I look all white, but my dad was black My fine-looking suit is really made out of sack
Stu y John suben a jugar fútbol en el pastizal, pronto llegan más personas y se comienzan a armar los equipos, el más torpe es designado capitán, más por su fuerza física que por su liderazgo o quizá tan solo es el dueño del balón, lo cierto es que sobra una persona y se ha decidido por unanimidad que Stu es el mal tercio del partido, casi puede escucharlos decir, "lo siento pero tres es un número par" antes de alejarse del lugar.
No importa, pensó, siempre es necesario que exista alguien así, una persona que fuera capaz de dar un paso al costado para un bien mayor, como el soldado que se sacrifica para que la misión se cumpla a toda costa, sabe que su vida es tan solo el precio a pagar para finalmente hondear el asta de la bandera en la colina.
Stu Sutcliffe, primer bajista de The Beatles, era un tipo bohemio que gustaba de la poesía y a pesar de disfrutar del Skiffle y el Rock and Roll, estaba más interesado en la pintura que en la música, tocaba de espaldas al público y únicamente estaba en la banda porque Lennon lo había convencido de comprar un bajo después de vender un cuadro por 65 libras. Rodeado de genios como McCartney y Harrison, Stu no podía comparar su capacidad musical a la de ellos y al final cedió su lugar en la banda quedándose en Hamburgo con su novia alemana Astrid Kirchher.
Jim Morrison no lo hubiera descrito mejor, había encontrado una isla en sus brazos; un país en sus ojos. Antes de cada beso, sin saberlo, Stu se apropia de un pequeño hábito de Astrid, un simple reflejo que se convierte en firma. Astrid remoja sus labios, como quien se anticipa a un banquete, lo mira a los ojos y estampa su nariz contra la mejilla de Stu. Este ignora que ve ella más allá de su reflejo en su mirada, una fascinación, un brillo que vio por primera vez una noche al finalizar una presentación.
Hay talento y sufrimiento en su arte, como una especie de maldición sobre sus pinturas y sabe que cada vez que un nuevo nombre ingresa a los anales de las poesías creadas por su pluma estas se convierten en un nuevo tormento, como el que siente ciertas noches al sufrir aquellas severas jaquecas que lo dejan ciego por algunos minutos.
Es en esos minutos de ceguera cuando los días de ser prescindible regresan, de soñar lo que será si se deja de ser, de eso están hechas las memorias. La vida no alcanza para ser un buen músico o un respetado artista. Es 1962 y Bob Dylan suena en la radio mientras Stu cae de bruces al suelo, ha dejado ir a sus amigos para que estos algún día puedan ser los famosos Beatles, sin embargo el no llegará a ver ese dia. porque nada es suficiente, porque alguien siempre debe dar un paso al costado
Stu falleció en 1962 de una hemorragia cerebral.
Astrid aún piensa en él todos los días.
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