miércoles, 17 de mayo de 2017

Gárgola



Hay momentos en los que siento la necesidad de estar solo, me dirijo a tomar el bus, un rostro conocido entre la multitud, prefiero entonces seguir caminando quién sabe cuántos kilómetros antes que compartir un espacio por horas con alguien a quien no quiero ver. 

Elijo quedarme solo cuando todos se desvanecen con el reloj, vago como siempre, me detengo frente a una puerta, del otro lado, vida. Solo debo girar el picaporte, escucho voces del otro lado y entonces decido alejarme, elijo la muerte y una vez más poso los audífonos sobre mi cabeza y doy media vuelta.  Mis pasos sobre los charcos, como esa noche que elegí irme y perderme entre la música de Fito Páez, Sam Cooke y Cat Stevens I  know I have to go away.

Fui deshumanizado ¿Es esa la imagen que la gente tiene de mí? Una gárgola que observa todo desde su pedestal en la cúspide de alguna catedral barroca, inmutable, mi reacción sin emoción confirma su teoría: lo soy.

Pateo una tapa de cerveza, o quizá sea de gaseosa, no logro distinguirlo en la oscuridad ¿Fue mi calma y silencio lo que me ha despojado de mis tejidos o fue acaso el diestro cincel de un artesano del medioevo el que ha dotado de ciertas fisuras humanas mi piel rocosa?

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