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| Fotografía Cristian Mora |
Como es costumbre, Dayro “Carro” Tobar, un
guerrillero del frente 15 del Bloque Sur de las Farc, hace su recorrido diario alrededor
del campamento que él y sus compañeros construyeron desde su llegada a El Diamante
en los Llanos del Yarí en el departamento del Caquetá.
De cerca lo sigue ‘Torres’, un perro criollo
que lo ha acompañado durante los últimos siete meses, tiempo en el que el
animal se ha convertido en un integrante más de esta fracción guerrillera.
Tobar obtuvo el alias de “Carro” por lo
arrebatado, o al menos esa es la explicación que da cuando le preguntan por su
sobrenombre, una personalidad arrebatada que lo llevó a tatuarse él mismo en su
pierna derecha, a los 15 años, una estrella de cinco puntas, “fue una locura,
no tiene significado, o tiene todos los significados que uno quiera, cada punta
podría representar cada nación que liberó Simón Bolívar”, dice.
Quizá fue ese mismo arrebato el
que lo llevó a ingresar a las Farc. Originaria de Santiago de La Selva,
Valparaíso en el Caquetá, Dayro y su familia,
compuesta por una hermana mayor y tres hermanos
menores, crecieron en una zona en continua disputa entre las Farc y los grupos paramilitares.
Para Dayro resultaba llamativo, según él, la disciplina con la que los
insurgentes de las Farc cumplían las órdenes, y sobre todo, la forma en que los
habitantes del lugar sentían confianza hacia la guerrilla. Todo esto hizo que
se inclinara por hacer parte del grupo alzado en armas.
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| Fotografía Valentina García |
‘Torres’ es ahora su familia. El perro sigue
con la mirada a su amo a medida que recorren todos los recovecos de este
campamento guerrillero. Tiene rasgos muy similares a los de un pastor alemán y
llegó junto a Tobar después de un largo viaje en lancha y carretera hasta San
Vicente del Caguán, lugar que será una de las zonas de concentración asignadas
por el Gobierno y estipuladas en los Acuerdos de Paz.
“Este perro no tiene más de un año, se lo
entregaron de cachorro a un muchacho, compañero mío de otro frente, estuvo con
él durante siete meses, en ese tiempo me encariñé mucho con el perro, y yo
siempre molestaba al muchacho ‘¡Me le voy a robar el perro, la verdad me lo voy
a robar!’, y así fue.
En marzo la columna móvil a la que pertenecía
Dayro cambió de planes y el guerrillero fue enviado al sur del país, para ese
momento, el can respondía más a las
órdenes de Tobar que del propio dueño, en vista de eso, este último antes de
que Dayro se marchara se le acercó y le dijo: “Coja al perro, cójalo y no lo
trate mal”.
‘Torres’ recibió el nombre en honor a Puerto
Torres en el Caquetá, otra región desolada por la violencia entre paras y
guerrilla. Esta zona para Dayro representa algo más que el origen del nombre
del perro. Por sus selvas, animales, petróleo y
la calidad de su gente, el Putumayo es el departamento que más recuerdos buenos
le trae a Tobar.
Él es el responsable de
alimentarlo. Siempre le sirve su comida a la misma hora en que el frente
desayuna, almuerza o cena, allá, en medio de la selva, no existen los lujos ni
el Purina, ni Nutre Can, ni el concentrado Hill’s, los perros han aprendido a
comer lo mismo que los humanos, crecen bajo las leyes de la selva y regresan a
sus orígenes lupinos.
Una vez en su caleta, Dayro se recuesta y unos
segundos más tarde, ya repuesto, hace un tour por su dormitorio, “esta es mi
caleta, ya con práctica se tarda más o menos unos 40 minutos en construir”,
dice mientras apoya su mano sobre un palo de madera que hace las veces de
toldillera. “Aquí duermo y en esa esquina duerme ‘Torres’”, explica señalando
un rincón cubierto de paja en el que se ha echado a descansar el perro.
“Aquí está mi fusil – dice mientras apunta con
su dedo a la horqueta de donde cuelga el arma-, pesa cerca de 11 libras, así
que al final mientras marchamos por la jungla cargamos cerca de 40 libras,
incluyendo nuestro chaleco en el que llevamos material de guerra como pistola y
balas, además de nuestra cantimplora y el machete”.
“Aquí dentro de mi morral llevo mi cobija,
toldillo, tres mudas de ropa y mis libros de estudio, los verdaderos profesores
de nosotros son los libros”, afirma. En el suelo permanecen algunos utensilios,
vasijas y cacerolas, al lado de una especie de talco para perro, todo da a
entender que son los elementos de aseo que Dayro ha asegurado para su mascota.
No es la primera vez que Dayro tiene un perro
en las Farc, incluso desde antes de su ingreso a la guerrilla en 2004, se
caracterizó por ser un amante de los animales, “quiero a los animales, son
lindos, pero son más lindos sueltos, hace un año nos acompañaba un perro
llamado ‘Casanueva’. Era de color negro, mis camaradas lo confundieron con un canaguaro, (un tigrillo) y de un totazo le dieron un hachazo en la
cabeza”.
Milagrosamente el perro sobrevivió, y los
guerrilleros que lo hirieron tuvieron la oportunidad de reivindicarse con el
animal y salvarle la vida. Un bombardeo
los tomó por sorpresa y el campamento se vio bajo ataque, Dayro, lejos del
perro en el momento del ataque lo creyó muerto y siguió adelante, sin embargo, al
rato sus compañeros aparecieron cargando a ‘Casanueva’.
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Imagen: Valentina García
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“En esa época los operativos eran duros. Cuando
tuvimos que movernos nuevamente la situación no nos permitía seguir con ‘Casanueva’,
por más que esté entrenado un perro, siempre puede poner en riesgo la
operación, lo tuvimos que dejar atrás”, admite con cierta tristeza.
“Tuve otro perro que lo llamé Rubiano, no sé,
siempre me ha gustado bautizar con apellidos a los animales, les da carácter. A
este perro lo llamábamos ‘El abuelo’. Era un perro labrador, ya viejo, ya no
tenía ni dientes el pobre, junto a él recorrimos el Putumayo, lo perdimos
durante otro bombardeo”, dice.
“Cuando estuve en el frente 32 se nos unió otro
perro, también viejo, lo llamábamos ‘Tucara’, para así poder hacer chistes cuando
nos preguntaran su nombre. Todos lo queríamos, murió de viejo y lo enterramos. Cuando
estuve en el frente 15 se nos pegó otro perro enfermo. Lo curé, lo bañé. El
perro tenía una mirada cruel, y tenía dos cicatrices muy marcadas en el rostro,
decidí llamarlo ‘Sámano’ como ese militar que mandó fusilar a La Pola. Dicen
que al perro esas heridas se las hizo un oso hormiguero cuando lo intentó
cazar, no sé pero su mirada era de puro Juan Sámano”, narra.
Dayro, conocedor de las junglas del país, sabe
bastante sobre la fauna colombiana, al menos la que habitan en los llanos y en
el sur del país, “durante los viajes uno puede ver dantas (tapires), ocarros (armadillos), canaguaros, osos hormigueros, osos perezosos, guaras (zorros) venados y muchos micos, de eso hay mucho, están los
churucos, los maizeros, los bebeleche,
hay unos que llamamos los soldados, porque son todos cari pintaos”, cuenta.
Explica que incluso ha visto a compañeros suyos
tener micos de mascota. Afirma que después de un tiempo todo animal se puede
amansar, incluso las serpientes. Pero sus compañeros no son los únicos que han
tenido animales exóticos como acompañantes, a Dayro no solo lo han acompañado
perros. Tuvo una iguana, la cual lo acompañaba durante las noches. Amante de
las peleas de gallo fino, Dayro incluso llegó a tener un gallinazo o chulo,
como parte de un insólito experimento.
“Dicen que si uno logra unir a una hembra de gallinazo con un gallo fino, sus
crías son mejores peleadores, pero que no basta con la primera generación, que
debe ser la segunda, la que creará un ave peleadora superior”, explica.
Ahora ‘Torres’ ocupa el lugar del mejor amigo
de Dayro. Ambos esperan que después de la firma de la paz le permitan
conservarlo y finalmente se pueda dedicar a la mecánica, “siempre he sido flojo
para el estudio, hay gente que nace para la política, pero lo político es
peligroso, soy un simple guerrillero de base, me gusta el trabajo en el campo,
sueño con la mecánica, he tenido la oportunidad de trabajar con motores, y
quiero aplicarlo, también me gustan las fundaciones y los programas a favor de
los animales, y ahora que el Gobierno nos va a ayudar, me gustaría que me dieran
mucha plata para alimentar a todos los perros sin hogar y que estos quedaran en
buenas manos”.
La filosofía de vida de Dayro siempre ha sido la de recoger lo que cada uno siembra
o como lo dice en sus propias “yo tengo un dicho: ‘Como lo trató el amo, así se
cría el perro’”, una sentencia que ahora con la finalización de un conflicto de
más de 50 años puede cobrar un nuevo significado para Dayro, quien está
convencido que la única guerra que debe librarse es la guerra por la
conservación de la naturaleza.