Abraham Lincoln luchó por los derechos de la población de color en los Estados Unidos y logró la abolición de la esclavitud en 1863. Fue un partidario de la reconciliación, de la unión, un opositor de la represión, la desigualdad, y siempre estuvo firme en su posición, porque creía en sus ideales.
Simón Bolívar logró unir a muchas naciones bajo una misma promesa de un pueblo latinoamericano, bajo el mismo propósito de alcanzar la libertad, promesa que cumplió y por la que hoy contamos con Estados independientes.
Hoy, vergonzosamente abanderado con los estandartes de Simón Bolívar, el presidente venezolano Nicolás Maduro, busca “proteger” a su nación cerrando las fronteras con Colombia y desplazando forzosamente a numerosos habitantes de la zona limítrofe. Somos testigos de cómo miles colombianos cruzan el río Táchira en la frontera con Venezuela con sus objetos a cuestas, dejando atrás sus vidas, vidas que llevaban con completa normalidad, muchos deportados, otros con el temor de ser expulsados, hombres y mujeres que trabajaban, niños que asistían a las escuelas y ancianos que disfrutaban de sus últimos años tranquilamente son hoy los protagonistas del incierto panorama de la frontera.
Con esta medida, Maduro busca acabar con el crimen y la escasez que se vive en Venezuela, una utopía si me lo preguntan, y seguirá siendo una utopía hasta que este régimen obstinado y totalitario que se encuentra en el poder, abdique. Han sido sus medidas las que hoy tienen en una injusta escasez de víveres y de oportunidades a una tierra que en otros tiempos fue sinónimo de bonanza.
El escenario es desesperanzador, una misma urbanidad, ha sido dividida por las alambradas puestas por orden del presidente Nicolás Maduro, al mejor estilo de la segunda guerra mundial, época en la que las viviendas y locales judíos eran marcadas y violentadas, mientras sus ocupantes eran desplazados a lugares sombríos como el Gueto de Varsovia, llevando en sus ropas una estrella de David que los identificara, hoy, cuando creíamos que no volveríamos a presenciar algo parecido, vemos como familias enteras son separadas, mientras sus casas son marcadas con una enorme “D”, de demolición o deportación, o una “R”, de revisión, un escenario bastante Hitleriano si me lo preguntan.
Mientras esto sucede y miles de personas cruzan la frontera sin una respuesta acertada a lo que está pasando, el mundo observa en silencio, indolente, una vez más, conscientes de que lo que se vive en Venezuela es un atentado contra los derechos humanos.
Esta noche, mientras miles de colombianos aguardan a que su destino sea definido, desde su confortable estancia en el Palacio de Miraflores, Nicolás Maduro aguarda a que un fugaz pensamiento de lucidez vuelva a cruzar su mente y se decida a resolver este incomodo suceso fronterizo. ¿Es está la actitud de un mandatario?
¿Qué es lo que está sucediendo que en pleno siglo XXI nos volvemos a encontrar con episodios que implican que la nacionalidad o nuestro lugar de origen sean motivo de disputa?
Esto en realidad no es nuevo, el conflicto israelí-palestino es una constante de este fenómeno, el control de Jerusalén ha llevado a estas dos naciones a enfrentarse desde principios del siglo XX a dos Estados que insisten en no reconocerse mutuamente. El resultado de esta disputa es un constante ataque a los derechos humanos y a la población civil, que una vez más, paga las consecuencias de las decisiones tomadas por sus gobernantes.
El panorama no es alentador, en los Estados Unidos, un candidato republicano que ha declarado abiertamente una guerra contra los inmigrantes latinoamericanos, se encuentra posicionado en el primer lugar en las encuestas de intenciones de voto, lo que demuestra varias cosas, entre ellas, que existen numerosas personas con su mismo pensamiento. Quizá Donald Trump no lo sepa, pero se está encargando de sembrar una semilla de xenofobia en su país que ha costado a muchas personas erradicar con el paso del tiempo.
Hoy, Donald Trump es el representante de aquel mismo partido que fundó Abraham Lincoln, aquel abanderado en contra de la esclavitud que seguramente se opondría a las motivaciones xenofóbicas que motivan a Trump a garantizar su lugar en la Casa Blanca y que hoy amenazan con deportar a 11 millones de inmigrantes en los Estados Unidos.
Nicolás Maduro es una figura tan preocupante y peligrosa como Donald Trump, personajes ególatras, tercos, cegados por el poder y que carecen de una capacidad de comprender al prójimo. ¿Es posible que dos personas ubicadas en los extremos opuestos de las ideologías capitalistas y socialistas, tan diferentes en sus orígenes puedan llegar a ser tan coincidentes? Sería un buen momento para citar a Jorge Franco, el periodista que desafió al candidato republicano durante una rueda de prensa. “Donald Trump o Nicolás Maduro son personajes que gustan de culpar a los más débiles”.








