domingo, 13 de enero de 2019

Piedra y plomo





Es el tercer auto que ha estado a punto de atropellarme hoy, creo que una parte de mí se lanzó
hacia el segundo a propósito en medio de una lluvia de puteadas y bocinas. Estoy enfermo, me
siento como un muerto viviente, They re coming to get you Barbara, huye, huye mientras aún controlo lo que queda de mi razón.

Estoy delirando, en mi mente puedo ver una versión pequeña de mí mismo cayendo a través de un foso oscuro , mi respiración se entrecorta y aprieto los puños mientras traquean mis dedos, me lastimo, una vez más y sin embargo se siente familiar. Es lunes y bebemos cerveza con Manuel quien camina a mi izquierda mientras a la derecha una versión fantasma de Mick Jagger surge de la nada, pone su mano sobre mi hombro y susurra "el pasado es un gran lugar, no quieres borrarlo ni arrepentirte, pero tampoco quieres ser su prisionero", agito la cabeza como quien espanta una mosca  y el cantante desaparece. Atardece mientras recorremos el sendero, los vagos duermen y hacen hogueras a un costado de la carrilera del tren intentando entrar en calor, la última gota de cerveza cae y se desliza sobre el cristal de mi reloj dibujando a su paso los múltiples rayones y cicatrices que ha dejado el tiempo sobre este, puede leerse un "AM" grabado con un bisturí alguna tarde de hace al menos una década.
- ¿AM? - Pregunta Manuel desconcertado
- Ana María - respondo mientras recorro con los dedos el grabado, la marca sigue y seguirá ahí. Cuando me preguntan por una persona de mi pasado, la lógica dicta que su existencia haya dejado de tener algún significado, pero no es así, su nombre y su historia siguen ahí, a través de mi narrativa que resulta ser la cloaca de mis memorias. Por dentro soy una persona infeliz. Lo perdí todo en un corto periodo de tiempo y en todas las ocasiones fui yo quien se interpuso; incluso cuando sé que la felicidad no debería depender de otros, que existe el amor propio y unos cuantos pajazos mentales más de autoestima, la terquedad siempre ha sido mi más grande debilidad.


Desde hacía un tiempo los momentos que compartimos habían sido reemplazados por ciertas palabras
que giraban alrededor de mi cabeza en Arial 60, como un detective que analiza cada oración, cada huella dactilar esperando encontrar un indicio, podría ser cualquier cosa, una batería descargada, un trancón en la autopista, un robo, una cena familiar, pero mi instinto sabe que no es así.

Mi instinto no sabe seguir buenos indicios solo malos presagios, como un perro rescatista que únicamente es capaz de seguir la huella de cadáveres; Ana siempre había sabido como entristecerme de forma consciente o inconsciente, antes lo hacía cuando estaba, ahora ni siquiera era necesaria su presencia para lograrlo.

Me encontró hace unos años atrás, merodeando por la calle, perdido y cabizbajo recogiendo piedras, la amé porque supo ver algo que las demás personas no habían apreciado en mí, nunca supe qué pero supongo que fue lo mismo por lo que me dejo cabizbajo y recogiendo piedras, pero esta vez incompleto, como aquel soldadito de plomo del cuento, que se mantenía firme aunque sólo tuviera una pierna,
Han pasado los años y como un boomerang ella siempre regresa a mí, como si supiera lo que pasa por mi cabeza, como asegurándose que aún sigo ahí, que aún la amo, incluso si ella no lo hace de igual forma. Son ya muy lejanos los días en los que Ana, la bailarina solía danzar al ritmo de la caja de música,

Subimos la ladera con Manuel mientras debatíamos qué tan fácil sería instaurar un tercer día de fin de semana en el mundo y las repercusiones que esto tendría en la economía. Es lunes y parece como si todos desaparecieran y regresaran a sus madrigueras pues lo único que desean es hibernar como los mamíferos que son, es lunes, día que instauramos como parte del nuevo fin de semana en nuestra utópica realidad.

https://www.youtube.com/watch?v=aBoFKFFUWWE

Era usual plantearnos escenarios ficticios como ese o reformulando situaciones del pasado que vivimos alguna vez, a diferencia mía Manuel era un futurista que veía en el mañana algo mejor que el hoy, por mi parte yo era un nostálgico que vivía del ayer, pensábamos en pasado y futuro, lo hacíamos porque ese no era nuestro mundo, porque debía existir algo más allá de nuestras cabezas, ya fuera hacia atrás o hacia adelante en nuestra línea cronológica.

Manuel mueve su boca, gesticula, su voz se apaga y ya no logro escucharlo, yo solo miro de cuando en vez su rostro para aparentar que sigo en este planeta, disocio al tiempo y me pregunto cómo luciría mi semblante en ese momento, ¿acaso era un cascarón vacío que sorteaba expresiones al azar?

A pesar que fingía estar presente mi amigo sabía que yo ya no estaba ahí, él sabía que yo había regresado al día en que conocí a María, a los días en que su sombrilla salía a volar o leíamos en la biblioteca, María incluso nos acompañó a mí y a Manuel el día que estrenaron el cine en aquel nuevo teatro de la ciudad. - Aún no sé qué película veremos -

- La de vaqueros - sentenció María leyendo mi mente; me di cuenta de que quería ver películas con ella por el resto de mi vida.

Recuerdo todo esto a medida que ascendemos por la empinada loma, el pozo aparece poco a poco frente a nuestros ojos, debo admitir que es el doble de difícil el ascender con los bolsillos llenos de piedras.





Las piedras las recolecté durante mi infancia y lo seguí haciendo después que Ana se fue y lo seguí haciendo cuando llegó María, no había un patrón simplemente si me gustaba una, la recogía y la agregaba a mi colección: piedra caliza, arenisca, cuarzo, granito, todas simbolizaban algo diferente y a pesar de ello, pocos conocían de mi pasatiempo y la existencia de esas piedras en mi inventario, total a pocos debía importarle.

Por su parte a María le habían parecido fascinantes, las sacó de la bolsa en la que había permanecido intactas y sin importarle si llenaba de tierra y polvo sus manos, las examinó una por una, yo observaba atónito, fue definitivo, decidí amarla pues a través de simples actos que reafirmaba todo lo que para mí era simple y para ella especial, decidí amarla porque vi esa misma chispa que quizá Ana alguna vez vio en mí y que yo aún no podía creer que nadie hubiera visto en María. Y así lo pensé por años, hasta que alguien la descubrió, me enteré mientras comía, el pollo perdió su sabor y la realidad adquirió un tono sin contraste, confirmé mis sospechas y descubrí que el astro que giraba alrededor mío o más bien el planeta alrededor del cual yo giraba, era arrastrado por una atracción mayor a la mía, entonces el mundo se derrumbo. Son ya lejanos los días en los que María y yo salíamos a tomar fotografías de la ciudad y me siento como si todas aquellas piedras que coleccioné ahora reposaran en el interior de mi estómago.

Eran esas mismas piedras, las que atesoré por años, las que ahora llevaba como tributo al pozo,seguro de que cumplirían mi deseo. Al fin hemos llegado, Manuel se queda atrás mientras yo me acerco al pozo, me asomo y veo mi propia existencia en el reflejo del agua, "ahí ya no hay nada", susurro. Arrojo las piedras, y de paso también me arrojo al pozo, añoro chocar con la suficiente agua para que se hundan mis piedras o el fuego necesario para que se consuma este cuerpo de cera. Los recuerdos van a enloquecerme.




martes, 25 de diciembre de 2018

Breve soliloquio navideño



Esta fue la primera de las navidades en las que me fui a dormir sin escribir nada a nadie, ningún tipo de mensaje personalizado a mi familia o amigos. Llegué a un punto en el que dejé de darle importancia, como si esa especie de compromiso social me agotara, después de unas horas de silencio me sentí desvanecer y comprendí tarde, que a nadie le importa ya.

Son las cuatro de la mañana y Syd Barret repite en el tocadiscos, "Inside me I Feel Alone and Unreal", el chiste de Satán y la dislexia dejó de ser gracioso hace unas semanas, concluyo mientras leo un par de mensajes obsoletos y otro par de esos que a veces es mejor que no escriban nada de lo simples y mecánicos que son.


Excuso, como una especie de ceremonia mental y absurda a todos aquellos que ya han crecido y que solían escribir pero que esta noche viven sus vidas casi erigidas  mientras la mía sigue siendo un cúmulo de decisiones inconclusas: a mis viejos amigos y a mis mejores amigos, a mis familiares y a aquellas personas por las que sentí algo, a lo mejor todos ellos también ya se cansaron de escribir.

Después de todo, uno escribe solo escribe a aquellos que quiere y hoy, no he escrito a nadie. 


lunes, 19 de noviembre de 2018

Consume tu tiempo y adáptate



En la pantalla las personas hablan y para mí no tiene coherencia lo que dicen, no presto atención, solo finjo que lo hago mientras mi mirada sigue clavada en el televisor, me invade una especie de vértigo el mismo que siento cuando me dictan una serie de números y no soy capaz de memorizarlos o cuando debo responder a mi interlocutor con una frase que siento carece de sentido.

Miro a mi alrededor y agradezco que nadie pueda leer mis pensamientos, han pasado los años y sigo sin entender las conductas sociales de quienes me rodean, quizá no se trata de ellos sino de mí y mi poco interés sobre las cosas que a los demás les resultan esenciales. 

¿Qué hago aquí? Llevo más de una hora viendo a la pantalla, siguiendo con mi retina los movimientos de las pequeñas personas que se mueven en el televisor y yo sigo sin entender porque todos continúan observando la pantalla con tanta atención, ojalá pudiera dormir con los ojos abiertos, pero allí en aquella solo solo puedo soñar, intento concentrarme pero tampoco los sueños acuden  mí, podría estar en otro lugar ahora, quizá no haciendo nada pero el tiempo será mío y no de alguien más.

Repito su nombre y suena lejano, como una palabra que perdió el sentido hace mucho, hasta pareciera que nunca se llamó así y que ese no fue su rostro ni  que su cuerpo corresponde a esa anatomía,  como en un trabajo, todos somos prescindibles.

Otra vez este estupor, siento unos ojos clavarse en mi espalda y finjo que sigo viendo la película, ¡vaya basura! cada fundido a negro es una falsa alarma de que ya acabó la tortura pero una vez más los pequeños hombrecitos vuelven a aparecer en la pantalla, de nuevo me siento agradecido que mis pensamientos permanezcan en el anonimato de mi mente. Debo encontrar la forma de hacer que el tiempo pase más rápido, desvío mi mirada ¡Qué poco me importa esto!

Y ahí vienen, los aplausos, la apreciación de cada espectador, las palabras de agradecimiento, las alabanzas que funcionan como una especie de contrato y que son las que el auditorio debe entregar para que se acabe este tedioso espectáculo, yo miro con disimulo mi reloj, para alguien a quien no parece importarle mucho las cosas, me siento frustrado al ver perdido un par de horas, es el precio a pagar por un poco de aprobación social, una aprobación que no me interesa tener, debí quedarme en casa hoy. 


jueves, 18 de octubre de 2018

Dos cuentos de pesadilla en otoño

Sala de trofeos


No puedo luchar contra ello mucho tiempo
Algo está tratando de salir 
Y nunca estuvo más cerca
Entonces si mi corazón falla 
Inventa alguna historia
Pero si nunca regreso
Dile a mi madre que lo siento



Es lunes, llueve y parece como si todos desaparecieran y regresaran a sus madrigueras y lo único que desearan es hibernar en la soledad de sus madrigueras como los mamíferos que son.

A veces me pregunto si mas allá de ser un fenómeno meteorológico la lluvia es ocasionada por una tristeza colectiva que se eleva hasta el aire y cae sobre la ciudad y el campo como respuesta a nuestras emociones.

Tengo ampollas en los dedos y las luciérnagas ya no brillan, desciendo a ciegas peldaño por peldaño mientras pierdo apego a la vida, como una hoja que desea caer del árbol y dar por terminado su ciclo.

Sigilo, fuerzo la cerradura y me abro paso en medio de la oscuridad, el lugar parece un mausoleo, iluminado por débiles luces que se asemejan al fondo de un acuario. Sin distracciones, solo debo encontrarlas, tomarlas y huir, debían estar en alguna parte, pronto comprendí que no sería fácil.

En estantes, como una galería de un cazador que ubica las cabezas de animales como trofeos, allí estaban, no solo las que alguna vez yo le regalé, pues mi nombre no era el único en esa habitación, en cada pared diversos nombres destacaban en una placa dorada.

Nunca comprendí en realidad por qué las personas llegan tan destruidas al conocer a alguien nuevo, incapaces de abrirse por completo, inseguros de sus capacidades, como si no merecieran amar o ser amados, como si no fueran lo suficientemente buenos. Solo lo comprendí hasta que las vi allí, aprisionadas.

Me sentí enfermo, me dolió el estómago de ver aquel lugar. A pesar de estar conservadas con cuidado, no dejaban de ser más del montón, a pesar de haber sido seleccionadas con precisión, las exhibiría ante los visitantes de esa terrorífica galería como un triunfo personal.

Siento taquicardia de solo pensar que ya no cantaría para mí y que a la última persona a la que escribía y a la primera a la que saludaba en las mañanas era alguien más, alguien a quien ya le construían su propio estante de colección.

Que sepa, nunca hubo un descanso entre una y otra ilusión, esperando que una nueva esperanza nos rescate del dolor que se siente de la más reciente decepción, no hay pausas, solo algunas semanas de preludio para aquellos que temen a la soledad.

Ya no importa nada, solo las quiero de vuelta, devolverlas a mi preciada y egoísta caja musical. 

No hay tiempo, quisiera tomarlas y huir pero sé que
 aunque vuelvan conmigo jamás podrán dejar de ser suyas y que la Coleccionista de baladas jamás me devolverá mis canciones.


Mi vieja guitarra

Mi padre, al igual que su padre fue un hombre ausente en al vida de sus hijos. Únicamente aparecieron juntos el día de mi grado. 



Me gradué de una de esas profesiones que hacen inflar de orgullo el pecho de un padre, quizá medicina o derecho, quizá a eso les debía su presencia aquel día. Cruzaron la estancia bajo la mirada de reprobación de los invitados a la celebración y se pararon frente a mí.

Mis dedos trazan coordenadas con un punteo en mi guitarra, mientras se deslizan por las cuerdas y los trastes, amenizando la reunión y de repente estos dos hombres se paran frente a mí - la melodía se detiene -  mi abuelo, un hombre encorvado y vencido por los años saluda con una sonrisa desbaratada y de dientes torcidos y que sin embargo no deja de ser auténtica.

Le reconozco de fotos, dejo mi guitarra a un costado y el hombre me abraza, "gracias abuelo" le digo al oído y el anciano no puede contener las lágrimas, atrás, mi padre una versión más joven pero no menos deteriorada que la de mi abuelo también me abraza, casi sin esfuerzo es tan similar como abrazar un maniquí o un cadáver.
Colgado en su espalda, forrado en papel regalo mi padre carga un presente que me entrega mientras me da una palmada en la espalda, es sencillo adivinar lo que hay oculto tras el papel regalo, las curvas, el sonido hueco, el rozar de las cuerdas, a medida que desgarro el papel surge ante mis ojos la silueta de una guitarra nueva.

Mi abuelo examina mi vieja guitarra mientras yo hago lo correspondiente con la nueva, la admiro y ensayo concentrado mientras pienso que no puede ser tan buena como la original, la que llegó tanto años atrás en el momento ideal, única en su sonido, con su madera de sauce al tacto, el acero en sus cuerdas, su olor a lacado, su color arce, las pequeñas cicatrices y las batallas e historias que protagonizó, no, la nueva nunca podrá reemplazar a mi vieja guitarra.

Salgo de mi ensimismamiento dispuesto a volver a a tocar con mi antiguo instrumento, mi padre y mi abuelo ya se han ido y probablemente no los vuelva a ver, sin embargo tampoco veo mi vieja guitarra.

Un frío sudor recorre mi cuerpo y el vacío, ese mismo que se siente al no hallar algo en un bolsillo me atraviesa.

¿Dónde están? ¿ A dónde fueron y donde está mi vieja guitarra?

¿DÓNDE ESTÁ MI VIEJA GUITARRA?


jueves, 13 de septiembre de 2018

Ni Bonnie ni Clyde

En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.


Nunca un hombre es más consciente de su realidad que cuando acaba de tener sexo o cuando está a punto de morir.

Los finales no deberían ser como los de las películas de acción que exhiben en los cines: esos en los que el héroe le patea el culo al villano, para luego alejarse de una explosión a sus espaldas mientras se pone unos lentes de sol, aborda un convertible en el que espera una súper modelo y juntos conducen hacia el soleado horizonte; pero esas historias nunca salen bien, uno nunca sabe qué pasa después y cuando hay una segunda parte es probablemente peor que la primera.

No, mi final debía emular a la realidad, porque en esta ciudad no suceden milagros en estas tierras lo mejor es darle una conclusión a todo con una pizca de decepción, pesar al que están acostumbrados quienes esperan más de la vida.


La primera bala cruza a través de la habitación y se instala en mi hombro izquierdo mientras las otras dos siguientes atraviesan mi abdomen y me obligan a retroceder unos pasos, levanto la mirada para ver a Preciosa sostener aún el arma humeante y descargar un último tiro, uno que debería ser de gracia pero que se aloja en mi cuello y de forma más despiadada que milagrosa me deja con vida, supongo que ambos nos fallamos mutuamente.

Quizá fue mi manía de pensarlo todo en extremo o su impaciencia ante los hechos de la vida, quizá mi terquedad o a lo mejor su temperamento explosivo, puedo apostar que era el afán de ambos de tener la razón  ¿Creerá en mí como yo creo en ella incluso ahora que la  muerte me cobija con su mortaja?


Las cosas debían ser simples, tal como ella las expuso aquella tarde, entramos al banco, apuntamos con nuestras armas, saqueamos la bóveda, uno vigila a los rehenes mientras el otro carga el dinero hasta el auto, huimos y despilfarramos el dinero; aún puedo sonreír tras recordar aquella noche celebrábamos lo que sería el crimen del siglo.

Era en las noches cuando Preciosa más me quería, cuando se despojaba de ese escudo que cargaba consigo, cuando yo le contaba historias al oído y ella cerraba los ojos intentando imaginarlas.

Asustados, los pocos rehenes del lugar huyen espantados ante los disparos, incrédulo; bajo la mirada hasta  el suelo para ver cómo empieza a lloviznar escarlata de mi cuerpo y la levanto una vez más para posar mis ojos sobre ella y su cabellera rubia, la miro como esas tantas veces que ella me pidió que dejara de mirarla con tal intensidad. A veces la aborrezco tanto, casi tanto como la quiero y pienso que - en palabras de Sabines - antes de acabar odiándonos es mejor extrañar, debí marcharme después de una de esas noches, en la madrugada cuando aún estaba a tiempo, ¿de qué?, no lo sé, pero a tiempo.
Resbalo lentamente hasta sentarme en el suelo, la pared de la bóveda parece una pintura dadaista, algunos billetes vuelan aún por el aire mientras la pared se cubre de sangre a medida que yo me muevo, decorando los pintorescos cascos de pistola ya usados. 

Preciosa se dirige hacía mi e indiferente pasa por encima mío, levanta delicadamente un pie y luego el otro, no sé si para evitar pisarme o para no manchar sus zapatos. La adoro aún mientras veo su forma de caminar y  la detesto al sentir cómo escapa dejándome ahí moribundo.

Sí, la detesto en ocasiones, 
la detesto como quisiera besarla cada que la veo, pero odiarla nunca: odiar es un sentimiento que no me permito sentir, odiar es el contrario de amar y ¿cuál es el contrario a querer? ¿Cómo luchar contra el concepto puro e idealizado de alguien? pienso que incluso me odio más por quererla más que a la vida que ahora escapa e

Solo yo sé cuán especial era Preciosa para mí, cuando el mundo parecía derrumbarse, cuando no me interesaba hablar con nadie siempre podía encontrarla en algún lugar, siempre sabía cómo hacerme reír y prestaba atención a los más mínimos detalles, sin embargo siempre supo cómo jugar con mi mente y tomar palabras que nunca dije para ubicarlas en alguna oración, ahora sé que muchas de las cosas que creí eran para mí, no lo eran. Allá va mi última pizca de confianza.

 Levanto mi brazo derecho, mi mano se aferra con fuerza al mango de la pistola y disparo apuntando a esas curvas peligrosas, no sé si se trata de falta de precisión o si no me nace hacerle daño pero la bala rompe un cristal a lo lejos. Si quería demostrar que no soy una persona inmadura, he fallado totalmente.

Ante mi impulso, Preciosa regresa a mí, me mira en un plano cenital como quien intenta ver algo a través de un cristal sucio, la contemplo desde abajo, derrotado y con ese tono suyo de superioridad se inclina y susurra de forma inteligible a mi oído algo que solo entenderemos los dos, que nadie más podría comprender pero que termina por sumirme en el suelo, creo ver lágrimas corriendo por sus mejillas pero se levanta con rapidez antes de salir por la puerta principal del banco, ubica la última bolsa cargada de oro en la cajuela de ese Ford negro que robamos la noche pasada y en el que recorrimos la ciudad hasta el amanecer.

No es la primera vez que usa sus palabras como filosos cuchillo pero sospecho que esta será la última.

Detener la sangre es inútil, como alguien a punto de vomitar que mueve su bilis para aplazar lo inevitable, tinta de hierro emana a través de los orificios en mi pecho, en vano trato de hacer presión, al final solo dejo que fluya hasta que ya no quede nada adentro.

El banco ahora está vacío, como mis bolsillos, como el final de mi vida. Las sirenas de la Policía resuenan cada vez más cerca, me mantienen consciente y con el poco de energía que aún queda en mí , salgo a rastras de la bóveda y me recargo contra la puerta del banco, miro el cielo constantemente aguardando a que ángel o demonio regrese y las lagrimas brotan con facilidad, por esta y por todas las veces que quise llorar y no pude, es entonces cuando empiezo a dudar de todo menos de algo en particular y que la muerte no sea una excusa para decir que no sigo queriendo a Preciosa y que lo haré incluso después de morir

No quiero ir ni al cielo ni al infierno, deseo volver al lugar en el que alguna vez todo parecía tener más sentido. Nunca fui más vulnerable ni más lúcido, miro mis manos y las veo diferentes, ¿Dónde estuve todo este tiempo? ¿Qué hice mientras los demás vivían sus vidas? ¿Viví o fui un simple espectador?

El aire se vuelve más denso y difícil de respirar. Puedo sentir escalofríos en todo mi cuerpo, echo un último vistazo a la carretera, solo puedo ver el polvo que aún levanta el Ford a la distancia y con él, adentro todas mis ilusiones: su destino, otro banco donde aguarda probablemente otro pistolero como yo, otro sucio canalla que anhele a Preciosa tanto como anhela el oro, la diferencia es que, con gusto hubiera cedido cada moneda, cada lingote por disfrutar un día más junto a ella.

"Vaya con Dios my darling, vaya con Dios my love", canto el estribillo para mis adentros antes de cerrar los ojos.

Este último día perdí muchas cosas, tantas que la vida parece ser lo de menos.

Última declaración del bandido conocido como Perro Desgraciado.


Conjetura


“Eso de haber de abismarse en la incertidumbre y desesperar de la verdad es un triste y miserable refugio contra el error” - R.D



 Por lo general, las noches pasan más rápido que los días pero esta en particular resulta eterna y agotadora y tengo el presentimiento de que al menos por un tiempo, así serán todas.

Mi espera equivale al del condenado que aguarda a que el verdugo baje el hacha bajo su cabeza o al reo que tiene en frente al pelotón de fusilamiento.

Podría descansar ya, me arden los ojos y solo el corazón me mantiene despierto y en un constante estado de ansiedad más que de alarma, mirando el reloj esperando que este se apiade y decida mover su horario y minutero para mi satisfacción.  Que mi genio maligno tiene ojos coquetos y las mejillas sonrojadas y que mi azar es desafortunado.

Contrario a ello, esta noche no hay caminata, ni por el parque ni por la ciudad, no hay cerveza fría ni habitación calurosa, no hay comedias de décadas pasadas en la televisión ni gatos maullando a la luna, ¡Ah, no hay luna!.

Sin saberlo, cada uno avista su correspondiente oscuridad: la suya una oscuridad artificial con reflectores y bolas de espejos, la mía una oscuridad auto impuesta y únicamente interrumpida por un débil rayo de luz que a duras penas vería cualquier otro noctámbulo si decidiera asomarse y ver la única fuente de luz proveniente de una ventana.

Tampoco hay silencio porque silencio no encontrarás hasta no regresar a casa en la madrugada y te zumben los oídos y finalmente repases en tu mente lo que viviste el día de hoy, las palabras e incluso la ausencia de ellas.  Silencio no encontraré ni quiero encontrarlo porque necesito acallar las voces y escenarios que insisten en perseguirme a donde voy incluso allá cuando mi cabeza descansa en la almohada.

Y habrá música, de la que ya no te ofrecen, esperando encontrar una con una letra perfecta, como si se tratase de escoger un fruto en los abarrotes. Y tendré música que será la llave de la cerradura, música genuina de esa que se recoge, recicla, adapta, colecciona y  se protege de curiosos.


No hay semblantes, solo siluetas y un rostro desprovisto de rasgos pero cómo quisiera poner las piezas en su lugar, ver la imagen final y darles una identidad y una voz para quejarme de su nariz con enormes fosas nasales o de sus párpados caídos y ojos desprovistos de vida, de su estatura o de su posición política y preguntarme ¿en serio?

Me permito dormir un poco, cierro los ojos a las 2:00 despierto a las 7:00, duermo a la 1:00 despierto  a las 5:00 y cada día la brecha entre madrugada y amanecer se hace cada vez más corta, como si eso fuera suficiente.

Sucede desde hace algunas semanas y sé entonces que algo anda mal cuando debo acomodar la mandíbula en su lugar y los dientes me duelen al apretarlos unos contra otros rechinando. El sueño (si es que hubo sueño) se desvanece tan rápido como regresa la conciencia y se evapora: de todas formas ¿Con qué puedo soñar si no arrastrará las pesadillas que ya al despertar aguardan?

Me aferro como lo hace el punto del signo de interrogación  al resto de su grafema, a la deriva pero inexplicablemente atado a su cuerpo da sentido a la incógnita. Repaso una serie de futuros posibles, todos acechando como tiburones hambrientos alrededor de mi pequeña e improvisada canoa de realidad que ya no distingue entre hechos, paranoia, percepción, corazonada e imaginación.

Familiares, regresan a mí ciertas sensaciones y se acomodan en su lugar encajando a la medida como parte del mismo enigma. La puerta no se abre y el teléfono no suena y está bien. Sacudo la cabeza: al final todos terminan por convertirse en lo que condenan.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Rezagados



En la casa de Ricardo siempre había tinto, lo bebíamos oscuro y sin azúcar.

- ¿Cómo va la lucha? - me preguntó mientras desplazaba la olla del fogón y sacaba dos tazas de un mueble

Me senté y puse mis manos sobre la mesa del comedor en señal de resignación.

- Me alcanza para la pola y para los buses - afirmé conforme, como si mi canasta familiar dependiera de lúpulo y malta de cebada.

- La vaina está jodida Pedro - sentenció sentándose junto a mí.

El olor a pan fresco intentaba colarse a través de la ventana  y se mezclaba con el del cigarro, miramos el calendario para asegurarnos que no estábamos en 1984, reímos en medio de esa desolada escena,  hablamos de Roxannes y de Ruby Tuesdays y de Polly y de Suzanne, honramos a los muertos y recordamos a los vivos, a nuestros contemporáneos que cada vez se perdían más en sus propias sendas.

Hubo un breve silencio, unos cuantos segundos en los que atesoré aquel momento, más por su singularidad que por su simplicidad, lo calqué en mi mente como quien recorta una pequeña viñeta de algún periódico dominical y la pega en la pared.

El mundo podía estar cambiando allá afuera, los Gobiernos podían surgir y caer y las guerras estallar en cualquier lugar del mundo, las profesiones que conocíamos podían desaparecer y podían surgir otras nuevas e innecesarias y las mujeres seguirían allá afuera en búsqueda de amor líquido; pero hay, -  en medio de esa sala a medio alumbrar  - la soledad no parecía tan pesada.

Cada uno sumergido en sus propias desgracias y pensamientos, al menos por unas horas, en medio del sabor de la cerveza y el olor al tinto podía refugiarse en ese islote de cotidianidad como dos náufragos esperando al rescate de un Deux Ex Machina que sabíamos no aparecería.

viernes, 10 de agosto de 2018

Llueve sobre Tokyo

"La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente". A.C



Crecía en mi interior como alguna bestia de una película de Ridley Scott, la encubé durante muchos años, sin embargo siempre había alguien con quien estar, algo que hacer o algún lugar al que ir, pequeños alicientes que impedían que esa aberración terminara de formarse.

A pesar que crecía sin que yo me diera cuenta, sabía que permanecía allí adentro y lo que es peor, descubrí que dentro de todos nosotros existía una criatura igual, lo supe una tarde mientras bebía un café con Kazu, quien me reveló las dudas que sentía se cernían sobre ella con más fuerza al pasar los días.

En aquel entonces animé a Kazu, le aseguré que todo estaría bien, - como hacemos todos sin saber si será verdad o no - pero en el fondo supe que ese monstruo que intentaba devorar a Kazu desde adentro, pronto haría lo mismo conmigo, era cuestión de unos años pero finalmente sucedería.


Al principio era inofensivo, la ciudad seguía funcionando mientras yo me quedaba despierto hasta altas horas de la noche e incluso llegaba a ver la madrugada para luego en las mañanas preguntarme si valía la pena salir a buscarme la vida, podía quedarme horas mirando el techo analizando un mismo pensamiento, preso de la melancolía, abatido e irritable ante todo.

Lo notaba a mi alrededor, no era un cambio que viniera dentro mío, era algo que sucedía afuera, primero fue un gran ruido, como una interferencia que no permitía la recepción de una señal, -  la señal que estuve escuchando toda mi vida - desapareció.


En ocasiones me parecía escuchar la frecuencia que había perdido, débil e intermitente, pronto todas las ondas se cruzaron y lo único que pude escuchar eran fragmentos de otros diales que se cruzaban con el mío. En mi cabeza retumbaban múltiples voces, gritos, susurros en diferentes idiomas provenientes de diferentes ciudades como si a mi alrededor cientos de transistores estuvieran prendidos y transmitiendo al mismo tiempo.

Pasaron un par de semanas, me vestí y preparé para salir a regañadientes, tras ponerme el pantalón tome el cinturón el cual siempre ajustaba con el último orificio y para mi sorpresa, no fue suficiente para lograr ajustar mi pantalón. Quién sabe cuántos kilos había comenzado a perder después de convivir con esa bacteria que había tomado control sobre mí, metí la camisa dentro del pantalón para impedir que este se me cayera.

La reunión era en casa de Taka, sentados sobre cojines mientras comíamos botanas y demás comida chatarra me detuve a ver los rostros y expresiones de cada uno de los invitados, para mí en su mayoría eran completos desconocidos , radiantes e ingenuos no parecían darse cuenta de lo que sucedía, sentí envidia de ellos, estaba cansado, veía tantos reflejos y al final descubría que el mío era el único que seguía iluminando de igual forma, intermitente y débil. Mientras todos sonreían inmunes  a aquel trastorno,  algo sucedía, algo cambiaba y todos parecían pasarlo por alto, burlándose de chistes sin gracia, mientras adentro, llovía en mi corazón.

A menudo pensaba en Kazu y si en realidad había logrado combatir aquel mismo parásito que ahora habitaba en mi mente, sin embargo no me atrevía a preguntarle, no quería confesar que yo también empezaba a notar cambios en el mundo y en mi forma de percibirlo, era extraño; incluso para mí, quien siempre parecía reaccionar de forma más lento a las cosas.


Cabizbajo abandoné la biblioteca y al salir encontré por casualidad a Kenji y a Kaneda, eran dos sujetos extraños, de esos que parece puedes encontrarte en cualquier calle a cualquier hora. Nos sentamos al borde de la escalera del edificio y durante algunas horas nos dedicamos a ver pasar los transeúntes, me sentí con la suficiente confianza de contarles lo sucedido: la ansiedad constante, la fatiga, el insomnio, la pérdida de interés por todo en general y demás contingencias. 


Kenji y Kaneda se miraron mutuamente y echaron a reír, los miré confuso sin comprender; mientras Kaneda recuperaba el aliento, Kenji confesó que también habían experimentado los mismos síntomas, es más, habían aprendido a convivir y a burlarse de ello, no parecían exteriorizarlo pero me detuve a verlos con más detalle, la mirada cansada, el rostro demacrado e incluso la ansiedad en sus manos al prender sus cigarrillos.

Nihilistas, orgullosos de sus pensamientos negativos, comprendí que era su modo de vida, estoicos ante el colapso diario de la sociedad, escépticos ante el mundo y resignados a llevar la vida que habían elegido solo aguardaban a que la muerte llegase para acabar con el despropósito del ser que ahora convivía con ellos en su interior. En realidad sentí un poco de alivio, era más bien un consuelo de tontos, como si por estar los tres enfermos del mismo trastorno tuviéramos salvación.



Algo no estaba bien, era una cuestión de sanidad global, al principio era Kazu, ahora Kenji y Kaneda, incluso yo había caído enfermo  ¿A qué clase de virus me estaba enfrentando? Se trataba de un mal silencioso, que se propagaba sin dejar rastro, uno al que algunos parecía no afectar y que a otros les sumía en un estado de introspección y tristeza, un mal que aparentemente se sufría en silencio y que a  los más frágiles llegaba incluso a costarles la vida.





Resignado, bajo una pantalla de humo de aparente seguridad  e ironía decidí seguir existiendo, parte humano, parte fantasma, parte sombra, parte autómata, vivía como quien rebobina la misma escena una y otra vez. 

Sonó el timbre, eran las 12:00 del medio día y yo aún no me había bañado, sin afeitar y con el cabello alborotado me levanté y como pude atravesé la habitación en medio de la basura, ropa sucia y objetos que había acumulado en el suelo. Antes de abrir la puerta revisé mi reflejo en un espejo, un sujeto me miraba del otro lado, un sujeto de aspecto desaliñado y rostro calavérico, ojeroso y con una especie de delineado rojo alrededor de sus ojos, producto del insomnio, comprendí entonces que ya se había apoderado de mí. 

Del otro lado de la puerta Taka aguardaba impaciente, una sensación familiar me invadió. Abrí y la hice pasar, me apresuré  ycerré la puerta de mi habitación, avergonzado de mi desorden, le indiqué el sofá y la invité a que se sentara. Taka me observó por unos segundos antes de dirigirme la palabra, su expresión se tornó sería y exclamó ¿ Alguna vez has sentido que te invaden la ansiedad y la frustración? ¿Como si ya nada valiera la pena?

Me eché a reír. 






martes, 17 de julio de 2018

El dolor como alternativa



Sin hilos yo me sé mover yo puedo andar y hasta correr.
 Los tenía y los perdí soy libre y soy feliz.  
Nadie me maneja a mi. 
Viva la libertad, esto se llama vivir.
Por: Cristian Mora J
He estado pensando en el dolor. En el dolor como evidencia de lucha, como mezcla del placer de sentir, el apreciar la realidad y de aprender a valorar el estado de la nada, de no bloquear el sentir y responder ante un estímulo o herida llámese golpe, quemadura, cortada o presión.

Dolor, conciencia y libertad vienen de la mano, al ver nuestro reflejo extenuado en esa punzada que como un par de ojos negros profundo e infinitos nos atraviesan mientras sostienen la mirada y de pronto como si se tratase de una especie de filo nos atravesaran como quien penetra un charco de aguas turbias y espesas, sumergiéndose  tan hondo que incluso logra tocar los cimientos del alma.

Las noches se viven con dolor o con placer, según la perspectiva de cada quien, y cuando son del segundo tipo, por lo general son largas; en especial cuando se convive con la nefasta compañía de sí mismo. Son ocasiones en las que el dolor es intenso y se debe convivir con él y dejarlo ser. No hablo únicamente desde lo físico, a veces el dolor no está en una parte específica del cuerpo, sino en nuestra mente, y ese,  - amigos - es mucho más difícil de aliviar.

La esperanza de aquellos que cohabitan con el sufrimiento es el ver la luz de día una vez más para aminorar la tortura. No es como si esta se evaporara con el primer rayo de sol o como si con el amanecer el individuo volviera a sentirse sano, simplemente el día abre las puertas a la distracción, a la rutina y a dejar de lado por un momento el sentir para enfocarse en el que implica vivir la vida, mientras tanto y mientras giran las manecillas  pueden sentir cómo -  palpitante  - el dolor se apodera de su cabeza, recorriendo cada nervio y reduciendo su atención y enfocándola en aquel lugar donde duele la existencia.

¿Cuánta concentración se requiere para ignorar el dolor? ¿Equivale el dolor físico al dolor mental y acaso ambos son de igual forma superables?  Cuesta convencerse que todo aquel dolor debe ser canalizado, potenciado y enfocado en algo externo: la música, la escritura, el dibujo, la bebida, la meditación, la poesía, algo debe servir para evitar sumirse en aquel caos, pero a veces la respuesta más simple es aceptarlo, el resto viene por añadidura.

Me preguntaron alguna vez si tuviera que escoger vivir sin un sentido cuál escogería y respondí sin pensarlo que podría prescindir del tacto, no es una opinión popular, muchos prefieren privarse del olfato y el gusto antes que perder la capacidad de sentir.

Reconsiderando mi opinión, volví a otorgarle el valor que merece el tacto, la mayoría hacen esta elección basándose en sus experiencias placenteras a través de este sentido: la calidez de la piel sobre la piel, pisar hojas secas, el lado frío de la almohada, sentir la arena tibia bajo los pies o el escurrir del agua al tomar un baño.

Sin embargo creo que la verdadera razón que me hizo elegirlo como un sentido indispensable fue la de la necesidad de sentir dolor, hay morbo en el mismo sufrimiento, una especie de curiosidad que únicamente se sacia al conocer de primera mano una experiencia cercana al dolor punzante y verdadero.

Fue entonces cuando vino a mi mente la escena del 'Club de la Pelea' en la que Brad Pitt sujeta por la fuerza a Edward Norton y rocía sobre su mano con una especie de químico que quema la piel y lo obliga a experimentar el dolor, no a bloquearlo, sino a vivirlo, a sentirlo realmente, para sabernos finitos, una metáfora que revaluá la vida y nos recuerda que no existen atajos que si queremos algo tenemos que llegar hasta ello a través del dolor y el sacrificio, que existen cosas peores y que solo al perder el miedo al dolor podemos ser libres de todo.

Memento mori. 

viernes, 13 de julio de 2018

Ya nadie escribe cartas

No sé, quizá fue esa película de espías en la Segunda Guerra Mundial que pasaban en la televisión pero aquella noche no dormí y pude darme cuenta que mi amigo tampoco, cada uno sentado frente a la ventana esperaba  despierto a su destino con una canción de Scorpions de fondo.

Veo su silueta cruzar delante mío, ha pasado más de un año desde que nos vimos por primera y última vez para ubicarse justo en frente de mí, nos saludamos de forma torpe, tal como la primera vez, desconfiado beso su mejilla e intento avanzar. Huele a vainilla, pienso al apartarme.


Le cedo el paso y sube las escaleras con rapidez, me espera al borde del último escalón, se supone este debería ser un día muy importante para mi y sin embargo ella parece  más ansiosa que yo, me ve subir cansado y de forma risueña me toma del brazo; ella ni siquiera debería estar aquí y sin embargo permanece junto a mí, tal como debieron suceder las cosas.

https://youtu.be/EYyarcp5LtU

Alguien se dispone a dar un discurso y ella pronuncia mi nombre en voz alta, curiosos voltean a mirar y en silencio toma mi mano por debajo de la mesa. La miro cada que puedo para cerciorarme que sigue ahí; tomo entre mis manos uno de sus largos mechones castaños. Come frituras y se acerca a mi oído y hace todo el ruido posible mientras mastica.

En la muchedumbre ya se escucha entre susurros su nombre y el mío, reímos como quien quiere olvidar. Le pregunto cuánto tiempo se quedara, "mañana debo madrugar" dice con cierta tristeza y yo, con un vacío en el pecho y unas abrumadoras ganas de llorar me pregunto si quiero saber cómo terminará o si debo mantener con vida su recuerdo.

Me muevo a tientas y  a ciegas busco papel y lápiz, intentando no abrir los ojos y poder retener por unos segundos más su mirada fija en la mía.

Meet me tonight in dreamland

viernes, 22 de junio de 2018

¿Qué sueñan los perros cuando lloran?


"¡Ah miserable can! (...) Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida".- Charles Baudelaire.

Navega calle abajo el barco de papel que ha hecho algún niño, surca con valor la corriente que bordea el andén y sigue a flote a pesar de la fuerza con la que el agua lo golpea; parece que naufragará antes de llegar a alguna alcantarilla donde terminará de sucumbir entre suciedad y escombros. 


Breves incursiones en la lluvia, persigo sin propósito a los autos que cruzan la avenida en medio de ladridos y gruñidos; tras avanzar algunos metros me detengo y repito el proceso al sentir mis pupilas dilatarse frente a las luces de un nuevo auto que se aproxima. 

Este es solo un capricho más de osadía pues en realidad el agua ya ha borrado el rastro que podría llevarme de regreso a casa, me pierdo en medio de la noche y los autos como una forma de recordarme que existen cosas que pueden generar más miedo y al tiempo para recordarme lo cobarde que he sido en otras ocasiones que no lo ameritaban.


El silencio se apodera de la ciudad y el menor de los ruidos es motivo de asombro, "Toto, siento que ya no estamos en Kansas", me diría Dorothy, el problema es que mi nombre no es Toto  ni el de ella es Dorothy, ni vivimos en Kansas. Este no es el camino de ladrillos amarillos. 


Mis pezuñas resuenan contra el asfalto, las sombras que generan los postes de luz reflejan mis cuatro patas que avanzan con fuerza, soy libre de vagar una vez más, atravieso túneles, subo puentes y cruzo calles desiertas. A la noche no hay que temerle, hay que abrazarla y asumirla. 

Son más fuertes los sonidos en la noche, el corazón que palpita como un yunque cayendo con fuerza, el rumor del agua que corre en las alcantarillas y la cadena de los ciclistas que se aventuran a pedalear en la oscuridad.

Las horas muertas en las que  se conduce en sentido contrario y se cruzan los semáforos en rojo, en las que se deja a cualquier animal estampado contra el pavimento y al verlo agónico y herido prefieren huir con su cargo en su conciencia, Los humanos me resultan patéticos

Pues es en la oscuridad donde el hombre pierde su poder, sus ojos diseñados para ver únicamente de día se vuelven paranóicos y las ratas se toman las aceras corriendo con libertad, deslizándose con velocidad hasta que sus colas se pierden entre las grietas del pavimento.

Un gato se cruza en mi camino, es un gato blanco que contrasta con lo oscuro de la noche, lo he visto antes, se queda quieto mirándome, me detengo a pocos pasos de él, me mira, atento a mis movimientos. No puedo evitar jadear, tensa sus músculos antes de salir a correr, hoy no vale la pena perseguirlo.

Algunos nacen gatos, otros ratones o palomas, yo no elegí nacer perro,  a lo lejos otro can llora, implora por compañía ladrando y aullando a los cristales de una ventana. En la noche son pocas las almas que vagan por las calles, los fantasmas surgen de entre las carrileras ante los ojos anonadados de los conductores.

Anhelos de días pasados, días verdes con olor a tierra fresca, le sigo el paso mientras gorriones silban melodías singulares  ¿A dónde han ido?, ahora solo se atreven a salir con la lluvia, cuando no hay moros en la costa. Gorriones y cucarrones hacían mis días, solía escucharlos en la mañana,  cuando salíamos a caminar mientras veía al aire helado salir de mi húmeda nariz.


Los cucarrones sobrevuelan alrededor de su cabeza como si una flota de aviones rodeara a King Kong, vuelan en picado para aventurarse entre las nubes de su cabello mientras en el suelo, otros luchan fatigados bocarriba por volver a caminar en su posición original.

Corremos a través de la llanura uno al lado del otro, mis orejas se mecen al mismo ritmo que el viento eleva sus trenzas a medida que avanzamos, mi lengua al aire y mis ojos fijos en su pequeña figura sonriente y llena de inocencia.

Adelante de nosotros se divisan una serie de estructuras irreales y oníricas, arquitectura antigua hecha en piedra  exploramos cuevas a tientas mientras estalactitas cubren nuestras cabezas y paredes de colores azul y rosa pastel nos conducen a través de pasadizos y peldaños que derivan en recamaras de tronos y pintura rupestre. 

Entre las sombras escucho su voz apagarse mientras desaparece su silueta reflejada por las luces que se asoman a través de pequeñas gritas olfateo y corro con fuerza, ladro su nombre, para despertar confuso en la esquina de alguna calle sin nombre. 

Este recuerdo sucedió, quizá en otro lugar, en otra época y a lo mejor en otra vida, sigo corriendo pero esta vez tras la vieja  camioneta familiar que se aleja a toda velocidad dejando tras de sí una estela de humo y lodo sacudido por el motor y la tracción de las llantas. 

Confuso, sigo el vehículo y paso tras paso resuenan mis patas entre charco y charco, el pelo mojado entorpece mi persecución,, en medio de aquella noche solo logro divisar su cabellera rubia en la parte posterior de la camioneta haciéndose cada vez más pequeña antes que esta se aleje. El esfuerzo es en vano y pronto me encuentro solo y atemorizado, la cola y el alma abajo. Esto ya no es Kansas ni este es el camino de ladrillos amarillos, ¿A dónde vas Dorothy? ¿Es ese tu verdadero nombre? 

La primera de mis breves incursiones en la lluvia.