miércoles, 22 de febrero de 2017

Arietes


"Hay un juego de adivinación -continuó Dupin- que se juega con un mapa. Uno de los participantes pide al otro que encuentre una palabra dada: el nombre de una ciudad, un río, un Estado o un imperio; en suma, cualquier palabra que figure en la abigarrada y complicada superficie del mapa. Por lo regular, un novato en el juego busca confundir a su oponente proponiéndole los nombres escritos con los caracteres más pequeños, mientras que el buen jugador escogerá aquellos que se extienden con grandes letras de una parte a otra del mapa. Estos últimos, al igual que las muestras y carteles excesivamente grandes, escapan a la atención a fuerza de ser evidentes, y en esto la desatención ocular resulta análoga al descuido que lleva al intelecto a no tomar en cuenta consideraciones excesivas y palpablemente evidentes". - La Carta Robada, Edgar Allan Poe


Ilustración: Beatrice Rodríguez


Cambiar un nombre no es fácil, un nombre debe permanecer desde el día de su bautizo hasta el día de su muerte, en sí mismo es una identidad, es una esencia, porque un nombre ya viene con unas características, piensas en  Chaplin y ya viene una imagen a tu mente, y una serie de rasgos que ya vienen consigo, es algo universal, es la magia de reconocer algo en nuestra mente con solo ser nombrado, ¿Ven la importancia de los nombres? podría empezar un monólogo semiótico alrededor de los nombres, pero no quiero eso, solo quiero resaltar su importancia,  es casi como abandonar un lugar por otro, sensación que deben conocer a la perfección los inmigrantes, los foráneos y los refugiados, porque ni siquiera se trata de dejar tu hogar, es acerca de tu tierra, tus creencias a veces hasta tu idioma.

Intentaré aterrizarlo con un ejemplo de la cotidianidad, estás a punto de mudarte y todas tus cosas ya están empacadas en cajas y echas un vistazo a tu alrededor, no hay nada colgando en las paredes y cualquier sonido retumba en el eco de ese espacio que solía ser tuyo y que ahora será de alguien más, hay una sensación de vacío, tu casa dejará de existir al cerrar la puerta tras de ti, esa ya no será tu casa, tendrás una nueva pero no será la misma.

Bien, supongo que hoy es el día de la mudanza y estoy contemplando un lugar que estoy a punto de abandonar, mi blog, que desde un principio y gracias a una filia hacia Pink Floyd siempre se llamó Another Freak In The Wall, está a punto de dejar de serlo, comenzó como un muro ¿Por qué un muro?
Porque un muro es resistente, requiere de tiempo para ser construido, un buen muro es firme, resiste al viento, a la lluvia, a una invasión, y lo más importante, sirve como linea divisoria de un lugar a otro, de un sujeto a otro, y eso era lo que requería en el momento en que lo construí, algo que me diferenciara de los demás, en primer lugar que me protegiera de todos esos arietes que intentaban romperme, en segundo lugar, un muro también es una prisión, me mantuvo apartado, supo aislarme cuando lo necesité. 

Pero las cosas ya no son así, los años han pasado y un espacio que comenzó en el anonimato ya no me permite tales libertades, dejó de estar oculto, está a la vista de todos, expuesto como en una vitrina,  y no busco que sea privado, busco que no se percaten de su existencia a pesar de estar ahí  ya no requiero de ese muro, necesito adaptarme a otras necesidades, requiero de un lugar nuevo, los muros son difíciles de saltar, y no cualquier puede hacerlo, no cualquier puede cruzarlo, necesito algo diferente, un espacio que me permita moverme de un lugar a otro sin ser visto, casi como la red de túneles que usaban los japoneses durante la II Guerra Mundial, un lugar que me de refugio si quiero pero que permita salir a observar el mundo, un espacio, un lugar silencioso, lejos del estridente ruido de afuera, un lugar oscuro y pacífico, donde no sea fácil distinguir el día  de la noche, pensé en muchas lugares, pensé en una caverna, pero el nombre tiene ya un referente Beatle, ya está gastado, además las cavernas son finitas, no, no quiero ser un cromagnon más, pensé en un guarida, pero de esas hay muchas, además la palabra tiene cierta connotación de forajido, no, descartada. 

Pensé en una colmena o un hormiguero, pero creo que esas son construcciones grupales, requieren del funcionamiento de numerosos individuos y si hay un rasgo que busco es la soledad. 

¡Un dique! pero si me pongo metafórico, la función de un dique es detener la corriente de un río, y yo no quiero detener ninguna corriente, quiero ser arrastrado por ella, sin embargo no hay que subestimar la capacidad arquitectónica de un castor, así que yendo por la misma línea, parece que lo más apropiado sería construir una madriguera, cientos de redes de túneles y cámaras conectadas entre sí, aisladas, apacibles, oscuras, acogedoras: está decidido, será una madriguera, pero no puede ser cualquier madriguera, madrigueras también hay muchas, los Weasley tienen la suya, así mismo Bugs Bunny, así que la mía también debe ser diferente, ahí está la importancia del nombre.

Así que en esencia es casi como mudarse de casa, será mi casa, pero no la misma casa, hoy muere el muro pero nace un nuevo refugio, una copia barata de la ciudadela de los hombres topo, rústica,  oculta entre la maleza, expuesta y sencilla  pero laberíntico y de difícil acceso, hoy caen los ladrillos, por última vez rayo este muro y por primera vez escribo bajo tierra, 

viernes, 17 de febrero de 2017

Un hombre sin fe


"Puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión". Ernesto Sábato

Siento un pequeño cosquilleo en el ápice de mi dedo índice, un insecto desciende por las yemas de mis dedos, dirigiéndose  a la palma de mi mano, lo que para mí es una pulgada, para el pequeño invertebrado la distancia del punto A al punto B es una distancia kilométrica, dejo que recorra mi mano mientras lo observo: así que así se debe sentir Dios, observar desde un plano cenital lo simple que es un vida, inferior, indefenso, sumiso si se quiere, incluso ignorando que es observado por alguien que podría finalizar con su vida en cuestión de segundos con un simple mover de un dedo.

Camino mientras el pequeño insecto recorre mi cuerpo, el sopor cae sobre mí como el el sol cae tras los edificios, no quiero ir a casa, desorientado, paradójicamente termino frente a una iglesia, esa que critico cada que puedo, esa misma en la que dejé de creer hace mucho. Casi como si Don Quijote de la Mancha se parara frente a un molino de viento y en lugar de embestirlo con su lanza se detuviera a admirar la belleza de sus aspas, así pues ingresó a mi molino personal, hipócrita  y descarado.

Se viene a mi mente una frase en particular de una conversación pasada:

- No pierdas la fe.

En aquel momento guardé silencio, porque no tengo fe que perder, soy un hombre sin fe, y a pesar de eso le muestro al mundo mi mejor rostro, el mundo te puede tener agarrado del cuello mientras tus pies se sacuden y tu cabeza suplica por oxígeno, pero tú seguirás allí, sonriéndole al maldito bastardo , un hombre sin fe, pero con esperanza ¿Eso cuenta?.

Cruzo el umbral de la casa de Dios. A pesar de mi posición incrédula,  las iglesias siempre me han parecido lugares atractivos  claro que esta vez hablo de las iglesias desde un punto de vista arquitectónico, no teológico, son atemporales, silenciosas  y son uno de los pocos lugares que en la actualidad en la que aún existe un ámbito de respeto

Los confesionarios siempre me han parecido invenciones curiosas, no puedo evitar pensar en una línea caliente, a fin de cuentas, tras un confesionario se oculta una voz desconocida que aguarda al otro lado, preparada para escuchar nuestros más oscuros secretos, tal como lo haría una operadora erótica en el primer caso. 

El sacerdote aguarda en su cubículo, mira su celular, no sé qué clase de páginas pueda seguir un sacerdote, cada pensamiento que cruza por mi mente me hace menos merecedor de estar pisando un lugar sagrado para muchos, me arrodillo y aguardo a que el sacerdote se percate de mi presencia y dé el banderazo de salida.

Han pasado 13 años desde mi primera y última confesión, la lista de pecados y faltas debe exceder el crédito celestial que adquirí cuando fui bautizado, intento pensar en mis pecados, en todas las veces que he sido un blasfemo, tal como lo soy ahora al momento de escribir estas líneas, intento recordar cada una de mis fallas...nada.

El sacerdote aguarda por mi confesión así que opto por revelarle mi alejamiento de la religión, le hablo de mis dificultades, de una forma superficial, casi como si no fuera mi problema, cuando en realidad quisiera soltarlo todo, mis miedos, mis frustraciones, mis inseguridades, mis demonios, mis fracasos, eso sí sería una auténtica confesión, me quedo en silencio y aguardo a que el sacerdote me responda, su acento lo delata, es probablemente belga o francés, tiene cierta dificultad en encontrar las palabras que busca para transmitir lo que quiere decir, sin embargo lo logra....

Sus palabras finales son cortantes pero directas..."con la mucha o poca fe que le quede....", el resto de la frase se hunde en mi mente, me atraviesa como un cuchillo frío entre mis entrañas, mientras agradezco al religioso por su atención y me levanto.

La penitencia es sencilla, pero antes de cumplirla hay algo más que debo hacer, doy un par de pasos, poso mi mano sobre una banca y con la delicadeza que una madre pone a un bebé en su cuna  dejo que el pequeño insecto que me ha acompañado todo el camino se deslice hasta que deja mi mano y pueda seguir con su rumbo, este comienza a caminar sobre la madera y lo veo alejarse poco a poco, pero antes de que pueda avanzar lo suficiente otra persona aparece y propina un manotazo sobre la banca antes de sentarse, aplastando al pequeño insecto y con él a  mi renovada fe. 

Al final siempre es algo más lo que te destruye.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Mañana

Un reloj de pared me mira del otro lado de la habitación, sus manecillas están detenidas casi como si me hicieran una seña obscena con la mano, el secundero va de adelante para atrás atrapado en un espiral...  malas pasadas que nos juega el tiempo, lo único que valida nuestro pasado es la conciencia de que sí sucedió un acontecimiento de tal manera,o al menos desde nuestra percepción, otra persona puede tener otra versión ¿Acaso la historia no la escriben los vencedores?, la memoria es nuestro único testigo y a pesar de eso, no es suficiente,  la única verdad es el hoy, el ahora, el ser capaz de dimensionar que lo estoy viviendo, es lo único que medianamente se posee y sin embargo a pesar de saberlo, no nos pertenece,  cada vez que nos damos cuenta ya es tarde, porque ya sucedió, no por eso deja de ser verdad pero le otorga un tinte de irrealidad ¿Sucedió de la forma en que lo recuerdo?.  

El ayer tiene la misma validez que la palabra mañana, el mañana y su maldita connotación esperanzadora que simboliza lo incierto del futuro y a la vez la confianza de que en un lapso de tiempo medianamente corto nuestra realidad pueda ser mejorada o cambiada: "mañana le hablaré a esa persona" (porque hoy ya no fue) "mañana será un día mejor, (porque cada día es una nueva oportunidad de empezar de nuevo), "Veámonos mañana" (porque hoy no hay tiempo) sin embargo no hay expresión más falsa y cándida, ¿Y si los días no fueran de 24 horas? Los conceptos de semana,  mes y  año, son simples concepciones astronómicas que nada tienen que ver con la esperanza que guardamos de que en realidad algo pase y cambie el curso de la vida, que nos haga olvidar lo rutinario de nuestra existencia. 

Tiene otros usos, por supuesto, casi como la caducidad de un recibo o una deuda por pagar, una falsa sensación de seguridad, como el enfermo terminal que o bien piensa que finalmente morirá un lunes en la mañana, como aquel que aún conserva la esperanza de que con el primer rayo de la mañana le sea anunciado que han encontrado un donante de órganos compatible, aplaza sus pendientes y sus pesares, confiando  su destino a aquel remoto e inexistente tiempo, porque ese mañana no existe, la vemos como una cura lejana a nuestras carencias, como el transeúnte que hace fila y aguarda pacientemente el metro retrasado, sabe que va a llegar, pero no sabe cuándo. Somos solo proyecciones inciertas de un mañana que no existe, y un ayer que ya se extinguió, porque mi mañana es el hoy de alguien y el ayer de otra persona, y ya nada puede ser real.