"Siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección". E.S
Recordé la noche en que Leah me habló sobre la frase que vio en algún lugar, una frase de un autor cuyo nombre tampoco pudo recordar, tan poco la frase exacta pero me dijo que era algo similar a que se aprende a morir del caer de las hojas.
- Parece algo natural porque después de todo las hojas caen, pero el árbol sigue allí - me dijo
- Que cambien las hojas más no las raíces - le respondí
Caminábamos a través de un sendero, los árboles, con follaje tupido y ramas que se entrelazaban a su alrededor impedían observar el cielo de aquella fría noche de diciembre. El viento soplaba con fuerza en dirección contraria a nosotros, podía ver el aliento helado que exhalaba Leah con su boca al hablar.
Antes de cruzar la calle Leah se detuvo y miró a su izquierda por donde en medio de la oscuridad se adivinaba lo que era el inicio de una empinada calle adornada por un colorido alumbrado navideño.
- Deberíamos tomar una fotografía - exclamó. Me quedé en silencio esperando a que sacara su cámara fotográfica, sin embargo ella seguía inmóvil, parada a un costado de la acera mirando fijamente la calle y su alumbrado, pasados unos segundos, Leah cerró los ojos, volteo a mirarme sonrió y continuó la marcha; pensé que había preferido no hacerlo así que la sigue como si nada hubiera pasado. En el momento no lo comprendí.
Caen las hojas amarillentas y marchitas, decididas ceden a la gravedad y se mecen en el aire para posarse sobre el suelo con suavidad y morir a los pies de su creador. Aprender a morir no es quizá lo más difícil, la muerte llega y con suerte no hay tiempo de asimilarla. Lo más difícil es continuar la existencia y fingir que la vida puede seguir igual a pesar de que las personas van muriendo, física o metafóricamente incluso si no es así. Leah lo sabía y murió aquella misma noche, dejando aquel peso en mis hombros.
Hay una especie de dolor placentero en visitar lugares que fueron y ya no son, pararse sobre la misma baldosa o el mismo pedazo de tierra, mirar hacia la misma dirección y pensar, aquí estuve yo hace tantos años, cuánto ha cambiado desde entonces, a esos lugares los llamo cementerios de elefantes.
La tienda de música que alguna vez brilló y que años después quebró y fue reemplazada por una tienda de marca más como tantas otras que ahora abundan en la ciudad, la cancha de tenis o de fútbol donde se jugaba con los amigos del barrio, el colegio lleno de nuevas generaciones que ignoran toda la historia detrás de sus paredes o el grabado con bisturí que existe en algún pupitre con nuestra firma personal.
A veces no son los lugares los que duelen o se extrañan sino los momentos y las personas con las que se compartió en ese mismo espacio, las mismas canciones son espacios en sí mismas donde una vez es ligada una canción o un artista a cierta persona a pesar de que esta no lo sepa, le pertenecerá para siempre, al menos en nuestra construcción de un mundo.
Visité mi cementerio de elefantes, aquel mismo lugar en el que enterré a Leah y no pude evitar pensar en las veces que me había cruzado a alguien conocido en la calle, las veces en las que había saludado de lejos al eventual personaje, y las otras ocasiones en las que me había detenido lo suficiente para entablar una conversación, y por supuesto, las numerosas ocasiones en las que había preferido bajar la mirada y ver el extraño comportamiento de mis pies al andar.
Cuando preferí ponerme los audífonos, subir el cuello de mi abrigo, ponerme la capota de mi chaqueta e inclinar la cabeza antes que saludar a aquella persona, todo con el fin de evitar un incómodo momento en que ninguno habría tenido nada que decir y que probablemente ninguna de las dos personas hubiera querido tener, en la mayoría de ocasiones lograba ver a las personas antes de que estas se percataran de mi presencia, eso o son realmente buenos fingiendo su aparente distracción y ensoñamiento, pensé que por más atento que se pueda ser en la calle, muchas personas habrán hecho conmigo lo mismo y habrían logrado esquivarme antes de que me percatara.
Hoy volví a pasar por aquella calle que Leah se detuvo a mirar esa noche. fue en ese momento que comprendí que Leah sí había tomado una fotografía, mejor aún ¡había capturado un momento!, se trataba de una imagen mental que había guardado para sí misma, no de la forma que lo habría hecho una fotografía ordinaria sino de la forma más subjetiva y personal de todas, una imagen que no solo permite capturar algo como el frío, la fuerza con la que el viento agita las ramas de los árboles o la tonalidad con la que las luces iluminan la calle, esta fotografía en sí misma también encerraba pensamientos y sensaciones únicas que nunca conocería otra persona.
Ahora ni siquiera es de noche, es una simple tarde de junio en la que los trabajadores pasan junto a mí, distraídos se atraviesan y me impiden capturar con claridad, hace calor, la ciudad es ensordecedora y Leah ya no me acompaña, cierro los ojos y lo único que puedo ver es una hoja caer frente a mí. También debí tomar una fotografía.








