martes, 4 de julio de 2017

Cometa



A un  Halley personal

2061. 

Expectante, el profesor miraba una y otra vez su viejo reloj de bolsillo, iba de un lado a otro de la habitación, casi como queriendo destruir las suelas de sus ya de por sí, desgastados zapatos.

El silencio de la noche únicamente era interrumpido por el rasgar de un lápiz en un pequeño cuaderno de apuntes: cálculos, periodo orbital, inclinación, teoría que en realidad se quedaba reducida a la fascinación de un hombre con la observación del firmamento. 

Sí, anotaba todo con un lápiz, a pesar de que la escritura análoga hubiera sido casi erradicada de la faz de la tierra, el viejo académico había crecido con el siglo, tal como decía esa canción de Piero hace tantos años atrás.

Todos dormían en aquella vieja ciudad, abandonados al sueño y la única luz que podría ver a lo lejos un turista inesperado sería la del observatorio donde el profesor aguardaba.

Su vigilia: patrocinada por los lápices, los cuales los conseguía en el mercado negro,  los cálculos y sus movimientos erráticos, en general, esto no representaba más que la obsesión de un hombre. 

El reloj marcaba entonces las 22:00 horas: había llegado el momento. Febril, pero decidido. agotado, pero alerta, avanzó con premura y subió lentamente los peldaños que lo conducían a su potente telescopio astronómico;  desde hacia algunos atrás, el profesor había aplazado su cita con la muerte con la única idea de ver este anochecer en particular,

Había decidido prolongar su existir con ese fútil propósito, un mero acto de voyerismo, posó su mirada sobre el cielo, contemplarlo era quizá uno de los pocos sucesos que podían disfrutar simultáneamente  dos personas incluso a kilómetros de distancia uno del otro.

Puntual, allí estaba, al principio pequeño, su imagen se hizo más grande con el paso de los segundos, un cometa brillante galopaba sobre el cielo, rodeado de estrellas que casi parecían rendirse a su paso, regresaba y con él los recuerdos.

Al viejo profesor lo invadió entonces una paz inusual, tal como esa primera vez 75 años atrás, como cuando vio por primera vez, no solo aquel mismo cometa, el satélite significaba nada comparado con  esa mirada que le robó el aliento, la primera vez que escuchó esa risa, esa voz que le susurraba al oído, aquella mujer sideral con la que contemplaba el amanecer y que lo había acompañado hasta el fin de sus días. 

Desde entonces, solo había decidido aguardar a que aquel coloso del espacio regresara, con la esperanza de, casi como un jinete, lograse domar a este satelite y poder dirigirse a aquel lugar desconocido donde su alma gemela aguardaba por él,

Mientras observaba hipnotizado dicho fenómeno, una última mirada le permitió vislumbrar una mezcla de hielos volátiles y polvo, los cuales atravesaron sus ojos a la distancia para seguir su rumbo, esta vez con un polizonte abordo que abandonaba la tierra en búsqueda de y de un nuevo viaje estelar. 

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