sábado, 1 de octubre de 2016

Un perro y un fusil, los mejores amigos de un guerrillero de las Farc

Fotografía Cristian Mora
Como es costumbre, Dayro “Carro” Tobar, un guerrillero del frente 15 del Bloque Sur de las Farc, hace su recorrido diario alrededor del campamento que él y sus compañeros construyeron desde su llegada a El Diamante en los Llanos del Yarí en el departamento del Caquetá.

De cerca lo sigue ‘Torres’, un perro criollo que lo ha acompañado durante los últimos siete meses, tiempo en el que el animal se ha convertido en un integrante más de esta fracción guerrillera.

Tobar obtuvo el alias de “Carro” por lo arrebatado, o al menos esa es la explicación que da cuando le preguntan por su sobrenombre, una personalidad arrebatada que lo llevó a tatuarse él mismo en su pierna derecha, a los 15 años, una estrella de cinco puntas, “fue una locura, no tiene significado, o tiene todos los significados que uno quiera, cada punta podría representar cada nación que liberó Simón Bolívar”, dice.

Quizá fue ese mismo arrebato el que lo llevó a ingresar a las Farc. Originaria de Santiago de La Selva, Valparaíso en el Caquetá, Dayro y su familia, compuesta por una hermana mayor y tres hermanos menores, crecieron en una zona en continua disputa entre las Farc y los grupos paramilitares. Para Dayro resultaba llamativo, según él, la disciplina con la que los insurgentes de las Farc cumplían las órdenes, y sobre todo, la forma en que los habitantes del lugar sentían confianza hacia la guerrilla. Todo esto hizo que se inclinara por hacer parte del grupo alzado en armas.

Fotografía Valentina García


‘Torres’ es ahora su familia. El perro sigue con la mirada a su amo a medida que recorren todos los recovecos de este campamento guerrillero. Tiene rasgos muy similares a los de un pastor alemán y llegó junto a Tobar después de un largo viaje en lancha y carretera hasta San Vicente del Caguán, lugar que será una de las zonas de concentración asignadas por el Gobierno y estipuladas en los Acuerdos de Paz.

“Este perro no tiene más de un año, se lo entregaron de cachorro a un muchacho, compañero mío de otro frente, estuvo con él durante siete meses, en ese tiempo me encariñé mucho con el perro, y yo siempre molestaba al muchacho ‘¡Me le voy a robar el perro, la verdad me lo voy a robar!’, y así fue.
En marzo la columna móvil a la que pertenecía Dayro cambió de planes y el guerrillero fue enviado al sur del país, para ese momento, el can respondía más a las órdenes de Tobar que del propio dueño, en vista de eso, este último antes de que Dayro se marchara se le acercó y le dijo: “Coja al perro, cójalo y no lo trate mal”.

‘Torres’ recibió el nombre en honor a Puerto Torres en el Caquetá, otra región desolada por la violencia entre paras y guerrilla. Esta zona para Dayro representa algo más que el origen del nombre del perro. Por sus selvas, animales, petróleo y la calidad de su gente, el Putumayo es el departamento que más recuerdos buenos le trae a Tobar.


Él es el responsable de alimentarlo. Siempre le sirve su comida a la misma hora en que el frente desayuna, almuerza o cena, allá, en medio de la selva, no existen los lujos ni el Purina, ni Nutre Can, ni el concentrado Hill’s, los perros han aprendido a comer lo mismo que los humanos, crecen bajo las leyes de la selva y regresan a sus orígenes lupinos.

Una vez en su caleta, Dayro se recuesta y unos segundos más tarde, ya repuesto, hace un tour por su dormitorio, “esta es mi caleta, ya con práctica se tarda más o menos unos 40 minutos en construir”, dice mientras apoya su mano sobre un palo de madera que hace las veces de toldillera. “Aquí duermo y en esa esquina duerme ‘Torres’”, explica señalando un rincón cubierto de paja en el que se ha echado a descansar el perro.

“Aquí está mi fusil – dice mientras apunta con su dedo a la horqueta de donde cuelga el arma-, pesa cerca de 11 libras, así que al final mientras marchamos por la jungla cargamos cerca de 40 libras, incluyendo nuestro chaleco en el que llevamos material de guerra como pistola y balas, además de nuestra cantimplora y el machete”.

“Aquí dentro de mi morral llevo mi cobija, toldillo, tres mudas de ropa y mis libros de estudio, los verdaderos profesores de nosotros son los libros”, afirma. En el suelo permanecen algunos utensilios, vasijas y cacerolas, al lado de una especie de talco para perro, todo da a entender que son los elementos de aseo que Dayro ha asegurado para su mascota.

No es la primera vez que Dayro tiene un perro en las Farc, incluso desde antes de su ingreso a la guerrilla en 2004, se caracterizó por ser un amante de los animales, “quiero a los animales, son lindos, pero son más lindos sueltos, hace un año nos acompañaba un perro llamado ‘Casanueva’. Era de color negro, mis camaradas lo confundieron con un canaguaro, (un tigrillo) y de un totazo le dieron un hachazo en la cabeza”.

Milagrosamente el perro sobrevivió, y los guerrilleros que lo hirieron tuvieron la oportunidad de reivindicarse con el animal y salvarle la vida.  Un bombardeo los tomó por sorpresa y el campamento se vio bajo ataque, Dayro, lejos del perro en el momento del ataque lo creyó muerto y siguió adelante, sin embargo, al rato sus compañeros aparecieron cargando a ‘Casanueva’.
Imagen: Valentina García

“En esa época los operativos eran duros. Cuando tuvimos que movernos nuevamente la situación no nos permitía seguir con ‘Casanueva’, por más que esté entrenado un perro, siempre puede poner en riesgo la operación, lo tuvimos que dejar atrás”, admite con cierta tristeza.

“Tuve otro perro que lo llamé Rubiano, no sé, siempre me ha gustado bautizar con apellidos a los animales, les da carácter. A este perro lo llamábamos ‘El abuelo’. Era un perro labrador, ya viejo, ya no tenía ni dientes el pobre, junto a él recorrimos el Putumayo, lo perdimos durante otro bombardeo”, dice.
“Cuando estuve en el frente 32 se nos unió otro perro, también viejo, lo llamábamos ‘Tucara’, para así poder hacer chistes cuando nos preguntaran su nombre. Todos lo queríamos, murió de viejo y lo enterramos. Cuando estuve en el frente 15 se nos pegó otro perro enfermo. Lo curé, lo bañé. El perro tenía una mirada cruel, y tenía dos cicatrices muy marcadas en el rostro, decidí llamarlo ‘Sámano’ como ese militar que mandó fusilar a La Pola. Dicen que al perro esas heridas se las hizo un oso hormiguero cuando lo intentó cazar, no sé pero su mirada era de puro Juan Sámano”, narra.

Dayro, conocedor de las junglas del país, sabe bastante sobre la fauna colombiana, al menos la que habitan en los llanos y en el sur del país, “durante los viajes uno puede ver dantas (tapires), ocarros (armadillos), canaguaros, osos hormigueros, osos perezosos, guaras (zorros) venados y muchos micos, de eso hay mucho, están los churucos, los maizeros, los bebeleche, hay unos que llamamos los soldados, porque son todos cari pintaos”, cuenta.

Explica que incluso ha visto a compañeros suyos tener micos de mascota. Afirma que después de un tiempo todo animal se puede amansar, incluso las serpientes. Pero sus compañeros no son los únicos que han tenido animales exóticos como acompañantes, a Dayro no solo lo han acompañado perros. Tuvo una iguana, la cual lo acompañaba durante las noches. Amante de las peleas de gallo fino, Dayro incluso llegó a tener un gallinazo o chulo, como parte de un insólito experimento.

“Dicen que si uno logra unir a una hembra de gallinazo con un gallo fino, sus crías son mejores peleadores, pero que no basta con la primera generación, que debe ser la segunda, la que creará un ave peleadora superior”, explica.


Ahora ‘Torres’ ocupa el lugar del mejor amigo de Dayro. Ambos esperan que después de la firma de la paz le permitan conservarlo y finalmente se pueda dedicar a la mecánica, “siempre he sido flojo para el estudio, hay gente que nace para la política, pero lo político es peligroso, soy un simple guerrillero de base, me gusta el trabajo en el campo, sueño con la mecánica, he tenido la oportunidad de trabajar con motores, y quiero aplicarlo, también me gustan las fundaciones y los programas a favor de los animales, y ahora que el Gobierno nos va a ayudar, me gustaría que me dieran mucha plata para alimentar a todos los perros sin hogar y que estos quedaran en buenas manos”.

La filosofía de vida de Dayro siempre ha sido la de recoger lo que cada uno siembra o como lo dice en sus propias “yo tengo un dicho: ‘Como lo trató el amo, así se cría el perro’”, una sentencia que ahora con la finalización de un conflicto de más de 50 años puede cobrar un nuevo significado para Dayro, quien está convencido que la única guerra que debe librarse es la guerra por la conservación de la naturaleza. 

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