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domingo, 13 de enero de 2019

Piedra y plomo





Es el tercer auto que ha estado a punto de atropellarme hoy, creo que una parte de mí se lanzó
hacia el segundo a propósito en medio de una lluvia de puteadas y bocinas. Estoy enfermo, me
siento como un muerto viviente, They re coming to get you Barbara, huye, huye mientras aún controlo lo que queda de mi razón.

Estoy delirando, en mi mente puedo ver una versión pequeña de mí mismo cayendo a través de un foso oscuro , mi respiración se entrecorta y aprieto los puños mientras traquean mis dedos, me lastimo, una vez más y sin embargo se siente familiar. Es lunes y bebemos cerveza con Manuel quien camina a mi izquierda mientras a la derecha una versión fantasma de Mick Jagger surge de la nada, pone su mano sobre mi hombro y susurra "el pasado es un gran lugar, no quieres borrarlo ni arrepentirte, pero tampoco quieres ser su prisionero", agito la cabeza como quien espanta una mosca  y el cantante desaparece. Atardece mientras recorremos el sendero, los vagos duermen y hacen hogueras a un costado de la carrilera del tren intentando entrar en calor, la última gota de cerveza cae y se desliza sobre el cristal de mi reloj dibujando a su paso los múltiples rayones y cicatrices que ha dejado el tiempo sobre este, puede leerse un "AM" grabado con un bisturí alguna tarde de hace al menos una década.
- ¿AM? - Pregunta Manuel desconcertado
- Ana María - respondo mientras recorro con los dedos el grabado, la marca sigue y seguirá ahí. Cuando me preguntan por una persona de mi pasado, la lógica dicta que su existencia haya dejado de tener algún significado, pero no es así, su nombre y su historia siguen ahí, a través de mi narrativa que resulta ser la cloaca de mis memorias. Por dentro soy una persona infeliz. Lo perdí todo en un corto periodo de tiempo y en todas las ocasiones fui yo quien se interpuso; incluso cuando sé que la felicidad no debería depender de otros, que existe el amor propio y unos cuantos pajazos mentales más de autoestima, la terquedad siempre ha sido mi más grande debilidad.


Desde hacía un tiempo los momentos que compartimos habían sido reemplazados por ciertas palabras
que giraban alrededor de mi cabeza en Arial 60, como un detective que analiza cada oración, cada huella dactilar esperando encontrar un indicio, podría ser cualquier cosa, una batería descargada, un trancón en la autopista, un robo, una cena familiar, pero mi instinto sabe que no es así.

Mi instinto no sabe seguir buenos indicios solo malos presagios, como un perro rescatista que únicamente es capaz de seguir la huella de cadáveres; Ana siempre había sabido como entristecerme de forma consciente o inconsciente, antes lo hacía cuando estaba, ahora ni siquiera era necesaria su presencia para lograrlo.

Me encontró hace unos años atrás, merodeando por la calle, perdido y cabizbajo recogiendo piedras, la amé porque supo ver algo que las demás personas no habían apreciado en mí, nunca supe qué pero supongo que fue lo mismo por lo que me dejo cabizbajo y recogiendo piedras, pero esta vez incompleto, como aquel soldadito de plomo del cuento, que se mantenía firme aunque sólo tuviera una pierna,
Han pasado los años y como un boomerang ella siempre regresa a mí, como si supiera lo que pasa por mi cabeza, como asegurándose que aún sigo ahí, que aún la amo, incluso si ella no lo hace de igual forma. Son ya muy lejanos los días en los que Ana, la bailarina solía danzar al ritmo de la caja de música,

Subimos la ladera con Manuel mientras debatíamos qué tan fácil sería instaurar un tercer día de fin de semana en el mundo y las repercusiones que esto tendría en la economía. Es lunes y parece como si todos desaparecieran y regresaran a sus madrigueras pues lo único que desean es hibernar como los mamíferos que son, es lunes, día que instauramos como parte del nuevo fin de semana en nuestra utópica realidad.

https://www.youtube.com/watch?v=aBoFKFFUWWE

Era usual plantearnos escenarios ficticios como ese o reformulando situaciones del pasado que vivimos alguna vez, a diferencia mía Manuel era un futurista que veía en el mañana algo mejor que el hoy, por mi parte yo era un nostálgico que vivía del ayer, pensábamos en pasado y futuro, lo hacíamos porque ese no era nuestro mundo, porque debía existir algo más allá de nuestras cabezas, ya fuera hacia atrás o hacia adelante en nuestra línea cronológica.

Manuel mueve su boca, gesticula, su voz se apaga y ya no logro escucharlo, yo solo miro de cuando en vez su rostro para aparentar que sigo en este planeta, disocio al tiempo y me pregunto cómo luciría mi semblante en ese momento, ¿acaso era un cascarón vacío que sorteaba expresiones al azar?

A pesar que fingía estar presente mi amigo sabía que yo ya no estaba ahí, él sabía que yo había regresado al día en que conocí a María, a los días en que su sombrilla salía a volar o leíamos en la biblioteca, María incluso nos acompañó a mí y a Manuel el día que estrenaron el cine en aquel nuevo teatro de la ciudad. - Aún no sé qué película veremos -

- La de vaqueros - sentenció María leyendo mi mente; me di cuenta de que quería ver películas con ella por el resto de mi vida.

Recuerdo todo esto a medida que ascendemos por la empinada loma, el pozo aparece poco a poco frente a nuestros ojos, debo admitir que es el doble de difícil el ascender con los bolsillos llenos de piedras.





Las piedras las recolecté durante mi infancia y lo seguí haciendo después que Ana se fue y lo seguí haciendo cuando llegó María, no había un patrón simplemente si me gustaba una, la recogía y la agregaba a mi colección: piedra caliza, arenisca, cuarzo, granito, todas simbolizaban algo diferente y a pesar de ello, pocos conocían de mi pasatiempo y la existencia de esas piedras en mi inventario, total a pocos debía importarle.

Por su parte a María le habían parecido fascinantes, las sacó de la bolsa en la que había permanecido intactas y sin importarle si llenaba de tierra y polvo sus manos, las examinó una por una, yo observaba atónito, fue definitivo, decidí amarla pues a través de simples actos que reafirmaba todo lo que para mí era simple y para ella especial, decidí amarla porque vi esa misma chispa que quizá Ana alguna vez vio en mí y que yo aún no podía creer que nadie hubiera visto en María. Y así lo pensé por años, hasta que alguien la descubrió, me enteré mientras comía, el pollo perdió su sabor y la realidad adquirió un tono sin contraste, confirmé mis sospechas y descubrí que el astro que giraba alrededor mío o más bien el planeta alrededor del cual yo giraba, era arrastrado por una atracción mayor a la mía, entonces el mundo se derrumbo. Son ya lejanos los días en los que María y yo salíamos a tomar fotografías de la ciudad y me siento como si todas aquellas piedras que coleccioné ahora reposaran en el interior de mi estómago.

Eran esas mismas piedras, las que atesoré por años, las que ahora llevaba como tributo al pozo,seguro de que cumplirían mi deseo. Al fin hemos llegado, Manuel se queda atrás mientras yo me acerco al pozo, me asomo y veo mi propia existencia en el reflejo del agua, "ahí ya no hay nada", susurro. Arrojo las piedras, y de paso también me arrojo al pozo, añoro chocar con la suficiente agua para que se hundan mis piedras o el fuego necesario para que se consuma este cuerpo de cera. Los recuerdos van a enloquecerme.




jueves, 13 de septiembre de 2018

Ni Bonnie ni Clyde

En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.


Nunca un hombre es más consciente de su realidad que cuando acaba de tener sexo o cuando está a punto de morir.

Los finales no deberían ser como los de las películas de acción que exhiben en los cines: esos en los que el héroe le patea el culo al villano, para luego alejarse de una explosión a sus espaldas mientras se pone unos lentes de sol, aborda un convertible en el que espera una súper modelo y juntos conducen hacia el soleado horizonte; pero esas historias nunca salen bien, uno nunca sabe qué pasa después y cuando hay una segunda parte es probablemente peor que la primera.

No, mi final debía emular a la realidad, porque en esta ciudad no suceden milagros en estas tierras lo mejor es darle una conclusión a todo con una pizca de decepción, pesar al que están acostumbrados quienes esperan más de la vida.


La primera bala cruza a través de la habitación y se instala en mi hombro izquierdo mientras las otras dos siguientes atraviesan mi abdomen y me obligan a retroceder unos pasos, levanto la mirada para ver a Preciosa sostener aún el arma humeante y descargar un último tiro, uno que debería ser de gracia pero que se aloja en mi cuello y de forma más despiadada que milagrosa me deja con vida, supongo que ambos nos fallamos mutuamente.

Quizá fue mi manía de pensarlo todo en extremo o su impaciencia ante los hechos de la vida, quizá mi terquedad o a lo mejor su temperamento explosivo, puedo apostar que era el afán de ambos de tener la razón  ¿Creerá en mí como yo creo en ella incluso ahora que la  muerte me cobija con su mortaja?


Las cosas debían ser simples, tal como ella las expuso aquella tarde, entramos al banco, apuntamos con nuestras armas, saqueamos la bóveda, uno vigila a los rehenes mientras el otro carga el dinero hasta el auto, huimos y despilfarramos el dinero; aún puedo sonreír tras recordar aquella noche celebrábamos lo que sería el crimen del siglo.

Era en las noches cuando Preciosa más me quería, cuando se despojaba de ese escudo que cargaba consigo, cuando yo le contaba historias al oído y ella cerraba los ojos intentando imaginarlas.

Asustados, los pocos rehenes del lugar huyen espantados ante los disparos, incrédulo; bajo la mirada hasta  el suelo para ver cómo empieza a lloviznar escarlata de mi cuerpo y la levanto una vez más para posar mis ojos sobre ella y su cabellera rubia, la miro como esas tantas veces que ella me pidió que dejara de mirarla con tal intensidad. A veces la aborrezco tanto, casi tanto como la quiero y pienso que - en palabras de Sabines - antes de acabar odiándonos es mejor extrañar, debí marcharme después de una de esas noches, en la madrugada cuando aún estaba a tiempo, ¿de qué?, no lo sé, pero a tiempo.
Resbalo lentamente hasta sentarme en el suelo, la pared de la bóveda parece una pintura dadaista, algunos billetes vuelan aún por el aire mientras la pared se cubre de sangre a medida que yo me muevo, decorando los pintorescos cascos de pistola ya usados. 

Preciosa se dirige hacía mi e indiferente pasa por encima mío, levanta delicadamente un pie y luego el otro, no sé si para evitar pisarme o para no manchar sus zapatos. La adoro aún mientras veo su forma de caminar y  la detesto al sentir cómo escapa dejándome ahí moribundo.

Sí, la detesto en ocasiones, 
la detesto como quisiera besarla cada que la veo, pero odiarla nunca: odiar es un sentimiento que no me permito sentir, odiar es el contrario de amar y ¿cuál es el contrario a querer? ¿Cómo luchar contra el concepto puro e idealizado de alguien? pienso que incluso me odio más por quererla más que a la vida que ahora escapa e

Solo yo sé cuán especial era Preciosa para mí, cuando el mundo parecía derrumbarse, cuando no me interesaba hablar con nadie siempre podía encontrarla en algún lugar, siempre sabía cómo hacerme reír y prestaba atención a los más mínimos detalles, sin embargo siempre supo cómo jugar con mi mente y tomar palabras que nunca dije para ubicarlas en alguna oración, ahora sé que muchas de las cosas que creí eran para mí, no lo eran. Allá va mi última pizca de confianza.

 Levanto mi brazo derecho, mi mano se aferra con fuerza al mango de la pistola y disparo apuntando a esas curvas peligrosas, no sé si se trata de falta de precisión o si no me nace hacerle daño pero la bala rompe un cristal a lo lejos. Si quería demostrar que no soy una persona inmadura, he fallado totalmente.

Ante mi impulso, Preciosa regresa a mí, me mira en un plano cenital como quien intenta ver algo a través de un cristal sucio, la contemplo desde abajo, derrotado y con ese tono suyo de superioridad se inclina y susurra de forma inteligible a mi oído algo que solo entenderemos los dos, que nadie más podría comprender pero que termina por sumirme en el suelo, creo ver lágrimas corriendo por sus mejillas pero se levanta con rapidez antes de salir por la puerta principal del banco, ubica la última bolsa cargada de oro en la cajuela de ese Ford negro que robamos la noche pasada y en el que recorrimos la ciudad hasta el amanecer.

No es la primera vez que usa sus palabras como filosos cuchillo pero sospecho que esta será la última.

Detener la sangre es inútil, como alguien a punto de vomitar que mueve su bilis para aplazar lo inevitable, tinta de hierro emana a través de los orificios en mi pecho, en vano trato de hacer presión, al final solo dejo que fluya hasta que ya no quede nada adentro.

El banco ahora está vacío, como mis bolsillos, como el final de mi vida. Las sirenas de la Policía resuenan cada vez más cerca, me mantienen consciente y con el poco de energía que aún queda en mí , salgo a rastras de la bóveda y me recargo contra la puerta del banco, miro el cielo constantemente aguardando a que ángel o demonio regrese y las lagrimas brotan con facilidad, por esta y por todas las veces que quise llorar y no pude, es entonces cuando empiezo a dudar de todo menos de algo en particular y que la muerte no sea una excusa para decir que no sigo queriendo a Preciosa y que lo haré incluso después de morir

No quiero ir ni al cielo ni al infierno, deseo volver al lugar en el que alguna vez todo parecía tener más sentido. Nunca fui más vulnerable ni más lúcido, miro mis manos y las veo diferentes, ¿Dónde estuve todo este tiempo? ¿Qué hice mientras los demás vivían sus vidas? ¿Viví o fui un simple espectador?

El aire se vuelve más denso y difícil de respirar. Puedo sentir escalofríos en todo mi cuerpo, echo un último vistazo a la carretera, solo puedo ver el polvo que aún levanta el Ford a la distancia y con él, adentro todas mis ilusiones: su destino, otro banco donde aguarda probablemente otro pistolero como yo, otro sucio canalla que anhele a Preciosa tanto como anhela el oro, la diferencia es que, con gusto hubiera cedido cada moneda, cada lingote por disfrutar un día más junto a ella.

"Vaya con Dios my darling, vaya con Dios my love", canto el estribillo para mis adentros antes de cerrar los ojos.

Este último día perdí muchas cosas, tantas que la vida parece ser lo de menos.

Última declaración del bandido conocido como Perro Desgraciado.


jueves, 14 de junio de 2018

El espejo



"Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aún así, seguir con el heroísmo de continuar amando"


I ODIAR
Klaus recibió el último puñetazo de Luther como el roce de una almohada de plumas; cae de espaldas contra un bote de basura. A través de sus ojos casi cerrados por los cortes en sus párpados puede ver uno de sus dientes volar por los aires y mientras se derrumba  piensa en cómo ha ido a parar ahí, cómo el tipo al que tanto aborrece y desprecia le está dando una golpiza.

Conoció a Luther por allá en el 95, era un sujeto que a cualquier persona le caería bien, dos carreras profesionales, tocaba en una banda, era amable, dedicado, tenía su propio auto, un buen empleo y una novia que a cualquier hombre le gustaría tener. Sin embargo, para Klaus solo era otro gran gilipollas en la lista de personas que potencialmente consideraba gilipollas.

A decir verdad, el sujeto era un mal remedo de Ned Flanders, siempre sonriente, incapaz de percibir el sarcasmo incluso si este era para insultarlo. Hablaba para todos, en voz alta, cerciorándose que todos le oyeran incluso si se encontraban del otro lado de la habitación, Klaus no sabía que era peor, si escucharlo o reconocer que había gente que en realidad le admiraba.

No era extraño verlo cambiar cada cierto tiempo de corte de cabello, como una especie de celebridad, un dios falso con una manada de seguidores y fanáticos sin un criterio propio tras él. como la persona que se da autolike en sus redes sociales o como un mal comentarista deportivo.

Dios, como lo detestaba. No lo sabía con seguridad, quizá era cosa de él, incluso si compartían un punto de opinión, él siempre encontraba una forma de estar en desacuerdo. Dicho precepto cobró popularidad en su mente durante los últimos meses al pensar una máxima que afirma que se odia de los demás lo que no aceptamos en nosotros mismos.


II QUERER

Klaus caminaba con la vista perdida en el horizonte, - a su costado derecho - Hansel se movía con decisión mientras intentaba prender un cigarro y justo en el centro Gitta sumaba el valor de un par de monedas para luego meterlas en el bolsillo de su abrigo.

Eran un trío particular, Hansel era una caricatura de Danzig, el cantante de los Misfits, quizá era su forma de caminar ladeándose de un lado a otro más que su apariencia, de Klaus podría decirse que guardaba cierto parentesco con un Bruce Springsteen en sus años de juventud, mientras Gitta con su cabello negro y sus ojos de largas pestañas y cubiertos de sombras la transformaban en una versión actual de Joan Jett,  

Descendieron la empinada calle mientras el viento soplaba con fuerza, avanzaron unas cuadras más y se detuvieron frente a una gran puerta de roble, un discreto pub en cuya parte posterior se alzaba un gran anuncio: La Tortuga Escarlata. No roja, como la de Estudios Ghibli, ni bermellón, ni carmín, sino escarlata como una fusión entre vino tinto y sangre, como la sangre que Klaus derramaría en un par de horas.

-  Sigan la música - les dijo el hombre parado en la entrada después de recoger el dinero de los tres muchachos.

El espacio era angosto e ingresaron uno a la vez por un entramado de neón, de pronto la oscuridad fue total, confundidos, caminaron a ciegas como aquel que recién entra a una sala de cine y le cuesta acostumbrar sus ojos a la oscuridad, incapaces de distinguir sombras de siluetas eran guiados únicamente por el ruido de la música y la vibración del lugar que se concentraba en las paredes.

El lugar parecía ser un espacio estático en el tiempo, como uno de esos antros y oscuros sótanos de antaño de los cuales habían surgido  las grandes bandas del siglo pasado, era una simbiosis entre la Caverna de The Beatles, y el Country Bluegrass and Blues, lugar que acogió a los Ramones, The Police y a los Talking Heads,  academias que vieron graduarse a diferentes bandas a través de los años.

Divisaron la última mesa libre y mientras Hansel iba por tres cervezas, Gitta y Klaus se apoderaron de  dos butacas que aproximaron a la mesa en medio de la muchedumbre que se movía al ritmo de la música que tocaba la banda en el escenario, tan solo segundos más tarde Hansel volvía con las tres botellas entre sus corpulentas manos.

Bebieron por un momento en silencio, disfrutando de la música hasta que, en medio de la distorsión que salía de la guitarra, a través del vidrio ámbar de la cerveza que bebía, Klaus la pudo ver sentada en la barra del bar justo en frente del escenario donde la banda interpretaba una canción. Su nombre era Emma, pero por supuesto era algo que él ya sabía. Emma era la pareja de Luther.

III DESEAR

Había compartido junto a ellos alguna vez, meses atrás habían bebido un par de cervezas junto a una amiga de la pareja, en aquella ocasión Klaus intercambió un par de miradas con Emma frente al mismo Luther de forma sutil. Era Emma la que ahora intercambiaba miradas con Luther quien marcaba el tempo con su batería, cubría sus ojos con unas gafas de sol en medio de la sala que permanecía en penumbra, Luther hacía una especie de mueca cada cierto tiempo  que le concedía a su rostro una expresión cercana al retraso mental, sacudió su cabeza. ¡Qué gran cretino!, pensó Klaus.

Beben las cervezas y avanza el reloj, así se mueve la escena  de la autogestión, el rock and roll, el ruido, los tatuajes, las ilustraciones, Klaus ni siquiera sabía por qué había dado a parar en aquel lugar, solo había seguido la música y la sed de cerveza, Hansel se había levantado, quizá había salido a fumar o solo estaba por ahí, vagando, Gitta, ausente se encontraba en un estado de éxtasis que solo con la música se puede alcanzar, Klaus se levantó y avanzó, ahora estaba de pie a tan solo unos pasos de Emma, admirándola; la chica se percata de  su presencia y lo mira con gracia mientras se sonroja. 

Falda y medias largas negras, chaqueta de cuero, pelo largo y oscuro que se adapta al color de los reflectores y las luces de neón que iluminan el lugar, Klaus se acerca y ella lo saluda con familiaridad. 


- Parlez-vous français? Pregunta Klaus asombrado de romper el silencio de una forma tan improvisada, Emma asiente con la cabeza y Klaus pregunta extendiendo su mano - Voulez-vous dancer? la muchacha toma la mano del joven y le sigue mientras Luther los sigue con la mirada entre curiosidad y asombro.

Bailan por algunos minutos entre la muchedumbre que se mueve al ritmo de un cover de Stealers Wheel, se dicen un par de incoherencias,  Emma le sugiere que sabe algo mejor en francés y lo besa, Klaus puede saborear la cerveza en sus labios y no importa si esto es París, Bogotá o Berlín todo  gira a su alrededor,  a pesar de la oscuridad del lugar y lo intermitente de las luces, en torno suyo un remolino de colores da vueltas en su cabeza, siente su respiración, permanecen unidos durante algunos segundos, sintiendo la fatiga del otro. 

IV LUCHAR 

Klaus se separa antes de percatarse que a la distancia Luther, el baterista, el hombre al que todos admiran se levanta de su sitio y parte sus baquetas en dos, ¡Ah, también va al gimnasio! piensa Klaus antes de desaparecer entre la muchedumbre con la oscuridad de cómplice, se dirige hacia la salida cuyo paso está bloqueado por las personas que continúan llegando al toque, toma una cerveza de cualquier mesa vacía y da la espalda para verse reflejado a medias en una de las ventanas del lugar, sube la capucha de su chaqueta y oculto bajo esta puede ver una figura acercarse a través del reflejo, esto no es una coincidencia él y Luther estaban ahí por la misma razón, convocados por el mismo fin, no hay error.

La música se ha detenido y las personas guardan silencio atónitas, la figura lo toma del hombro y le asesta un puño en el pómulo, el licor amortigua el dolor y aún con esa pequeña sensación de victoria en sus labios, Klaus rompe la botella que sostiene en la cabeza del baterista, los cristales salen a volar al igual que pequeñas gotas de sangre que salpican  a todos lados.

Aquel gilipollas se tambalea pero a su vez se aferra con fuerza al hombro de Klaus, cabizbajo se queda inmóvil antes de empujarlo contra la puerta del lugar, el aire fresco entra por los pulmones de Klaus quien delira de risa y de dolor. 

V AMAR

Klaus se convierte en un costal de boxeo, ni siquiera intenta defenderse, recibe un golpe tras otro, mientras ríe y por entre sus dientes se escurre la sangre. ¡Al fin! ¡ Finalmente una reacción de parte de aquel gilipollas!

Las personas se agolpan a su alrededor, Emma se acerca para intervenir y Luther, el buen Luther la aparta de un sacudón, Gitta y Hansel también han llegado fruto de la conmoción, confundidos no reconocen a su amigo en medio de la pelea, quizá demasiado bebidos, quizá demasiado asombrados ninguno interviene.

Klaus los mira a lo lejos con el ojo por el que aún ve, sus gafas en el suelo y su miopía le impiden verlos con claridad, pero ahí estaban, día, tarde, noche y sintió una calidez en su pecho. Voltea para mirar a su contrincante que lo sostiene con fuerza de su camisa mientras asesta puños como si de grapar una hoja se tratara y en ese instante se supo reconocer a sí mismo en los puños de aquel hombre que le estaba dando una paliza.

Vio en él, en sus ojos el desprecio con que muchas veces había visto a Luther, sintió cada golpe que recibió, alimentándose de esa furia que él mismo había desencadenado, disfrutaba ver a Luther tambalearse con una herida en su cabeza y la sangre escurriendo por su cien, le bastaba con recordarle que seguía siendo mortal y vulnerable.

Eso era todo lo había ido a buscar aquella noche, infundir un poco de caos en la vida de las personas que parecían tenerlo todo bajo control, sonreía al ver la expresión de miedo y frustración de Emma a tan solo unos pasos y no reconocer a su querido baterista preso de la ira. Se obligaba a disfrutar la demencia con la que le era encajado cada golpe y el teñir de rojo la nieve con su sangre. Deseaba recibir un poco de amor por esa mujer incluso sabiendo que ella nunca lo querría, deseaba sentir  hostilidad de parte de su némesis incluso si era una cuestión pasajera y el poder sentir un poco de compasión de parte de Emma tras cada golpe recibido y un poco de rencor de parte de Luther lo hacía sentir mejor e incluso en medio de todo le hacía saberse vivo. ¡Qué gilipollas!.


martes, 17 de abril de 2018

Nostalgia en la espuma de un vaso de cerveza


Hay momentos en los que elijo quedarme solo, en esas horas cuando todos se desvanecen con el reloj.




Llueve. Es una noche blanca negra y roja, una noche como en la que murieron asesinados los padres de Batman, una de esas noches en las que Travis Bickles de Taxi Driver, - esa famosa película de Martin Scorsese - decide salir a patrullar, una de esas noches que he planeado y que nunca resultan como quiero. Me dirijo a tomar el bus cuando veo un rostro conocido entre la multitud, cambio de planes y prefiero seguir caminando quién sabe cuántos kilómetros antes que compartir un espacio por horas con alguien a quien no quiero ver. 

Vago por calles que conozco, cubierto de agua y me detengo frente a la puerta de una casa muy familiar, - del otro lado: vida- solo debo girar el picaporte, escucho voces del otro lado, me arrepiento y decido alejarme, elijo la muerte y doy media vuelta.

Hay algo que he tratado de comprender durante todo el día, una pieza que no encaja, una respuesta que busca abrirse un espacio en mi mente, taladrando mi corazón mientras a mi alrededor nadie parece darse cuenta que mientras más busco una resolución, más puedo sentir en el interior volverse añicos mis certezas.

Keith Richards solía decir que una vez aprendes los acordes básicos del blues, puedes decir lo que quieras mediante ese ritmo, - en tal orden de ideas - mi vida se había convertido en un blues mal contado, historias singulares al ritmo del olvido que atormenta y de acordes que me han desprovisto de todo sentimiento, repaso la lista de errores que he cometido a lo largo de mi vida, un blues con nombre de mujer, moribundo pero no lo suficiente como para impedir que me levante sediento de recuerdos y emociones.

Mis pasos resuenan sobre los charcos y percibo un aire de cine negro en el ambiente, las manos entre mis bolsillos, las solapas de la chaqueta levantadas  y un sombrero cubriendo mi cabellera, un Humphrey Bogart de pacotilla caminando entre la multitud,  un soundtrack de Cole Porter, Bing Crosby y Ray Charles.


 Avanzo lentamente al borde del andén mientras las calles se convierten en largas autopistas llenas de bruma donde lujosos convertibles y descapotados avanzan a gran velocidad, donde los hombres se transforman en gangsters y detectives mientras las mujeres ahora son femmes fatales, de esas que te rompen el corazón, que te desprecian y te sepultan en el olvido, junto a los escombros de otros tantos que las han intentado conquistar, sin lograrlo.

En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a  perder una oportunidad que no supo aprovechar, eso pienso mientras ingreso a uno de esos antiguos clubes de esos que ya no se ven donde la buena música y el alcohol forjan un escudo para gente taciturna y solitaria.

Amparado por las sombras de la clandestinidad, oculto mi mirada bajo el ala del sombrero, cruzo la estancia a toda velocidad, me ubico en una zona poco iluminada, la mesa más lejana de las demás, en la otra esquina, un grupo de motociclistas juega billar.

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Siempre habrán dos lugares en los que un hombre podrá refugiarse, una biblioteca y el interior de un vaso de cerveza,  pido una de esas mientras me acomodo para escuchar al dúo que se encuentra en la tarima, un hombre rasga la guitarra suavemente mientras él otro se contorsiona en medio de un increíble solo de armónica.



Diviso a un grupo de personas que charlan alegremente temas triviales, los conozco, me conocen, sin embargo no me han visto, es preferible así, es mejor pasar desapercibido.

Después de todo, las personas son simples oasis en medio de un interminable desierto, siempre imaginé la vida así, me recuerda los días de guerra, aquellos en que batallé en medio de alguna ciudad bombardeada, cada persona es tan solo otro simple soldado más por conocer y en cierta medida, a superar, al final aquellos compañeros de batallas terminan por desaparecer de una u otra forma, una pérdida más:   alguien que se quedaba atrás en un campamento, desangrándose a causa de sus heridas, para mí solo se trata de correr a través de una planicie o una calle desierta esquivando balas de todas las direcciones.


Aún puedo verme allí, corriendo rápidamente, luchando para que mis botas no se hundan en la arena, sosteniendo mi casco contra mi cabeza mientras me cubre el agua y el lodo.  Aquellas personas de la mesa más lejana, no eran más que eso, tristes espejismos de un pasado ya lejano, compañeros perdidos en acción, yo había sobrevivido y debía seguir adelante.



A lo mejor, para ellos era una sombra similar, alguien más que se había quedado atrás en el camino, la mayoría lo creía muerto, era un alivio qué pensaran así, ¿Para qué contar la misma historia una vez más?, todo ese protocolo de los reencuentros, las despedidas, los encuentros son simplemente aburridos.



Los veo desde el otro lado de la  habitación, mientras me llevo a los labios el vaso de cristal, las comisuras de mis labios se llenan de cerveza mientras siento como el líquido desciende por mi garganta, los observo, como si se tratase de una pantalla de televisión, cerca y lejos a la vez. Me gustaría creer que todo estará bien mientras me encuentre allí resguardado bebiendo, - pero no - el mundo sigue girando, tanto como si decido quedarme allí oculto o como si decido salir y enfrentar la realidad, de cualquier forma el resultado será un desastre.

Miro mi reloj, termino la cerveza y de pronto veo a uno de ellos levantarse de su asiento y surcar el club de un lado a otro. Ahí está: es hora.


Sé que debo ir tras él, un escalofrío recorre mi columna vertebral y me invade un escozor en la piel, una gota de sudor baja por mi frente, un pasar de saliva y luego, aquel molesto pitido en mis oídos. Puedo ver a las personas a mi alrededor, gesticular, hablar, pero yo solo veo sus labios moverse, no hay forma de que escuche lo que dicen, mis pies permanecen clavados al suelo, el malestar es general, no puedo evitar tensar mis músculos, otra vez ese horrible escalofrío, centímetro a centímetro del axis al coxis, como cuando se bosteza con la boca cerrada, como cuando el agua entra a tus oídos. Es una sensación extraña y desagradable, algo casi asesino, un deseo de tomar algo entre mis manos y destruirlo.
A mi alrededor la gente ya no habla, grita, - como granizo golpeando la ventana, constante y ruidoso - ladeo la cabeza y escucho mi clavícula tronar de un modo siniestro, veo en la palma de mis manos mis uñas clavadas y de repente la cinemática cambia.
Me veo a mí mismo desde arriba, rodeado de personas que no conozco y que por primera vez detesto, no conozco la razón, solo deseo silencio, dejo un par de billetes sobre la mesa y salgo del lugar tras esa figura que hace tan solo segundos paso frente a mí.

Es una de esas noches en las que me vuelvo a sentir como un niño, temeroso y lleno de miedos vuelve a extrañar aquellas cosas que han quedado en el pasado, las personas envejecen a su alrededor y sin darme cuenta yo también.
Camino por entre los postes y su luz mortecina, - fulgor en mi mirada - . Le sigo de lejos, el hombre se percata y aprieta el paso, me veo obligado a hacerlo también, me acerco cada vez más a mi objetivo, sus manos sospechosamente metidas entre la gabardina, no puedo evitar sentir que alguien también me sigue de cerca.
El hombre acelera, sus pasos son rápidos, casi lo alcanzo ¡solo un poco más!, una pistola descansa entre mis bolsillos, la aferro con fuerza, he quitado el seguro, listo para atacar al sujeto al que persigo por alguna extraña razón.

Los reyes no significan nada, en la calle de los sueños. Sueños partidos en dos pueden ser hechos de nuevo en la calle de los sueños. Oro, plata y oro. 



La calle, es más larga que nunca, desenfundo la pistola. En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a perder una oportunidad que no supo aprovechar repito en mi mente mientras poso mi mano sobre el hombro de aquel extraño y apunto.
Solo hasta que el silencio fue total y el fuego en mi mirada se apagó la respuesta surgió, asestándome una bofetada que me devolvió a la realidad, la que caía a pedazos, - o mejor - la que llovía sobre mí. En medio de aquella calle, con el agua corriendo por las canales desbordando las alcantarillas, lo comprendí todo.
El extraño voltea y justo cuando lo hace una mano se posa sobre mi propio hombro, volteo para ver el rostro del desconocido que se atreve a ponerme las manos encima, solo para ver mi rostro reflejado en el suyo y el suyo en el mío. El perseguidor que es el mismo perseguido, - como el terrorista que ve en su destrucción una obra de arte y en el caos una particular firma - un disparo resuena en el eco de la noche, el humo sale del cañón, disparo y al mismo tiempo soy atravesado por una bala idéntica a la que acabo de descargar.

Fue rápido, fue sutil, como la muerte del Principito, como un tiro de gracia, un segundo bastó para comprender que nunca fui el protagonista de la historia, sino un simple personaje más. No hubo alaridos ni gritos, solo una simple expresión de sorpresa, seguida de un pequeño "Ah", que resumió todo lo que podía sentir y decir en el momento. Una última exhalación, para luego caer de rodillas al suelo.

Con un hilillo de sangre deslizándose por la comisura de mi boca, con un último aliento bajo la mirada para ver mi pecho atravesado por aquel disparo pseudo-suicida. Poco a poco, el corazón, anteriormente cargado de adrenalina, comienza a reducir su velocidad, la sangre se acumula en el piso, hay tanta que ya puedo ver mi reflejo y el de las luces en esta.

Tan de la nada como había empezado todo, así había terminado, mi respiración se entrecortaba, sabía quién había sido la persona que me había atravesado el pecho, y sin embargo no quería voltear para confirmarlo. Ya era suficiente con saberlo.
Entonces a mi memoria acude el rostro de una mujer y el sabor del lúpulo de esa última cerveza mientras me preguntó si el mismo impulso que genera la felicidad para hacer las cosas, es el mismo estímulo que se recibe de la ira, porque esa fue la única sensación que me embargó en ese momento antes de dejar de respira, rabia con tantas cosas, cosas que debieron pasar de otra forma pero que no fueron, la realidad fue una fotografía mal revelada, como un recuerdo que creí nunca vivir, como una persona que nunca fui.


jueves, 1 de febrero de 2018

Cementerio de elefantes



"Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". E.S

Recordé la noche en que Leah me habló sobre la frase que vio en algún lugar, una frase de un autor cuyo nombre tampoco pudo recordar, tan poco la frase exacta pero me dijo que era algo similar a que se aprende a morir del caer de las hojas.

- Parece algo natural porque después de todo las hojas caen, pero el árbol sigue allí - me  dijo
- Que cambien las hojas más no las raíces - le respondí

Caminábamos a través de un sendero, los árboles, con follaje tupido y ramas que se entrelazaban a su alrededor impedían observar el cielo de aquella fría noche de diciembre. El viento soplaba con fuerza en dirección contraria a nosotros, podía ver el aliento helado que exhalaba Leah con su boca al hablar.

Antes de cruzar la calle Leah se detuvo y miró a su izquierda por donde en medio de la oscuridad se adivinaba lo que era el inicio de una empinada calle adornada por un colorido alumbrado navideño.

- Deberíamos tomar una fotografía - exclamó. Me quedé en silencio esperando a que sacara su cámara fotográfica, sin embargo ella seguía inmóvil, parada a un costado de la acera mirando fijamente la calle y su alumbrado, pasados unos segundos, Leah cerró los ojos, volteo a mirarme sonrió y continuó la marcha; pensé que había preferido no hacerlo así que la sigue como si nada hubiera pasado. En el momento no lo comprendí.

Caen las hojas amarillentas y marchitas, decididas ceden a la gravedad y se mecen en el aire para posarse sobre el suelo con suavidad y morir a los pies de su creador. Aprender a morir no es quizá lo más difícil, la muerte llega y con suerte no hay tiempo de asimilarla. Lo más difícil es continuar la existencia y fingir que la vida puede seguir igual a pesar de que las personas van muriendo, física o metafóricamente incluso si no es así. Leah lo sabía y murió aquella misma noche, dejando aquel peso en mis hombros.

Hay una especie de dolor placentero en visitar lugares que fueron y ya no son, pararse sobre la misma baldosa o el mismo pedazo de tierra, mirar hacia la misma dirección y pensar, aquí estuve yo hace tantos años, cuánto ha cambiado desde entonces, a esos lugares los llamo cementerios de elefantes.

La tienda de música que alguna vez brilló y que años después quebró y fue reemplazada por una tienda de marca más como tantas otras que ahora abundan en la ciudad,  la cancha de tenis o de fútbol donde se jugaba con los amigos del barrio, el colegio lleno de nuevas generaciones que ignoran toda la historia detrás de sus paredes o el grabado con bisturí que existe en algún pupitre con nuestra firma personal.

A veces no son los lugares los que duelen o se extrañan sino los momentos y las personas con las que se compartió en ese mismo espacio, las mismas canciones son espacios en sí mismas donde una vez es ligada una canción o un artista a cierta persona a pesar de que esta no lo sepa, le pertenecerá para siempre, al menos en nuestra construcción de un mundo.

Visité mi cementerio de elefantes, aquel mismo lugar en el que enterré a Leah y no pude evitar pensar en las veces que me había cruzado a alguien conocido en la calle, las veces en las que había saludado de lejos al eventual personaje, y las otras ocasiones en las que me había detenido lo suficiente para entablar una conversación, y por supuesto,  las numerosas ocasiones en las que había preferido bajar la mirada y ver el extraño comportamiento de mis pies al andar.


Cuando preferí ponerme los audífonos, subir el cuello de mi abrigo, ponerme la capota de mi chaqueta e inclinar la cabeza antes que saludar a aquella persona, todo con el fin de evitar un incómodo momento en que ninguno habría tenido nada que decir y que probablemente ninguna de las dos personas hubiera querido tener, en la mayoría de ocasiones lograba ver a las personas antes de que estas se percataran de mi presencia, eso o son realmente buenos fingiendo su aparente distracción y ensoñamiento, pensé que por más atento que se pueda ser en la calle, muchas personas habrán hecho conmigo lo mismo y habrían logrado esquivarme antes de que me percatara.

Hoy volví a pasar por aquella calle que Leah se detuvo a mirar esa noche. fue en ese momento que comprendí que Leah sí había tomado una fotografía, mejor aún ¡había capturado un momento!, se trataba de una imagen mental que había guardado para sí misma, no de la forma que lo habría hecho una fotografía ordinaria sino de la forma más subjetiva y personal de todas, una imagen que no solo permite capturar algo como el frío, la fuerza con la que el viento agita las ramas de los árboles o la tonalidad con la que las luces iluminan la calle, esta fotografía en sí misma también encerraba pensamientos y sensaciones únicas que nunca conocería otra persona.

Ahora ni siquiera es de noche, es una simple tarde de junio en la que los trabajadores pasan junto a mí, distraídos se atraviesan y me impiden capturar con claridad, hace calor, la ciudad es ensordecedora y Leah ya no me acompaña, cierro los ojos y lo único que puedo ver es una hoja caer  frente a mí. También debí tomar una fotografía.


martes, 4 de julio de 2017

Cometa



A un  Halley personal

2061. 

Expectante, el profesor miraba una y otra vez su viejo reloj de bolsillo, iba de un lado a otro de la habitación, casi como queriendo destruir las suelas de sus ya de por sí, desgastados zapatos.

El silencio de la noche únicamente era interrumpido por el rasgar de un lápiz en un pequeño cuaderno de apuntes: cálculos, periodo orbital, inclinación, teoría que en realidad se quedaba reducida a la fascinación de un hombre con la observación del firmamento. 

Sí, anotaba todo con un lápiz, a pesar de que la escritura análoga hubiera sido casi erradicada de la faz de la tierra, el viejo académico había crecido con el siglo, tal como decía esa canción de Piero hace tantos años atrás.

Todos dormían en aquella vieja ciudad, abandonados al sueño y la única luz que podría ver a lo lejos un turista inesperado sería la del observatorio donde el profesor aguardaba.

Su vigilia: patrocinada por los lápices, los cuales los conseguía en el mercado negro,  los cálculos y sus movimientos erráticos, en general, esto no representaba más que la obsesión de un hombre. 

El reloj marcaba entonces las 22:00 horas: había llegado el momento. Febril, pero decidido. agotado, pero alerta, avanzó con premura y subió lentamente los peldaños que lo conducían a su potente telescopio astronómico;  desde hacia algunos atrás, el profesor había aplazado su cita con la muerte con la única idea de ver este anochecer en particular,

Había decidido prolongar su existir con ese fútil propósito, un mero acto de voyerismo, posó su mirada sobre el cielo, contemplarlo era quizá uno de los pocos sucesos que podían disfrutar simultáneamente  dos personas incluso a kilómetros de distancia uno del otro.

Puntual, allí estaba, al principio pequeño, su imagen se hizo más grande con el paso de los segundos, un cometa brillante galopaba sobre el cielo, rodeado de estrellas que casi parecían rendirse a su paso, regresaba y con él los recuerdos.

Al viejo profesor lo invadió entonces una paz inusual, tal como esa primera vez 75 años atrás, como cuando vio por primera vez, no solo aquel mismo cometa, el satélite significaba nada comparado con  esa mirada que le robó el aliento, la primera vez que escuchó esa risa, esa voz que le susurraba al oído, aquella mujer sideral con la que contemplaba el amanecer y que lo había acompañado hasta el fin de sus días. 

Desde entonces, solo había decidido aguardar a que aquel coloso del espacio regresara, con la esperanza de, casi como un jinete, lograse domar a este satelite y poder dirigirse a aquel lugar desconocido donde su alma gemela aguardaba por él,

Mientras observaba hipnotizado dicho fenómeno, una última mirada le permitió vislumbrar una mezcla de hielos volátiles y polvo, los cuales atravesaron sus ojos a la distancia para seguir su rumbo, esta vez con un polizonte abordo que abandonaba la tierra en búsqueda de y de un nuevo viaje estelar. 

viernes, 28 de abril de 2017

Obturar

"Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre. No sé dónde nací. Lo primero que recuerdo es que estaba en un lugar umbrío y húmedo, donde me pasaba el día maullando sin parar. Fue en ese oscuro lugar donde por primera vez tuve ocasión de poner mis ojos sobre un espécimen de la raza humana". - Natsume Soseki


Me aseguraré de que no mueras, no quiero que mueras, y lo único que puedo hacer es dedicarte estas líneas, te regalo la inmortalidad sin que aún lo sepas, Seguirás con vida mientras sigas siendo parte de mis escritos y revivirás mientras estas palabras sean leídas por alguien más.

Hoy me encuentro frente a un camino bifurcado, ese mismo cruce de caminos en el que alguna vez Robert Johnson hizo un trato con el diablo y vendió su alma a cambio de aprender a tocar la guitarra con destreza; hoy vendería mi alma para pasar la vida junto a ti, pero esta ya es un alma fragmentada, que ha dejado parte de ella por donde va, hoy dejo otro pedazo de mi alma en este escrito y al evocarte me aseguro de tomar la decisión correcta y mientras tomo por el camino contrario, por la senda del blues, me voy tarareando esa canción de Elvis Presley... and it's just breaking my heart , cause she's not you. 

Pasarán los años y no cambiarás, no importa que suceda en el devenir de los tiempos, porque te plasmo tal como te recuerdo, justo como en el momento en que tomé esa fotografía, atesoro este encuadre, joven, con vida, con aquel vestido azul, y las mariposas, y las mariquitas, incluso las luciérnagas que creí ver, la forma de tu cabello y esa sonrisa tuya que tanto me gusta, el obturador hace su trabajo mientras agrego a mi memoria este pedazo de existencia, porque tal como hablábamos: no dimensionamos la felicidad de los momentos hasta muchos años después.

Me alejo y ya pienso en las noches que te evocaré en medio de remolinos de alcohol, preguntándome si en realidad existió alguien así o si tan solo fue un invento de mi fugaz corazón. Desde las sombras, absorto en otro de esos vacíos existenciales intentaré recordar la sensación que me invadía cuando caminaba junto a ti y no podré evitar preguntarme en dónde estarás, Me alejo y pienso que está bien hacerlo pues sé bien que tampoco te gustan los finales felices

martes, 18 de abril de 2017

Ebrio en la lluvia



El cielo es un toldo uniforme y grisáceo y la lluvia cae sin dar tregua, comenzó como el deslizar del tiempo en el interior de un reloj de arena, gota tras gota, ovaladas e inofensivas que caen como un avión en colisión, estrellándose contra el suelo en una sangrienta caída libre de moléculas que quedan esparcidas en asfalto dejando tras de sí ese olor particular a Petricor, el olor mismo de la vida que trae consigo la lluvia. 

La visión se dificulta y el torrencial ruido del agua al caer distorsiona los sentidos, en poco tiempo el cabello cubre su rostro, dificultando aún más la visión. Las luces de los semáforos se transforman en una especie de llamas líquidas que flotan con fuerza propia casi como derritiéndose.

Los transeúntes buscan protección y corren a refugiarse como si se tratara de una lluvia de meteoritos, mientras, los valientes, o más bien aquellos que no tienen nada que perder, se aventuran al exterior y como si se tratase de sumergirse en profundas aguas, se enfrentan al aguacero.

Se hace difícil ubicarse tras avanzar algunos metros, el agua sube, las gotas resbalan por las mejillas como si se tratase de lágrimas y avanzar entre charcos es como atravesar un campo minado, hay un punto en el que todo está tan mojado que ya no importa si se pisa un charco o si un auto salpica con con sus poderosos neumáticos a los miserables que permanecen bajo el agua, ya no importa al fin y al cabo es simple agua. 

Los charcos se unen y las calles se convierten en afluentes tormentosos, los zapatos surcan el asfalto y se puede sentir el agua penetrar la suela y enviar una descarga nerviosa de un hielo atravezando  la piel. 


Lo cierto es que nunca antes el mundo había sido tan suyo, tan libre, son pocos en las calles y se puede correr, gritar, saltar, maldecir, nadie va a hacer nada, únicamente mirar desde lo seco y cálido de sus ventanas, correr no equivale a negarse menos. 

Debes llegar a tu destino y nada lo impedirá, el cielo comienza a iluminarse con los relámpagos que anteceden al trueno, la ropa pesa pero nada puede detener a un vagabundo que como un capitán ebrio  y soberbio de euforia y alcohol, se aferra a las amarras de su embarcación con una mano mientras con la otra sostiene una botella de ron a medio terminar.


¿Es esta la furia de Dios? Creo que puede hacer algo mejor, porque no pienso detenerme. Una afronta irreverente. 

viernes, 17 de febrero de 2017

Un hombre sin fe


"Puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión". Ernesto Sábato

Siento un pequeño cosquilleo en el ápice de mi dedo índice, un insecto desciende por las yemas de mis dedos, dirigiéndose  a la palma de mi mano, lo que para mí es una pulgada, para el pequeño invertebrado la distancia del punto A al punto B es una distancia kilométrica, dejo que recorra mi mano mientras lo observo: así que así se debe sentir Dios, observar desde un plano cenital lo simple que es un vida, inferior, indefenso, sumiso si se quiere, incluso ignorando que es observado por alguien que podría finalizar con su vida en cuestión de segundos con un simple mover de un dedo.

Camino mientras el pequeño insecto recorre mi cuerpo, el sopor cae sobre mí como el el sol cae tras los edificios, no quiero ir a casa, desorientado, paradójicamente termino frente a una iglesia, esa que critico cada que puedo, esa misma en la que dejé de creer hace mucho. Casi como si Don Quijote de la Mancha se parara frente a un molino de viento y en lugar de embestirlo con su lanza se detuviera a admirar la belleza de sus aspas, así pues ingresó a mi molino personal, hipócrita  y descarado.

Se viene a mi mente una frase en particular de una conversación pasada:

- No pierdas la fe.

En aquel momento guardé silencio, porque no tengo fe que perder, soy un hombre sin fe, y a pesar de eso le muestro al mundo mi mejor rostro, el mundo te puede tener agarrado del cuello mientras tus pies se sacuden y tu cabeza suplica por oxígeno, pero tú seguirás allí, sonriéndole al maldito bastardo , un hombre sin fe, pero con esperanza ¿Eso cuenta?.

Cruzo el umbral de la casa de Dios. A pesar de mi posición incrédula,  las iglesias siempre me han parecido lugares atractivos  claro que esta vez hablo de las iglesias desde un punto de vista arquitectónico, no teológico, son atemporales, silenciosas  y son uno de los pocos lugares que en la actualidad en la que aún existe un ámbito de respeto

Los confesionarios siempre me han parecido invenciones curiosas, no puedo evitar pensar en una línea caliente, a fin de cuentas, tras un confesionario se oculta una voz desconocida que aguarda al otro lado, preparada para escuchar nuestros más oscuros secretos, tal como lo haría una operadora erótica en el primer caso. 

El sacerdote aguarda en su cubículo, mira su celular, no sé qué clase de páginas pueda seguir un sacerdote, cada pensamiento que cruza por mi mente me hace menos merecedor de estar pisando un lugar sagrado para muchos, me arrodillo y aguardo a que el sacerdote se percate de mi presencia y dé el banderazo de salida.

Han pasado 13 años desde mi primera y última confesión, la lista de pecados y faltas debe exceder el crédito celestial que adquirí cuando fui bautizado, intento pensar en mis pecados, en todas las veces que he sido un blasfemo, tal como lo soy ahora al momento de escribir estas líneas, intento recordar cada una de mis fallas...nada.

El sacerdote aguarda por mi confesión así que opto por revelarle mi alejamiento de la religión, le hablo de mis dificultades, de una forma superficial, casi como si no fuera mi problema, cuando en realidad quisiera soltarlo todo, mis miedos, mis frustraciones, mis inseguridades, mis demonios, mis fracasos, eso sí sería una auténtica confesión, me quedo en silencio y aguardo a que el sacerdote me responda, su acento lo delata, es probablemente belga o francés, tiene cierta dificultad en encontrar las palabras que busca para transmitir lo que quiere decir, sin embargo lo logra....

Sus palabras finales son cortantes pero directas..."con la mucha o poca fe que le quede....", el resto de la frase se hunde en mi mente, me atraviesa como un cuchillo frío entre mis entrañas, mientras agradezco al religioso por su atención y me levanto.

La penitencia es sencilla, pero antes de cumplirla hay algo más que debo hacer, doy un par de pasos, poso mi mano sobre una banca y con la delicadeza que una madre pone a un bebé en su cuna  dejo que el pequeño insecto que me ha acompañado todo el camino se deslice hasta que deja mi mano y pueda seguir con su rumbo, este comienza a caminar sobre la madera y lo veo alejarse poco a poco, pero antes de que pueda avanzar lo suficiente otra persona aparece y propina un manotazo sobre la banca antes de sentarse, aplastando al pequeño insecto y con él a  mi renovada fe. 

Al final siempre es algo más lo que te destruye.



jueves, 12 de enero de 2017

Nieve


Y entra el amor, flaco y mojao, como una raspa de pescao, como un beso puesto al trasluz, y de su mano llegas tú, con tu pelo como el betún, como un piropo bien tirao

Nuestros pies se mezclaron bajo las sábanas, como tentáculos rasgando las profundidades del océano,  mi corazón late como un metrónomo, tez de nieve, nariz de zanahoria, perfilada, labios cereza, una bufanda cubre su delicado cuello, fría, haces a un lado su cabello el cual deja al descubierto tu garganta, me siento como Nosferatu, como Bram Stoker mientras escribe Drácula, sedientos de besos, de tinta y de sangre.

A lo lejos suena 'Modern Love' de Bowie pero en realidad parece tan lejano, porque lo único que escucho en realidad es su voz susurrar a mi oído, sabe todo acerca de mí y yo sé todo acerca de ella, mujer del rock and roll, mujer psicodélica, mujer Arcade, escarcha derritiéndose en mis brazos. 

Sigo ausente, apenas si me doy cuenta que su silueta se hace cada vez más imperceptible, su voz pasa a ser  pequeño murmullo que se reduce hasta desvanecerse y una vez más ella desaparece en medio de la oscuridad, todo queda en silencio, Björk ha reemplazado a David Bowie y entre música de Hendrix, Morrison Amy y Bon Scott intento ponerme de pie pero permanezco boca arriba, tumbado en la cama, buscando la forma de regresar a la realidad.

Veo borroso, no sé si es el alcohol que circula por mi organismo y engaña a mis sentidos o si es la luz del día que me enceguece con su fulgor desde que he sido abrigado por las alas del insomnio y el ocaso, pero cuando salgo a las calles, veo borroso y al verte, veo doble, en las aceras, en las paradas de autobús, en los semáforos y es tu ausencia que se ha hecho tan real que ahora yo soy la sombra y tú, de carne y hueso, aguardas por mi llegada,  me atormentas, me sigues de cerca, robándome la existencia. Lo único peor que enamorase de una mujer cuyos ojos no te ven, es enamorarse de una mujer que ya está con alguien más, ambos escenarios, que a fin de cuentas vienen a ser lo mismo son catastróficos y dignos de convertirlos en poesía.


miércoles, 28 de diciembre de 2016

Vejez

"No te preocupes por los rechazos. Llevo 25 cigarrillos esta noche y cerveza ni te digo. El teléfono sólo ha sonado una vez: número equivocado” - Charles Bukowski

30 tabletas de Nifedipino
30 tabletas de Atorvastatina
60 tabletas de Losartan
30 tabletas de Hidroclorotiazida

Esta es la lista de medicamentos que me permiten seguir con vida, la Nifedipina, la Hidrocloroatiazida y el Losartan mantienen mi presión arterial estables, la Atorsvastatina disminuye mis niveles de colesterol y previene la posibilidad de un infarto, un cúmulo de medicamentos que se aseguran de apartar a la parca de mi puerta, postergando la inevitable.

Arrojo las pastillas a través de la primera alcantarilla que veo, mientras paso al frente de un hogar geriátrico, del otro lado de la verja miradas tristes y con cataratas me ven deshacerme del último medicamento,  asombrados, se aferran a la vida con más de aquellos mismos medicamentos, sus cuerpos sin fuerza, respaldados por sillas de ruedas y caminadoras, añoran la libertad que yo aún poseo, añoran volver a su juventud, salir a bailar, frecuentar el billar, vagar por las calles y caminar por la ciudad, la misma ciudad que se encargó de darles la espalda y confinarlos al olvido los últimos años de vida. En realidad, nunca quise vivir tanto, supongo que no fui lo suficientemente valiente o cobarde para halar del gatillo o arrojarme de algún rascacielos, un sobreviviente a fin de cuentas.

Al salir esta mañana el vinilo de Sidney Bechet giraba en el tocadiscos, "Petite Fleur", al salir dejo tras de mí la puerta abierta, no pienso regresar.  ¿Por qué el mundo es tan triste? le escucho decir a una joven mientras camino - cariño, la soledad pasó de ser un sentimiento a ser una epidemia, el mundo gira por inercia y ya nada es suficiente. A veces me cuesta salir de la cama y verle la cara al mundo, un mundo que ha dejado atrás su humanidad y deja ver su lado más hipócrita, gira cada vez más rápido mientras yo parezco volverme más lento.

Camino entre las tumbas y repaso una lista de mis amigos y conocidos, tacho nombre tras nombre, víctimas de sus propios vicios y demonios, cerraron sus ojos para no volverlos a abrir, sorprendidos por la muerte en la flor de sus vidas, en la cumbre de su éxito, o en el hedor de sus fracasos, al final todos terminan por sucumbir ante la fuerza imparable de este mundo  y ante aquel dispendioso peaje que te cobra la vida cada cierto tiempo, exigiendo tu cordura, tu tiempo y tu corazón, como tributo para seguir a flote en esta letrina que te recuerda que al final todo es temporal, nada permanece.

Las calles se han vuelto más largas, el suelo se siente frágil bajo mis pies y el frío equilibrio de mi bastón, ya no puedo seguir el paso, igual que nunca pude seguir el paso del sistema, del establishment, apatrida, incomprendido por la sociedad, marginado e incomprendido, me relegué al anonimato. Solía pensar que rendirse era un sinónimo de debilidad, que no debía dar el brazo a torcer, sin importar las probabilidades, debía mantener la cabeza erguida, no agacharla y luchar por un propósito, no por orgullo, ni por esa obstinación que conozco tan bien, con el tiempo comprendes que a veces es mejor hacerse a un lado, evitar las vías del tren. No está mal hacerse a un lado, hay gente que no necesita ser salvada.

Hay viene mi locomotora....

sábado, 19 de noviembre de 2016

Lo relativo del tiempo en un contacto visual



Tarde. como siempre, corre a través de la avenida, sus latidos se mezclan con la batería de Philthy Animal en"Overkill" de Motörhead, es la canción perfecta para la situación, se detiene frente al semáforo, cinco minutos, una nueva marca.


Aceptó la invitación para no quedarse tendido en su cama viendo el techo el resto de la tarde, después de todo, nunca se sabe lo que se encontrará a la vuelta de la esquina, en efecto, un nuevo hallazgo, tiende su mano y se presentan, ella lo miro extraño, como si fuera raro saludar educadamente en el siglo XXI, caminan, las pelirojas tienen un encanto especial, y esa camisa a cuadros le dan un toque grunge que sin quererlo llama su atención, sin saberlo, graciosa, provocativa, un halo de atracción que emana su rostro, reta su inteligencia.


No la conoce y sin embargo visita su casa por primera vez, ella le pide que tome asiento, ¿Qué es esto? ¿Norwegian Wood?. Chiste va, chiste viene, así es como comienza todo, oculta su rostro tras una cartulina y únicamente puede ver sus labios, le enseña algunos de sus dibujos, es una artista, un alma libre, se voltea y pide su sugerencia, sus ojos se encuentran, al fondo suena "The Scientist",  el efecto Coldplay piensa él mientras sigue con sus ojos los de ella, ninguno apartó la vista.


¿Cómo se supone que se sabe cuando se hace 'click' con alguien? ¿Qué clase de señal hay?   Ni siquiera sabe su edad y a duras penas recuerda su nombre, así de relativo es el tiempo, pensaría Benedetti, pero mientras sus ojos siguen inamovibles, ya se están creando infinitas realidades en otros universos donde él y ella.... las posibilidades son infinitas y de todas las realidades, esta fue la que se vio interrumpida por el timbre en la puerta.

Ella abre la puerta y un hombre ingresa, se besan, ¿Qué hace con este idiota?, es hora de marcharse, abre la puerta y el frío lo golpea como una onda expansiva, acompañada de soledad, se acomoda el casco y viaja en su moto,  no ve nada a su alrededor, las luces navideñas se confunden con la música de Cafetacvba y Spinetta, una mezcla nada recomendable. Sí, las pelirojas, atractivas y peligrosas, y él, tarde, como siempre.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Nubes, ballenas y jazz



Comenzó como comienza todo en la vida, un paso al frente seguido de otro, huyendo del asfalto, el smoke de los autobuses y el estruendo de las calles, un errante busca un escape en las cálidas notas musicales de una tarde cualquiera. 

La fila se extiende algunos metros, justo atrás mío en la hilera, reconozco a un antiguo profesor.
- ¿Cómo es posible que seamos dos personas viniendo solas? - me espeta mientras acomoda sus gafas de sol. 


Su pregunta queda en el aire, después de todo el jazz es para los solitarios, la fila avanza, mi maestro siempre me cayó bien, jamás entendí realmente su clase, o al menos su utilidad, pero nunca importó en realidad, avanzamos un par de pasos hasta que él decide marcharse, usa una excusa simple, la misma que yo hubiera usado, nos despedimos, lo comprendo perfectamente, su plan no era encontrarme, mi plan no era encontrarlo, ambos queríamos estar solos, lo veo alejarse mientras sigo mi rumbo. 


Camino un poco más, a lo lejos una especie de teclado suena, me recuerda al "Riders on The Storm" de The Doors, muy a lo Ray Manzarek. Me detengo y me recuesto sobre el pasto a mirar el cielo, buscando formas a las nubes,  la música se mezcla con el firmamento, una nube de apariencia irregular parece fusionarse con todas las que lo rodean,  sin embargo, entre todo aquel caos de cúmulos y gotas de agua sobre polvo atmosférico logro divisar una con forma de ballena, el mundo podría seguir girando, pero al menos esta vez lo haría al ritmo de las olas. Ahora, he convertido de este lugar en mi Atlantida personal, aquí el tiempo transcurre de forma diferente,  un lugar que escapa a la historia, contemporáneo a la biblioteca de Alejandría, al Coloso de Rodas y los jardines colgantes de Babilonia.


Y entonces, me sumerjo. desciendo y poco a poco el aguamarina se torna oscuro, En las tardes, al caer el sol, este se filtra en el agua y se posa sobre los corales dibujando un paisaje colorido, casi como ver juegos pirotécnicos bajo el agua. Mientras tanto, sobre mi cabeza, al menos una docena de leones marinos nadan ágilmente mientras me rodean de forma juguetona. pronto me veo envuelto en una especie de ciclón pacífico, curiosos, se acercan, hasta que pierden su interés y regresan a la superficie.


El movimiento de las algas camufla aquel refugio submarino, mi Nautilus personal, encallado en el fondo del océano, giro la escotilla y desaparezco. La paz es total y el silencio ensordecedor.

En las noches disfruto de las sinfonías de las ballenas, es un canto misterioso y lejano como de un mundo onírico, como si se tratase de atravesar una especie de portal, es un sonido siniestro y hermoso a la vez que hipnotiza a quien lo escucha, puedo sentir la energía de las vibraciones disiparse rápidamente y atenuarse con la distancia, propagándose a una gran velocidad que recorre el océano esperando una respuesta.

Siento un nudo en el estomago cada que las escucho cantar, quiero responder al llamado y observo la escafandra que reposa expectante sobre la mesa, mirándome fijamente y mientras las ballenas cantan, siento al abismo submarino posar su mirada sobre mí y puedo sentir al terror petrificándome, es una poesía letal. Regreso a la superficie, el olor a marihuana invade el lugar y entonces la recuerdo y solo deseo que ella esté aquí.

Y yo no sé si al fondo está sonando 'Constellation' de Charlie Parker o si las ballenas siguen lamentándose pero desde aquí todos se ven tan lejanos - como una odisea espacial protagonizada por Jacques Costeau  - que ya no distingo si este es el océano o es el cielo que contemplaba al iniciar esta narración.

En todo caso, el oxígeno se agota.
"

martes, 16 de agosto de 2016

Fugaces y efímeras

Se abrieron las puertas del ascensor y en esa milésima de segundo se vino a su mente esa escena final de The Departed en la que de un inesperado disparo en la cabeza, Leonardo DiCaprio muere abatido, fugaces y efímeras, así debían llegar las cosas , era inevitable, cada que subía a un elevador esa escena venía a él, no como un mal augurio ni nada por el estilo, tan solo un simple reflejo de la retina cinéfila.

Se abrieron las puertas del ascensor, como de costumbre, acompañadas de aquel recurrente recuerdo, sin embargo esta vez fue diferente, sin saberlo recibió un certero impacto en su pecho, un proyectil que lo atravesó de lado a lado, fugaz, efímera, tan inesperada como el tiro que asesina a DiCaprio: una mujer y su fulminante sonrisa.

viernes, 27 de mayo de 2016

La Biblioteca



Un cuento pendiente del ejercicio de Ray Bradbury 


Es raro, cuando nuestra mente habla, no tiene una voz en particular, no la escuchamos diferente, sin embargo si tiene una personalidad peculiar, y sin embargo a la mente obedecen voces diferentes, como los fragmentos de un alma o un espíritu, Nunca lo he comprendido bien, algunos afirman que se trata de ese tipo de cosas etéreas van en el corazón, allá donde una pequeña chispa permite que saquemos de la nada la energía suficiente para hacer lo que debemos o tenemos que hacer cada día, como una especie de invención que funciona impulsada por alguna de las fuerzas de la naturaleza o de la ciencia, magnetismo, gravedad, inercia, velocidad, que sé yo,

Yo sospecho que se trata de una biblioteca custodiada por diferentes seres etéreos que van de aquí allá, es una biblioteca mental, como el lugar donde archivas los rostros de las personas, la música que escuchas o las películas que has visto. 

Nos llamo "Nosotros" porque a pesar de ser diferentes convivimos en un mismo plano, hasta donde sé somos cinco, contándome, son muy similares a lo que sería una buena definición de una Liga de los Hombres Extraordinarios de Alan Moore, son un grupo disparejo que en cierta forma ha logrado convivir.

Primero tenemos a El Gris, es un ser proveniente de un astro lejano, tiene extrañas costumbres, taciturno y usualmente inmerso en sus propios pensamientos, fantaseando con todas aquellas galaxias y tierras que visitó, al punto de la alucinación, sueña despierto, lo veo en sus enormes pupilas inexpresivas, no suele ser muy sociable, así que pocas veces comparte su opinión, a pesar de su inteligencia, superior, hasta donde sé quedó atascado aquí, en este planeta, condenado a una coexistencia con la raza humana, la cual realmente detesta, tengo la teoría de que ve la realidad de una forma distinta, como si existiera en diferentes planos, nunca he logrado entenderlo, pero su compañía es agradable, 


Después tenemos a El Piloto, un veterano de alguna guerra que combatió desde los aires, recorriendo los cielos luchando contra fuerzas enemigas, su nave aterrizó en este tierra de nadie, o bueno casi nadie, y desde entonces se dedicó a pasear entre los pasillos de la biblioteca, en ella encontró la paz que buscaba después de tantos años de guerra, a pesar de eso es un hombre con alas, de esos que no soportan quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo, un trotamundos, aventurero, valiente, sus historias son las que escucharías alrededor de una fogata y no te cansarías de hacerlo, son tan interesantes que no sabes en que punto se desvían de la realidad, sin embargo es un hombre que vive atrapado en el pasado, inmerso en sus fotos sepia y la música de hace décadas, es quizá el más experimentado y sabio de todos, sé que espera un buen momento para irse, así que una mañana seguramente despertará y ya no estará, volverá, pero después de muchos años.

Por otro lado tenemos a La Bestia, el Jekill de mi Mr Hyde, aunque comparte su gusto por la soledad y la misantropía de El Gris, a diferencia de los demás, él no puede recorrer con libertad la biblioteca, esta especie de animal aguarda en el interior de una jaula cardíaca con improvisados barrotes de venas y arterias, esperando a que lo dejen salir, lo cual hace en ocasiones, pero usualmente se pasea de a un lado a otro, caminando sobre sus cuatro patas, con movimientos cautos, lentos y firmes, fisgoneando, con las orejas en alto, atento a cualquier movimiento y la nariz, en el aire, agresivo, calculador, impredecible, y sin embargo el más leal de todos, desde la oscuridad perenne , solo veo sus ojos, ¿Es un oso? ¿Es un perro? ¿Es un leopardo? ¿Es un lobo? ¿Qué clase de animal aguarda tras las rejas,

Son diferentes, con sus defectos y virtudes, pero hay algo que los une, son seres solitarios, y sin embargo lo suficientemente fuertes para apoderarse de mi mente, de mi cerebro, de mi cuerpo, de dotarme de fuerza, de volverme vulnerable, de hacer de mí más o menos, todo desde aquí, Esta es la biblioteca, con interminables pasillos con estanterías que llegan hasta el cielo como si se tratasen de rascacielos, los tres recorren el lugar, abriendo y cerrando los libros de la vida, solo ellos tienen acceso a aquellos tomos de sabiduría,

Su presencia se hace fuerte con el pasar de los años, se arraiga, como trazar una canal en un terreno a punto de cultivar, es entonces cuando finalmente tenemos acceso a La biblioteca , como una especie de paradoja, como aquella imagen en la que una mano se dibuja así misma. 

Solo sé que he sigo sus instintos toda la vida, y que me han protegido y enseñado desde su cautiverio y que desde el cautiverio han accedido a acompañarme y guiarme hasta que aquella vieja biblioteca se derrumbe, y decidan arrancar la última página de mi libro para que al fin, tras años de espera, sean libres de recorrer el mundo y desaparecer en el infinito.