El cielo es un toldo uniforme y grisáceo y la lluvia cae sin dar tregua, comenzó como el deslizar del tiempo en el interior de un reloj de arena, gota tras gota, ovaladas e inofensivas que caen como un avión en colisión, estrellándose contra el suelo en una sangrienta caída libre de moléculas que quedan esparcidas en asfalto dejando tras de sí ese olor particular a Petricor, el olor mismo de la vida que trae consigo la lluvia.
La visión se dificulta y el torrencial ruido del agua al caer distorsiona los sentidos, en poco tiempo el cabello cubre su rostro, dificultando aún más la visión. Las luces de los semáforos se transforman en una especie de llamas líquidas que flotan con fuerza propia casi como derritiéndose.
Los transeúntes buscan protección y corren a refugiarse como si se tratara de una lluvia de meteoritos, mientras, los valientes, o más bien aquellos que no tienen nada que perder, se aventuran al exterior y como si se tratase de sumergirse en profundas aguas, se enfrentan al aguacero.
Se hace difícil ubicarse tras avanzar algunos metros, el agua sube, las gotas resbalan por las mejillas como si se tratase de lágrimas y avanzar entre charcos es como atravesar un campo minado, hay un punto en el que todo está tan mojado que ya no importa si se pisa un charco o si un auto salpica con con sus poderosos neumáticos a los miserables que permanecen bajo el agua, ya no importa al fin y al cabo es simple agua.
Los charcos se unen y las calles se convierten en afluentes tormentosos, los zapatos surcan el asfalto y se puede sentir el agua penetrar la suela y enviar una descarga nerviosa de un hielo atravezando la piel.
Lo cierto es que nunca antes el mundo había sido tan suyo, tan libre, son pocos en las calles y se puede correr, gritar, saltar, maldecir, nadie va a hacer nada, únicamente mirar desde lo seco y cálido de sus ventanas, correr no equivale a negarse menos.
Debes llegar a tu destino y nada lo impedirá, el cielo comienza a iluminarse con los relámpagos que anteceden al trueno, la ropa pesa pero nada puede detener a un vagabundo que como un capitán ebrio y soberbio de euforia y alcohol, se aferra a las amarras de su embarcación con una mano mientras con la otra sostiene una botella de ron a medio terminar.
¿Es esta la furia de Dios? Creo que puede hacer algo mejor, porque no pienso detenerme. Una afronta irreverente.

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