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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Dibujar la guerra, los bosquejos de Jairo Martínez

Fotografía: Cristian Mora

Antoine de Saint Exupéry, el famoso aviador relata en su libro cómo dibujó varias ovejas a petición del joven Principito, de igual forma le dibujó un elefante comido por una serpiente y finalmente le entregó un dibujo de una caja de agujeros con una oveja adentro, justo como la que el pequeño príncipe había imaginado.

Jhoiner García Moreno, alias ‘Jairo Martínez’, un guerrillero del Bloque Sur de las Farc, también gusta de dibujar en su cuaderno y su tiempo libre lo dedica a leer y a hacer trazos y retratos, incluso, cuando sus compañeros se lo piden también dibuja cosas para ellos. Jairo es uno de los guerrilleros que hizo historia en los Llanos del Yarí y asistió a la X Conferencia Guerrillera.

Antes de ingresar a la guerrilla y responder a este alias, Jhoiner era un joven estudiante de bachillerato perteneciente a la etnia indígena de los Coreguaje, un pueblo indígena que habita a orillas del río Orteguaza en el Caquetá y en las cercanías al río Mecaya en el Putumayo.

El olvido al que los Coreguaje y las tribus indígenas han sido condenadas a lo largo de la historia, hace pensar que Colombia es una tierra habitada por las mentes estrechas que el Principito encontró durante su viaje a través de la galaxia: reyes sin súbditos que dan órdenes, hombre de negocios que cuentan las estrellas y que de forma absurda las reclaman como propias, geógrafos absortos en la teoría pero que nunca han salido a explorar su cartografía, y borrachos que beben para olvidar que son borrachos.

Jhoiner descubrió esta realidad al viajar a través del país, “tuve la oportunidad de recorrer muchas partes del sur de Colombia como El Amazonas y Puerto Leguizamón en el Putumayo, viajé por el Caquetá e incluso estuve en Bogotá, durante ese recorrido vi mucha injusticia, gente que se cubría con cartones, otros que dormían en la calle, incluso en ocasiones uno tenía que pasar por encima de ellos para seguir su camino, y ver a esa gente es triste. A uno le dan ganas de llorar”. 

“Fue el primer dibujo que hice, no me quedó muy bonito, pero a mí me quedó gustando así que seguí dibujando, cualquier cosa que yo viera que estuviera a blanco y negro la dibujaba”.


Fue durante esta época en la que Jhoiner comenzó a dibujar, pasaba horas en la biblioteca de su colegio devorando libros y observando a otras personas con talento para el dibujo y aprendiendo de ellos. Recuerda que el primer dibujo que hizo fue el rostro de Gabriel García Márquez, incluso sin conocer de cerca las obras del nobel, “yo tenía muchas ganas de conseguir Cien años de soledad, pero nunca tuve la oportunidad, he escuchado que es muy bueno, pero no lo he encontrado”.

Pero incluso con una nueva pasión creciendo a través de la tinta y el papel, el horizonte no parecía muy alentador, sin garantías para estudiar, nacido en una región aislada y criado en el humilde hogar de su abuela o ‘su viejita’ como él la llama, García aún no tenía claro su futuro “mi familia quería que yo fuera profesor, pero no me llamaba la atención, por otro lado, me decían que ser abogado era algo importante. Yo iba con la idea de eso, terminar el estudio y comenzar una carrera”.

Finalmente en 2011 la vida de Jhoiner dio un giro inesperado cuando un grupo de guerrilleros le salió al paso y lo sorprendió mientras él caminaba por la carretera, “en mi familia me inculcaron que eran criminales y terroristas, yo les tenía miedo, siempre que los veía de lejos me escondía, no me dejaba ver de ellos, pasaban en gran número, pero esta vez me vieron, y el corazón se me salió del pecho”, dice.

Fotografía: Cristian Mora  "Un profesor universitario vino desde Bogotá y me dijo que yo tenía buena ortografía y buena letra, también eso lo anima mucho a uno, yo no sé mucho  pero sí manejo la ortografía, me defiendo con eso de las tildes, las comillas y las comas”.
El grupo de guerrilleros se acercó a Jhoiner y lo saludó normalmente, le hicieron las preguntas de rigor: ¿Cómo se llama? ¿De dónde viene? ¿Para dónde va? Incluso le ofrecieron chocolate, ese fue el momento en que este Principito de tierras mestizas decidió abandonar su tierra y explorar un nuevo universo, se mezcló entre los guerrilleros, miró hacia atrás por última vez y continuó.

Tras caminar algunos kilómetros, al grupo llegaron más guerrilleros, entre ellos el comandante de la unidad, quien al percatarse de la presencia de Jhoiner lo mandó a llamar. Durante una breve entrevista le explicó a Jhoiner todo lo referente a las Farc, el joven indígena, lleno de preguntas, sació su sed de información ¿Por qué andaban armados? ¿Por qué peleaban contra el Ejército? “Él me lo explicó todo, me aclaró que peleaban por defender las leyes del pueblo, me habló un poco del estudio y la vivienda, ahí me motivé para entrar a la guerrilla”.

A partir de ese momento Jhoiner adquirió una nueva identidad, ahora respondía al alias de Jairo, un nombre que con el tiempo se convirtió en el de Jairo Martínez, un antiguo militante del frente que murió antes de la llegada de Jhoiner al campamento. 

“El nombre me gusta, es en homenaje a un camarada, yo no lo conocí pero lo he visto en fotos, supuestamente porque me parecía mucho a él”. 

Después de recibir el entrenamiento militar correspondiente, fue asignado a una unidad de orden público y tan solo una semana después se vio envuelto en su primer hostigamiento, “los primeros días uno siente muchos nervios, ya que nunca ha disparado, nunca ha escuchado los tiros. Durante el combate uno no sabe qué hacer, si salir corriendo o no, pero con el tiempo uno se adapta a esa vida, se pierde el miedo”.

Además de su predilección por la obra de Saint Exupéry, Jairo reconoce la influencia que ha tenido en su vida el libro “La guerra no tiene rostro de mujer”, de Svetlana Aleksiévich, la nobel de literatura.


Jairo Martínez aprecia los últimos seis años que ha pasado en las filas de las Farc, e incluso está pensando en pedir una caja de colores nueva para seguir dibujando, “si uno quiere en verdad prepararse aquí, uno lo plantea, expone las propuestas, dudas o sugerencias. El que no aprende las cosas aquí es porque no quiere, porque aquí existen todas las posibilidades de aprender, prácticamente la guerrilla es una escuela”.


De cara al Acuerdo de Paz y al fin del conflicto entre el Estado y las Farc, Jhoiner habla sobre su futuro: “Si me le dan la oportunidad yo continuaré estudiando. Estudiaría todo lo que tiene que ver con los Derechos Humanos, juegan un papel muy importante a nivel mundial porque se trata de defender al pueblo, ese es mi sueño”.

A la espera de una conclusión, Jairo seguirá ahí, esperando el momento en que pueda reemplazar definitivamente su fusil por un lienzo y un pincel, con los cuales, seguirá apostándole a la revolución, pero está vez, trazará una nueva historia a través del arte y la expresión gráfica.


sábado, 1 de octubre de 2016

Un perro y un fusil, los mejores amigos de un guerrillero de las Farc

Fotografía Cristian Mora
Como es costumbre, Dayro “Carro” Tobar, un guerrillero del frente 15 del Bloque Sur de las Farc, hace su recorrido diario alrededor del campamento que él y sus compañeros construyeron desde su llegada a El Diamante en los Llanos del Yarí en el departamento del Caquetá.

De cerca lo sigue ‘Torres’, un perro criollo que lo ha acompañado durante los últimos siete meses, tiempo en el que el animal se ha convertido en un integrante más de esta fracción guerrillera.

Tobar obtuvo el alias de “Carro” por lo arrebatado, o al menos esa es la explicación que da cuando le preguntan por su sobrenombre, una personalidad arrebatada que lo llevó a tatuarse él mismo en su pierna derecha, a los 15 años, una estrella de cinco puntas, “fue una locura, no tiene significado, o tiene todos los significados que uno quiera, cada punta podría representar cada nación que liberó Simón Bolívar”, dice.

Quizá fue ese mismo arrebato el que lo llevó a ingresar a las Farc. Originaria de Santiago de La Selva, Valparaíso en el Caquetá, Dayro y su familia, compuesta por una hermana mayor y tres hermanos menores, crecieron en una zona en continua disputa entre las Farc y los grupos paramilitares. Para Dayro resultaba llamativo, según él, la disciplina con la que los insurgentes de las Farc cumplían las órdenes, y sobre todo, la forma en que los habitantes del lugar sentían confianza hacia la guerrilla. Todo esto hizo que se inclinara por hacer parte del grupo alzado en armas.

Fotografía Valentina García


‘Torres’ es ahora su familia. El perro sigue con la mirada a su amo a medida que recorren todos los recovecos de este campamento guerrillero. Tiene rasgos muy similares a los de un pastor alemán y llegó junto a Tobar después de un largo viaje en lancha y carretera hasta San Vicente del Caguán, lugar que será una de las zonas de concentración asignadas por el Gobierno y estipuladas en los Acuerdos de Paz.

“Este perro no tiene más de un año, se lo entregaron de cachorro a un muchacho, compañero mío de otro frente, estuvo con él durante siete meses, en ese tiempo me encariñé mucho con el perro, y yo siempre molestaba al muchacho ‘¡Me le voy a robar el perro, la verdad me lo voy a robar!’, y así fue.
En marzo la columna móvil a la que pertenecía Dayro cambió de planes y el guerrillero fue enviado al sur del país, para ese momento, el can respondía más a las órdenes de Tobar que del propio dueño, en vista de eso, este último antes de que Dayro se marchara se le acercó y le dijo: “Coja al perro, cójalo y no lo trate mal”.

‘Torres’ recibió el nombre en honor a Puerto Torres en el Caquetá, otra región desolada por la violencia entre paras y guerrilla. Esta zona para Dayro representa algo más que el origen del nombre del perro. Por sus selvas, animales, petróleo y la calidad de su gente, el Putumayo es el departamento que más recuerdos buenos le trae a Tobar.


Él es el responsable de alimentarlo. Siempre le sirve su comida a la misma hora en que el frente desayuna, almuerza o cena, allá, en medio de la selva, no existen los lujos ni el Purina, ni Nutre Can, ni el concentrado Hill’s, los perros han aprendido a comer lo mismo que los humanos, crecen bajo las leyes de la selva y regresan a sus orígenes lupinos.

Una vez en su caleta, Dayro se recuesta y unos segundos más tarde, ya repuesto, hace un tour por su dormitorio, “esta es mi caleta, ya con práctica se tarda más o menos unos 40 minutos en construir”, dice mientras apoya su mano sobre un palo de madera que hace las veces de toldillera. “Aquí duermo y en esa esquina duerme ‘Torres’”, explica señalando un rincón cubierto de paja en el que se ha echado a descansar el perro.

“Aquí está mi fusil – dice mientras apunta con su dedo a la horqueta de donde cuelga el arma-, pesa cerca de 11 libras, así que al final mientras marchamos por la jungla cargamos cerca de 40 libras, incluyendo nuestro chaleco en el que llevamos material de guerra como pistola y balas, además de nuestra cantimplora y el machete”.

“Aquí dentro de mi morral llevo mi cobija, toldillo, tres mudas de ropa y mis libros de estudio, los verdaderos profesores de nosotros son los libros”, afirma. En el suelo permanecen algunos utensilios, vasijas y cacerolas, al lado de una especie de talco para perro, todo da a entender que son los elementos de aseo que Dayro ha asegurado para su mascota.

No es la primera vez que Dayro tiene un perro en las Farc, incluso desde antes de su ingreso a la guerrilla en 2004, se caracterizó por ser un amante de los animales, “quiero a los animales, son lindos, pero son más lindos sueltos, hace un año nos acompañaba un perro llamado ‘Casanueva’. Era de color negro, mis camaradas lo confundieron con un canaguaro, (un tigrillo) y de un totazo le dieron un hachazo en la cabeza”.

Milagrosamente el perro sobrevivió, y los guerrilleros que lo hirieron tuvieron la oportunidad de reivindicarse con el animal y salvarle la vida.  Un bombardeo los tomó por sorpresa y el campamento se vio bajo ataque, Dayro, lejos del perro en el momento del ataque lo creyó muerto y siguió adelante, sin embargo, al rato sus compañeros aparecieron cargando a ‘Casanueva’.
Imagen: Valentina García

“En esa época los operativos eran duros. Cuando tuvimos que movernos nuevamente la situación no nos permitía seguir con ‘Casanueva’, por más que esté entrenado un perro, siempre puede poner en riesgo la operación, lo tuvimos que dejar atrás”, admite con cierta tristeza.

“Tuve otro perro que lo llamé Rubiano, no sé, siempre me ha gustado bautizar con apellidos a los animales, les da carácter. A este perro lo llamábamos ‘El abuelo’. Era un perro labrador, ya viejo, ya no tenía ni dientes el pobre, junto a él recorrimos el Putumayo, lo perdimos durante otro bombardeo”, dice.
“Cuando estuve en el frente 32 se nos unió otro perro, también viejo, lo llamábamos ‘Tucara’, para así poder hacer chistes cuando nos preguntaran su nombre. Todos lo queríamos, murió de viejo y lo enterramos. Cuando estuve en el frente 15 se nos pegó otro perro enfermo. Lo curé, lo bañé. El perro tenía una mirada cruel, y tenía dos cicatrices muy marcadas en el rostro, decidí llamarlo ‘Sámano’ como ese militar que mandó fusilar a La Pola. Dicen que al perro esas heridas se las hizo un oso hormiguero cuando lo intentó cazar, no sé pero su mirada era de puro Juan Sámano”, narra.

Dayro, conocedor de las junglas del país, sabe bastante sobre la fauna colombiana, al menos la que habitan en los llanos y en el sur del país, “durante los viajes uno puede ver dantas (tapires), ocarros (armadillos), canaguaros, osos hormigueros, osos perezosos, guaras (zorros) venados y muchos micos, de eso hay mucho, están los churucos, los maizeros, los bebeleche, hay unos que llamamos los soldados, porque son todos cari pintaos”, cuenta.

Explica que incluso ha visto a compañeros suyos tener micos de mascota. Afirma que después de un tiempo todo animal se puede amansar, incluso las serpientes. Pero sus compañeros no son los únicos que han tenido animales exóticos como acompañantes, a Dayro no solo lo han acompañado perros. Tuvo una iguana, la cual lo acompañaba durante las noches. Amante de las peleas de gallo fino, Dayro incluso llegó a tener un gallinazo o chulo, como parte de un insólito experimento.

“Dicen que si uno logra unir a una hembra de gallinazo con un gallo fino, sus crías son mejores peleadores, pero que no basta con la primera generación, que debe ser la segunda, la que creará un ave peleadora superior”, explica.


Ahora ‘Torres’ ocupa el lugar del mejor amigo de Dayro. Ambos esperan que después de la firma de la paz le permitan conservarlo y finalmente se pueda dedicar a la mecánica, “siempre he sido flojo para el estudio, hay gente que nace para la política, pero lo político es peligroso, soy un simple guerrillero de base, me gusta el trabajo en el campo, sueño con la mecánica, he tenido la oportunidad de trabajar con motores, y quiero aplicarlo, también me gustan las fundaciones y los programas a favor de los animales, y ahora que el Gobierno nos va a ayudar, me gustaría que me dieran mucha plata para alimentar a todos los perros sin hogar y que estos quedaran en buenas manos”.

La filosofía de vida de Dayro siempre ha sido la de recoger lo que cada uno siembra o como lo dice en sus propias “yo tengo un dicho: ‘Como lo trató el amo, así se cría el perro’”, una sentencia que ahora con la finalización de un conflicto de más de 50 años puede cobrar un nuevo significado para Dayro, quien está convencido que la única guerra que debe librarse es la guerra por la conservación de la naturaleza.