martes, 17 de abril de 2018

Nostalgia en la espuma de un vaso de cerveza


Hay momentos en los que elijo quedarme solo, en esas horas cuando todos se desvanecen con el reloj.




Llueve. Es una noche blanca negra y roja, una noche como en la que murieron asesinados los padres de Batman, una de esas noches en las que Travis Bickles de Taxi Driver, - esa famosa película de Martin Scorsese - decide salir a patrullar, una de esas noches que he planeado y que nunca resultan como quiero. Me dirijo a tomar el bus cuando veo un rostro conocido entre la multitud, cambio de planes y prefiero seguir caminando quién sabe cuántos kilómetros antes que compartir un espacio por horas con alguien a quien no quiero ver. 

Vago por calles que conozco, cubierto de agua y me detengo frente a la puerta de una casa muy familiar, - del otro lado: vida- solo debo girar el picaporte, escucho voces del otro lado, me arrepiento y decido alejarme, elijo la muerte y doy media vuelta.

Hay algo que he tratado de comprender durante todo el día, una pieza que no encaja, una respuesta que busca abrirse un espacio en mi mente, taladrando mi corazón mientras a mi alrededor nadie parece darse cuenta que mientras más busco una resolución, más puedo sentir en el interior volverse añicos mis certezas.

Keith Richards solía decir que una vez aprendes los acordes básicos del blues, puedes decir lo que quieras mediante ese ritmo, - en tal orden de ideas - mi vida se había convertido en un blues mal contado, historias singulares al ritmo del olvido que atormenta y de acordes que me han desprovisto de todo sentimiento, repaso la lista de errores que he cometido a lo largo de mi vida, un blues con nombre de mujer, moribundo pero no lo suficiente como para impedir que me levante sediento de recuerdos y emociones.

Mis pasos resuenan sobre los charcos y percibo un aire de cine negro en el ambiente, las manos entre mis bolsillos, las solapas de la chaqueta levantadas  y un sombrero cubriendo mi cabellera, un Humphrey Bogart de pacotilla caminando entre la multitud,  un soundtrack de Cole Porter, Bing Crosby y Ray Charles.


 Avanzo lentamente al borde del andén mientras las calles se convierten en largas autopistas llenas de bruma donde lujosos convertibles y descapotados avanzan a gran velocidad, donde los hombres se transforman en gangsters y detectives mientras las mujeres ahora son femmes fatales, de esas que te rompen el corazón, que te desprecian y te sepultan en el olvido, junto a los escombros de otros tantos que las han intentado conquistar, sin lograrlo.

En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a  perder una oportunidad que no supo aprovechar, eso pienso mientras ingreso a uno de esos antiguos clubes de esos que ya no se ven donde la buena música y el alcohol forjan un escudo para gente taciturna y solitaria.

Amparado por las sombras de la clandestinidad, oculto mi mirada bajo el ala del sombrero, cruzo la estancia a toda velocidad, me ubico en una zona poco iluminada, la mesa más lejana de las demás, en la otra esquina, un grupo de motociclistas juega billar.

humph2
Siempre habrán dos lugares en los que un hombre podrá refugiarse, una biblioteca y el interior de un vaso de cerveza,  pido una de esas mientras me acomodo para escuchar al dúo que se encuentra en la tarima, un hombre rasga la guitarra suavemente mientras él otro se contorsiona en medio de un increíble solo de armónica.



Diviso a un grupo de personas que charlan alegremente temas triviales, los conozco, me conocen, sin embargo no me han visto, es preferible así, es mejor pasar desapercibido.

Después de todo, las personas son simples oasis en medio de un interminable desierto, siempre imaginé la vida así, me recuerda los días de guerra, aquellos en que batallé en medio de alguna ciudad bombardeada, cada persona es tan solo otro simple soldado más por conocer y en cierta medida, a superar, al final aquellos compañeros de batallas terminan por desaparecer de una u otra forma, una pérdida más:   alguien que se quedaba atrás en un campamento, desangrándose a causa de sus heridas, para mí solo se trata de correr a través de una planicie o una calle desierta esquivando balas de todas las direcciones.


Aún puedo verme allí, corriendo rápidamente, luchando para que mis botas no se hundan en la arena, sosteniendo mi casco contra mi cabeza mientras me cubre el agua y el lodo.  Aquellas personas de la mesa más lejana, no eran más que eso, tristes espejismos de un pasado ya lejano, compañeros perdidos en acción, yo había sobrevivido y debía seguir adelante.



A lo mejor, para ellos era una sombra similar, alguien más que se había quedado atrás en el camino, la mayoría lo creía muerto, era un alivio qué pensaran así, ¿Para qué contar la misma historia una vez más?, todo ese protocolo de los reencuentros, las despedidas, los encuentros son simplemente aburridos.



Los veo desde el otro lado de la  habitación, mientras me llevo a los labios el vaso de cristal, las comisuras de mis labios se llenan de cerveza mientras siento como el líquido desciende por mi garganta, los observo, como si se tratase de una pantalla de televisión, cerca y lejos a la vez. Me gustaría creer que todo estará bien mientras me encuentre allí resguardado bebiendo, - pero no - el mundo sigue girando, tanto como si decido quedarme allí oculto o como si decido salir y enfrentar la realidad, de cualquier forma el resultado será un desastre.

Miro mi reloj, termino la cerveza y de pronto veo a uno de ellos levantarse de su asiento y surcar el club de un lado a otro. Ahí está: es hora.


Sé que debo ir tras él, un escalofrío recorre mi columna vertebral y me invade un escozor en la piel, una gota de sudor baja por mi frente, un pasar de saliva y luego, aquel molesto pitido en mis oídos. Puedo ver a las personas a mi alrededor, gesticular, hablar, pero yo solo veo sus labios moverse, no hay forma de que escuche lo que dicen, mis pies permanecen clavados al suelo, el malestar es general, no puedo evitar tensar mis músculos, otra vez ese horrible escalofrío, centímetro a centímetro del axis al coxis, como cuando se bosteza con la boca cerrada, como cuando el agua entra a tus oídos. Es una sensación extraña y desagradable, algo casi asesino, un deseo de tomar algo entre mis manos y destruirlo.
A mi alrededor la gente ya no habla, grita, - como granizo golpeando la ventana, constante y ruidoso - ladeo la cabeza y escucho mi clavícula tronar de un modo siniestro, veo en la palma de mis manos mis uñas clavadas y de repente la cinemática cambia.
Me veo a mí mismo desde arriba, rodeado de personas que no conozco y que por primera vez detesto, no conozco la razón, solo deseo silencio, dejo un par de billetes sobre la mesa y salgo del lugar tras esa figura que hace tan solo segundos paso frente a mí.

Es una de esas noches en las que me vuelvo a sentir como un niño, temeroso y lleno de miedos vuelve a extrañar aquellas cosas que han quedado en el pasado, las personas envejecen a su alrededor y sin darme cuenta yo también.
Camino por entre los postes y su luz mortecina, - fulgor en mi mirada - . Le sigo de lejos, el hombre se percata y aprieta el paso, me veo obligado a hacerlo también, me acerco cada vez más a mi objetivo, sus manos sospechosamente metidas entre la gabardina, no puedo evitar sentir que alguien también me sigue de cerca.
El hombre acelera, sus pasos son rápidos, casi lo alcanzo ¡solo un poco más!, una pistola descansa entre mis bolsillos, la aferro con fuerza, he quitado el seguro, listo para atacar al sujeto al que persigo por alguna extraña razón.

Los reyes no significan nada, en la calle de los sueños. Sueños partidos en dos pueden ser hechos de nuevo en la calle de los sueños. Oro, plata y oro. 



La calle, es más larga que nunca, desenfundo la pistola. En ocasiones, son los actos de valentía los que definen a una persona, los que lo llevan a arriesgarse o a perder una oportunidad que no supo aprovechar repito en mi mente mientras poso mi mano sobre el hombro de aquel extraño y apunto.
Solo hasta que el silencio fue total y el fuego en mi mirada se apagó la respuesta surgió, asestándome una bofetada que me devolvió a la realidad, la que caía a pedazos, - o mejor - la que llovía sobre mí. En medio de aquella calle, con el agua corriendo por las canales desbordando las alcantarillas, lo comprendí todo.
El extraño voltea y justo cuando lo hace una mano se posa sobre mi propio hombro, volteo para ver el rostro del desconocido que se atreve a ponerme las manos encima, solo para ver mi rostro reflejado en el suyo y el suyo en el mío. El perseguidor que es el mismo perseguido, - como el terrorista que ve en su destrucción una obra de arte y en el caos una particular firma - un disparo resuena en el eco de la noche, el humo sale del cañón, disparo y al mismo tiempo soy atravesado por una bala idéntica a la que acabo de descargar.

Fue rápido, fue sutil, como la muerte del Principito, como un tiro de gracia, un segundo bastó para comprender que nunca fui el protagonista de la historia, sino un simple personaje más. No hubo alaridos ni gritos, solo una simple expresión de sorpresa, seguida de un pequeño "Ah", que resumió todo lo que podía sentir y decir en el momento. Una última exhalación, para luego caer de rodillas al suelo.

Con un hilillo de sangre deslizándose por la comisura de mi boca, con un último aliento bajo la mirada para ver mi pecho atravesado por aquel disparo pseudo-suicida. Poco a poco, el corazón, anteriormente cargado de adrenalina, comienza a reducir su velocidad, la sangre se acumula en el piso, hay tanta que ya puedo ver mi reflejo y el de las luces en esta.

Tan de la nada como había empezado todo, así había terminado, mi respiración se entrecortaba, sabía quién había sido la persona que me había atravesado el pecho, y sin embargo no quería voltear para confirmarlo. Ya era suficiente con saberlo.
Entonces a mi memoria acude el rostro de una mujer y el sabor del lúpulo de esa última cerveza mientras me preguntó si el mismo impulso que genera la felicidad para hacer las cosas, es el mismo estímulo que se recibe de la ira, porque esa fue la única sensación que me embargó en ese momento antes de dejar de respira, rabia con tantas cosas, cosas que debieron pasar de otra forma pero que no fueron, la realidad fue una fotografía mal revelada, como un recuerdo que creí nunca vivir, como una persona que nunca fui.