lunes, 16 de octubre de 2017

Presagio de libertad



"Los hombres verdaderamente grandes deben, en mi concepto, experimentar una inmensa tristeza en la tierra" - Crimen y Castigo - Fiodor Dostoievski

Fui presa de la tristeza y pasó un mes sin que escribiera, o bueno al menos sin que escribiera aquí, eso jamás había pasado y no porque fuera una obligación escribir algo de forma mensual, era una forma de asegurarme de escribir todo a tiempo, de anotar cada detalle, de no dejar nada al azar, no pasar nada por alto  y releer las cosas con más tiempo.

Pienso al respecto como una especie de Albus Dumbledore que acude a su pensador cada vez que puede para repasar momentos de su vida. El punto es que me sentí algo decepcionado de no escribir aquí, enfoqué toda mi atención y mis ideas a lo que aspiro me de de comer algún día, pero en parte sentí una especie de traición, casi como si vendiera mi trabajo, - con mi blog no sucede así - mi blog es un refugio perdido entre el bosque, al que se accede únicamente con la guía correcta, permanece a salvo de miradas hostiles o al menos indeseadas hasta donde sé.

¿Qué me impidió escribir? Hay causas que nacen perdidas, han sido meses de mierda en los que no he querido hacer nada, salgo y llego a mi apartamento como un roedor nervioso que cruza las escaleras para no encontrarse con sus vecinos, asisto a la universidad como una autómata, casi como un compromiso, por ese maldito sentido del deber que me obliga a levantarme e ir a ver a profesores de los que no aprendo y encontrarme a compañeros que no tolero todo para obtener un maldito diploma que avale que soy capaz de hacer lo que amo, así me tienes sociedad.

Mi misantropía ha alcanzado niveles drásticos y preocupantes de un tiempo para acá, me ausenté incuso de mi blog pero por fortuna escribí un poco de aquello que deje de escribir aquí en mi fiel agenda: fue una época en la que veía mensajes y fragmentos de canciones de Soda Stéreo por toda la ciudad, todo hacía parte de la publicidad de Cirque du Soleil y sin embargo para mí tenían una connotación diferente. Vivía solo desde un tiempo atrás, la academia se convirtió en un estorbo, en poco tiempo una mujer había sacado lo mejor de mí para luego desaparecer, la única razón para soportar el paso de los días: el paso de mi artista favorito por el  país  se cancelaba y la mayoría de mis amigos se habían graduado y marchado del país mientras yo seguía atrapado en esta inestable etapa que ya casi llegaba a su fin y no me garantizaba nada. 

Con el paso del tiempo ese resentimiento, esas emociones negativas que me impulsaban y sacaban lo mejor de mí, la valentía que nacía de demostrar que podía ser alguien sin necesidad de una figura paternal fueron reemplazados por depresión. La depresión me llevó a auto descubrirme, a desafiarme, esa misma depresión era mantenida a raya con un muro de sarcasmo e ironía, los usaba como un escudo en perfecto equilibrio. Demasiada depresión terminaría por matarme, demasiado sarcasmo me convertiría en un cínico, necesitaba un equilibrio ideal: como un dique en una represa.

Los días pasan en mi cuarto, cae el sol y debo recorrer media ciudad por una cuestión que me impone la sociedad. Regreso y me hundo en noches de gula e insomnio, de dolores de muela y azúcar que me hace desvariar, vivir solo no es divertido si no tienes con quien compartir esa soledad ¿Es acaso la soledad el precio de la libertad?

Nada me ata a esta ciudad ahora, solo la promesa de verme graduado y de pagar mis deudas para entonces marcharme, conocer nuevas personas, pisar nuevas tierras y descubrir si puedo o no valerme por mí mismo, últimamente miro a mi alrededor y me doy cuenta de todas las cosas que he acumulado y no necesito, la idea de empacar lo necesario y finalmente partir me seduce cada vez más y solo debo esperar un poco más.

Me he alejado de varias personas, desconozco por qué, pienso que algunos tienen mejores cosas que hacer que charlar comigo, a otros ya no los soporto, no son personas genuinas, son auténticos camaleones que se adaptan y cambian su rostro, en conclusión creo que me encierro cada vez más en este caparazón.

Estos dos últimos meses en particular me refugié en los libros, los convertí en mis mejores amigos al ver como los demás comenzaban a vivir sus vidas. Desaparecía para ir a leer y a dormir en la biblioteca en mis ratos libres, he leído ha varios autores  y las obras en las que explican en qué momento se encaminaron a su obra literaria y al éxito: Paul Auster, Murakami, Bukowski, intentando descifrar en qué momento  o cómo lograron triunfar, salir de las arenas movedizas: Aún no encuentro una respuesta.

A veces hablo con uno de mis profesores, un argentino de 40 años que desde el 2003 decidió mochilear por Latinoamérica, pasó hambre, camino sin descanso, pero siempre escribió, es uno de esos tipos raros que prefiere vivir feliz y hacer lo que le gusta, rechazó tenerlo todo a cambio de un poco de libertad y evadir un trabajo que lo hacía infeliz en una oficina o en un banco, renunció a la edición de un periódico "ándense a cagar" lo imagino diciendo. Su barba comienza a encanecer y empieza a perder el cabello, siempre lo veo de traje con un portafolio y un portátil que parece se desarmará con el primer golpe, no aprendí mucho en sus clases pero soy de esos que piensa que el mejor aprendizaje de un maestro no está en un aula sino en una tarde de charla con un café o o una cerveza. Quiero pensar que es un hombre feliz, o al menos satisfecho.

Pienso en el monólogo inicial de Woody Allen en Annie Hall, citando a Groucho Marx: "no quiero pertenecer a un club que tenga a alguien como yo entre sus socios" a  pesar de ello toda mi vida he pertenecido a pequeños grupos, cloacas de marginados y bichos raros en los que me siento mejor que en la élite la cual también he podido saborear y no me ha gustado: La  Hermandad, El Piojero, Sadelalite.

Pensé en cada uno de ellos, en la Hermandad, ese puñado de sujetos que gustaban de la música y esas cosas que nos gustan a los outsiders, quién habría pensado que terminaríamos siendo una parodia mal hecha de Trainspotting, al ingresar a la universidad pensaba en nosotros de una forma académica: el licenciado, los dos ingenieros, el arquitecto, el cineasta, el periodista y el músico. Con el tiempo esas franjas que delimitaban nuestras aspiraciones se fueron truncando y desvaneciendo en otras nuevas: el alcóholico, el oficinista frustrado, el adicto al juego, el dealer. Nadie lo vio venir. 


Pensé luego en los Sadelalite: una especie de acrónimo de Saboteadores de la Literatura, un colectivo de escritores aprendices llenos de ilusiones, creo que de todos los proyectos en los que he estado, ninguno fue tan sensato y libre de compromisos como aquel, era una anarquía donde escribir era la única ley, soy un melancólico y visito nuestros escritos con regularidad, solo por el morbo de leer lo que escribíamos en aquel entonces, una basura si me lo preguntan, pero era verdadera basura, transparente como debería ser todo en la vida, sentí gusto al ver que uno de los saboteadores también había acudido a la nostalgia y visitaba aquellos escritos llenos de polvo y telarañas, como un veterano que visita la tumba de sus antiguos colegas de guerra, sentí cariño por mi amigo y me dio gusto saber que aún hay sensatez en este mundo de locos.  

Murakami dirigía un bar de jazz, Auster viajó por Europa evadiendo Vietnam y trabajando en traducciones y pequeños artículos periodísticos, Bukowski vivía en pensiones baratas y trabajaba en la oficina de correos. Por ahora nada imposible, habrá que ver. 



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