Sala de trofeos
No puedo luchar contra ello mucho tiempo
Algo está tratando de salir
Y nunca estuvo más cerca
Entonces si mi corazón falla
Inventa alguna historia
Pero si nunca regreso
Dile a mi madre que lo siento
Es lunes, llueve y parece como si todos desaparecieran y regresaran a sus madrigueras y lo único que desearan es hibernar en la soledad de sus madrigueras como los mamíferos que son.
A veces me pregunto si mas allá de ser un fenómeno meteorológico la lluvia es ocasionada por una tristeza colectiva que se eleva hasta el aire y cae sobre la ciudad y el campo como respuesta a nuestras emociones.
Tengo ampollas en los dedos y las luciérnagas ya no brillan, desciendo a ciegas peldaño por peldaño mientras pierdo apego a la vida, como una hoja que desea caer del árbol y dar por terminado su ciclo.
Sigilo, fuerzo la cerradura y me abro paso en medio de la oscuridad, el lugar parece un mausoleo, iluminado por débiles luces que se asemejan al fondo de un acuario. Sin distracciones, solo debo encontrarlas, tomarlas y huir, debían estar en alguna parte, pronto comprendí que no sería fácil.
En estantes, como una galería de un cazador que ubica las cabezas de animales como trofeos, allí estaban, no solo las que alguna vez yo le regalé, pues mi nombre no era el único en esa habitación, en cada pared diversos nombres destacaban en una placa dorada.
Nunca comprendí en realidad por qué las personas llegan tan destruidas al conocer a alguien nuevo, incapaces de abrirse por completo, inseguros de sus capacidades, como si no merecieran amar o ser amados, como si no fueran lo suficientemente buenos. Solo lo comprendí hasta que las vi allí, aprisionadas.
Me sentí enfermo, me dolió el estómago de ver aquel lugar. A pesar de estar conservadas con cuidado, no dejaban de ser más del montón, a pesar de haber sido seleccionadas con precisión, las exhibiría ante los visitantes de esa terrorífica galería como un triunfo personal.
Siento taquicardia de solo pensar que ya no cantaría para mí y que a la última persona a la que escribía y a la primera a la que saludaba en las mañanas era alguien más, alguien a quien ya le construían su propio estante de colección.
Que sepa, nunca hubo un descanso entre una y otra ilusión, esperando que una nueva esperanza nos rescate del dolor que se siente de la más reciente decepción, no hay pausas, solo algunas semanas de preludio para aquellos que temen a la soledad.
Ya no importa nada, solo las quiero de vuelta, devolverlas a mi preciada y egoísta caja musical.
Sigilo, fuerzo la cerradura y me abro paso en medio de la oscuridad, el lugar parece un mausoleo, iluminado por débiles luces que se asemejan al fondo de un acuario. Sin distracciones, solo debo encontrarlas, tomarlas y huir, debían estar en alguna parte, pronto comprendí que no sería fácil.
En estantes, como una galería de un cazador que ubica las cabezas de animales como trofeos, allí estaban, no solo las que alguna vez yo le regalé, pues mi nombre no era el único en esa habitación, en cada pared diversos nombres destacaban en una placa dorada.
Nunca comprendí en realidad por qué las personas llegan tan destruidas al conocer a alguien nuevo, incapaces de abrirse por completo, inseguros de sus capacidades, como si no merecieran amar o ser amados, como si no fueran lo suficientemente buenos. Solo lo comprendí hasta que las vi allí, aprisionadas.
Me sentí enfermo, me dolió el estómago de ver aquel lugar. A pesar de estar conservadas con cuidado, no dejaban de ser más del montón, a pesar de haber sido seleccionadas con precisión, las exhibiría ante los visitantes de esa terrorífica galería como un triunfo personal.
Siento taquicardia de solo pensar que ya no cantaría para mí y que a la última persona a la que escribía y a la primera a la que saludaba en las mañanas era alguien más, alguien a quien ya le construían su propio estante de colección.
Que sepa, nunca hubo un descanso entre una y otra ilusión, esperando que una nueva esperanza nos rescate del dolor que se siente de la más reciente decepción, no hay pausas, solo algunas semanas de preludio para aquellos que temen a la soledad.
Ya no importa nada, solo las quiero de vuelta, devolverlas a mi preciada y egoísta caja musical.
No hay tiempo, quisiera tomarlas y huir pero sé que aunque vuelvan conmigo jamás podrán dejar de ser suyas y que la Coleccionista de baladas jamás me devolverá mis canciones.
Mi vieja guitarra
Mi padre, al igual que su padre fue un hombre ausente en al vida de sus hijos. Únicamente aparecieron juntos el día de mi grado.
Me gradué de una de esas profesiones que hacen inflar de orgullo el pecho de un padre, quizá medicina o derecho, quizá a eso les debía su presencia aquel día. Cruzaron la estancia bajo la mirada de reprobación de los invitados a la celebración y se pararon frente a mí.
Mis dedos trazan coordenadas con un punteo en mi guitarra, mientras se deslizan por las cuerdas y los trastes, amenizando la reunión y de repente estos dos hombres se paran frente a mí - la melodía se detiene - mi abuelo, un hombre encorvado y vencido por los años saluda con una sonrisa desbaratada y de dientes torcidos y que sin embargo no deja de ser auténtica.
Le reconozco de fotos, dejo mi guitarra a un costado y el hombre me abraza, "gracias abuelo" le digo al oído y el anciano no puede contener las lágrimas, atrás, mi padre una versión más joven pero no menos deteriorada que la de mi abuelo también me abraza, casi sin esfuerzo es tan similar como abrazar un maniquí o un cadáver.
Colgado en su espalda, forrado en papel regalo mi padre carga un presente que me entrega mientras me da una palmada en la espalda, es sencillo adivinar lo que hay oculto tras el papel regalo, las curvas, el sonido hueco, el rozar de las cuerdas, a medida que desgarro el papel surge ante mis ojos la silueta de una guitarra nueva.
Mi abuelo examina mi vieja guitarra mientras yo hago lo correspondiente con la nueva, la admiro y ensayo concentrado mientras pienso que no puede ser tan buena como la original, la que llegó tanto años atrás en el momento ideal, única en su sonido, con su madera de sauce al tacto, el acero en sus cuerdas, su olor a lacado, su color arce, las pequeñas cicatrices y las batallas e historias que protagonizó, no, la nueva nunca podrá reemplazar a mi vieja guitarra.
Salgo de mi ensimismamiento dispuesto a volver a a tocar con mi antiguo instrumento, mi padre y mi abuelo ya se han ido y probablemente no los vuelva a ver, sin embargo tampoco veo mi vieja guitarra.
Mi abuelo examina mi vieja guitarra mientras yo hago lo correspondiente con la nueva, la admiro y ensayo concentrado mientras pienso que no puede ser tan buena como la original, la que llegó tanto años atrás en el momento ideal, única en su sonido, con su madera de sauce al tacto, el acero en sus cuerdas, su olor a lacado, su color arce, las pequeñas cicatrices y las batallas e historias que protagonizó, no, la nueva nunca podrá reemplazar a mi vieja guitarra.
Salgo de mi ensimismamiento dispuesto a volver a a tocar con mi antiguo instrumento, mi padre y mi abuelo ya se han ido y probablemente no los vuelva a ver, sin embargo tampoco veo mi vieja guitarra.
Un frío sudor recorre mi cuerpo y el vacío, ese mismo que se siente al no hallar algo en un bolsillo me atraviesa.
¿Dónde están? ¿ A dónde fueron y donde está mi vieja guitarra?
¿Dónde están? ¿ A dónde fueron y donde está mi vieja guitarra?
¿DÓNDE ESTÁ MI VIEJA GUITARRA?

No hay comentarios:
Publicar un comentario