther de forma sutil. Era Emma la que ahora intercambiaba miradas con Luther quien marcaba el tempo con su batería, cubría sus ojos con unas gafas de sol en medio de la sala que permanecía en penumbra, Luther hacía una especie de mueca cada cierto tiempo  que le concedía a su rostro una expresión cercana al retraso mental, sacudió su cabeza. ¡Qué gran cretino!, pensó Klaus.

Beben las cervezas y avanza el reloj, así se mueve la escena  de la autogestión, el rock and roll, el ruido, los tatuajes, las ilustraciones, Klaus ni siquiera sabía por qué había dado a parar en aquel lugar, solo había seguido la música y la sed de cerveza, Hansel se había levantado, quizá había salido a fumar o solo estaba por ahí, vagando, Gitta, ausente se encontraba en un estado de éxtasis que solo con la música se puede alcanzar, Klaus se levantó y avanzó, ahora estaba de pie a tan solo unos pasos de Emma, admirándola; la chica se percata de  su presencia y lo mira con gracia mientras se sonroja. 

Falda y medias largas negras, chaqueta de cuero, pelo largo y oscuro que se adapta al color de los reflectores y las luces de neón que iluminan el lugar, Klaus se acerca y ella lo saluda con familiaridad. 


- Parlez-vous français? Pregunta Klaus asombrado de romper el silencio de una forma tan improvisada, Emma asiente con la cabeza y Klaus pregunta extendiendo su mano - Voulez-vous dancer? la muchacha toma la mano del joven y le sigue mientras Luther los sigue con la mirada entre curiosidad y asombro.

Bailan por algunos minutos entre la muchedumbre que se mueve al ritmo de un cover de Stealers Wheel, se dicen un par de incoherencias,  Emma le sugiere que sabe algo mejor en francés y lo besa, Klaus puede saborear la cerveza en sus labios y no importa si esto es París, Bogotá o Berlín todo  gira a su alrededor,  a pesar de la oscuridad del lugar y lo intermitente de las luces, en torno suyo un remolino de colores da vueltas en su cabeza, siente su respiración, permanecen unidos durante algunos segundos, sintiendo la fatiga del otro. 

IV LUCHAR 

Klaus se separa antes de percatarse que a la distancia Luther, el baterista, el hombre al que todos admiran se levanta de su sitio y parte sus baquetas en dos, ¡Ah, también va al gimnasio! piensa Klaus antes de desaparecer entre la muchedumbre con la oscuridad de cómplice, se dirige hacia la salida cuyo paso está bloqueado por las personas que continúan llegando al toque, toma una cerveza de cualquier mesa vacía y da la espalda para verse reflejado a medias en una de las ventanas del lugar, sube la capucha de su chaqueta y oculto bajo esta puede ver una figura acercarse a través del reflejo, esto no es una coincidencia él y Luther estaban ahí por la misma razón, convocados por el mismo fin, no hay error.

La música se ha detenido y las personas guardan silencio atónitas, la figura lo toma del hombro y le asesta un puño en el pómulo, el licor amortigua el dolor y aún con esa pequeña sensación de victoria en sus labios, Klaus rompe la botella que sostiene en la cabeza del baterista, los cristales salen a volar al igual que pequeñas gotas de sangre que salpican  a todos lados.

Aquel gilipollas se tambalea pero a su vez se aferra con fuerza al hombro de Klaus, cabizbajo se queda inmóvil antes de empujarlo contra la puerta del lugar, el aire fresco entra por los pulmones de Klaus quien delira de risa y de dolor. 

V AMAR

Klaus se convierte en un costal de boxeo, ni siquiera intenta defenderse, recibe un golpe tras otro, mientras ríe y por entre sus dientes se escurre la sangre. ¡Al fin! ¡ Finalmente una reacción de parte de aquel gilipollas!

Las personas se agolpan a su alrededor, Emma se acerca para intervenir y Luther, el buen Luther la aparta de un sacudón, Gitta y Hansel también han llegado fruto de la conmoción, confundidos no reconocen a su amigo en medio de la pelea, quizá demasiado bebidos, quizá demasiado asombrados ninguno interviene.

Klaus los mira a lo lejos con el ojo por el que aún ve, sus gafas en el suelo y su miopía le impiden verlos con claridad, pero ahí estaban, día, tarde, noche y sintió una calidez en su pecho. Voltea para mirar a su contrincante que lo sostiene con fuerza de su camisa mientras asesta puños como si de grapar una hoja se tratara y en ese instante se supo reconocer a sí mismo en los puños de aquel hombre que le estaba dando una paliza.

Vio en él, en sus ojos el desprecio con que muchas veces había visto a Luther, sintió cada golpe que recibió, alimentándose de esa furia que él mismo había desencadenado, disfrutaba ver a Luther tambalearse con una herida en su cabeza y la sangre escurriendo por su cien, le bastaba con recordarle que seguía siendo mortal y vulnerable.

Eso era todo lo había ido a buscar aquella noche, infundir un poco de caos en la vida de las personas que parecían tenerlo todo bajo control, sonreía al ver la expresión de miedo y frustración de Emma a tan solo unos pasos y no reconocer a su querido baterista preso de la ira. Se obligaba a disfrutar la demencia con la que le era encajado cada golpe y el teñir de rojo la nieve con su sangre. Deseaba recibir un poco de amor por esa mujer incluso sabiendo que ella nunca lo querría, deseaba sentir  hostilidad de parte de su némesis incluso si era una cuestión pasajera y el poder sentir un poco de compasión de parte de Emma tras cada golpe recibido y un poco de rencor de parte de Luther lo hacía sentir mejor e incluso en medio de todo le hacía saberse vivo. ¡Qué gilipollas!.


sábado, 9 de junio de 2018

Stu; prescindible


I look all white, but my dad was black My fine-looking suit is really made out of sack

Stu y John suben  a jugar fútbol en el pastizal, pronto llegan más personas y se comienzan a armar los  equipos, el más torpe es designado capitán, más por su fuerza física que por su liderazgo o quizá tan solo es el dueño del balón, lo cierto es que sobra una persona y se ha decidido por unanimidad que Stu es el mal tercio del partido, casi puede escucharlos decir, "lo siento pero tres es un número par" antes de alejarse del lugar.

No importa, pensó, siempre es necesario que exista alguien así, una persona que fuera capaz de dar un paso al costado para un bien mayor, como el soldado que se sacrifica para que la misión se cumpla a toda costa, sabe que su vida es tan solo el precio a pagar para finalmente hondear el asta de la bandera en la colina.

Stu Sutcliffe, primer bajista de The Beatles, era un tipo bohemio que gustaba de la poesía y a pesar de disfrutar del Skiffle y el Rock and Roll, estaba más interesado en la pintura que en la música, tocaba de espaldas al público y únicamente estaba en la banda porque Lennon lo había convencido de comprar un bajo después de vender un cuadro por 65 libras. Rodeado de genios como McCartney y Harrison, Stu no podía comparar su capacidad musical a la de ellos y al final cedió su lugar en la banda quedándose en Hamburgo con su novia alemana Astrid Kirchher.

Jim Morrison no lo hubiera descrito mejor, había encontrado una isla en sus brazos; un país en sus ojos. Antes de cada beso, sin saberlo, Stu se apropia de un pequeño hábito de Astrid, un simple reflejo que se convierte en firma. Astrid remoja sus labios, como quien se anticipa a un banquete, lo mira a los ojos y estampa su nariz contra la mejilla de Stu. Este ignora que ve ella más allá de su reflejo en su mirada, una fascinación, un brillo que vio por primera vez una noche al finalizar una presentación. 

Hay talento y sufrimiento en su arte, como una especie de maldición sobre sus pinturas y sabe que cada vez que un nuevo nombre ingresa a los anales de las poesías creadas por su pluma estas se convierten en un nuevo tormento, como el que siente ciertas noches al sufrir aquellas severas jaquecas que lo dejan ciego por algunos minutos.

Es en esos minutos de ceguera cuando los días de ser prescindible regresan, de soñar lo que será si se deja de ser, de eso están hechas las memorias. La vida no alcanza para ser un buen músico o un respetado artista. Es 1962 y Bob Dylan suena en la radio mientras Stu cae de bruces al suelo, ha dejado ir a sus amigos para que estos algún día puedan ser los famosos Beatles, sin embargo el no llegará a ver ese dia. porque nada es suficiente, porque alguien siempre debe dar un paso al costado


Stu falleció en 1962 de una 
 hemorragia cerebral.

Astrid aún piensa en él todos los días.