"No te preocupes por los rechazos. Llevo 25 cigarrillos esta noche y cerveza ni te digo. El teléfono sólo ha sonado una vez: número equivocado” - Charles Bukowski

30 tabletas de Nifedipino
30 tabletas de Atorvastatina
60 tabletas de Losartan
30 tabletas de Hidroclorotiazida
Esta es la lista de medicamentos que me permiten seguir con vida, la Nifedipina, la Hidrocloroatiazida y el Losartan mantienen mi presión arterial estables, la Atorsvastatina disminuye mis niveles de colesterol y previene la posibilidad de un infarto, un cúmulo de medicamentos que se aseguran de apartar a la parca de mi puerta, postergando la inevitable.
Arrojo las pastillas a través de la primera alcantarilla que veo, mientras paso al frente de un hogar geriátrico, del otro lado de la verja miradas tristes y con cataratas me ven deshacerme del último medicamento, asombrados, se aferran a la vida con más de aquellos mismos medicamentos, sus cuerpos sin fuerza, respaldados por sillas de ruedas y caminadoras, añoran la libertad que yo aún poseo, añoran volver a su juventud, salir a bailar, frecuentar el billar, vagar por las calles y caminar por la ciudad, la misma ciudad que se encargó de darles la espalda y confinarlos al olvido los últimos años de vida. En realidad, nunca quise vivir tanto, supongo que no fui lo suficientemente valiente o cobarde para halar del gatillo o arrojarme de algún rascacielos, un sobreviviente a fin de cuentas.
Al salir esta mañana el vinilo de Sidney Bechet giraba en el tocadiscos, "Petite Fleur", al salir dejo tras de mí la puerta abierta, no pienso regresar. ¿Por qué el mundo es tan triste? le escucho decir a una joven mientras camino - cariño, la soledad pasó de ser un sentimiento a ser una epidemia, el mundo gira por inercia y ya nada es suficiente. A veces me cuesta salir de la cama y verle la cara al mundo, un mundo que ha dejado atrás su humanidad y deja ver su lado más hipócrita, gira cada vez más rápido mientras yo parezco volverme más lento.
Camino entre las tumbas y repaso una lista de mis amigos y conocidos, tacho nombre tras nombre, víctimas de sus propios vicios y demonios, cerraron sus ojos para no volverlos a abrir, sorprendidos por la muerte en la flor de sus vidas, en la cumbre de su éxito, o en el hedor de sus fracasos, al final todos terminan por sucumbir ante la fuerza imparable de este mundo y ante aquel dispendioso peaje que te cobra la vida cada cierto tiempo, exigiendo tu cordura, tu tiempo y tu corazón, como tributo para seguir a flote en esta letrina que te recuerda que al final todo es temporal, nada permanece.
Las calles se han vuelto más largas, el suelo se siente frágil bajo mis pies y el frío equilibrio de mi bastón, ya no puedo seguir el paso, igual que nunca pude seguir el paso del sistema, del establishment, apatrida, incomprendido por la sociedad, marginado e incomprendido, me relegué al anonimato. Solía pensar que rendirse era un sinónimo de debilidad, que no debía dar el brazo a torcer, sin importar las probabilidades, debía mantener la cabeza erguida, no agacharla y luchar por un propósito, no por orgullo, ni por esa obstinación que conozco tan bien, con el tiempo comprendes que a veces es mejor hacerse a un lado, evitar las vías del tren. No está mal hacerse a un lado, hay gente que no necesita ser salvada.
Hay viene mi locomotora....
Arrojo las pastillas a través de la primera alcantarilla que veo, mientras paso al frente de un hogar geriátrico, del otro lado de la verja miradas tristes y con cataratas me ven deshacerme del último medicamento, asombrados, se aferran a la vida con más de aquellos mismos medicamentos, sus cuerpos sin fuerza, respaldados por sillas de ruedas y caminadoras, añoran la libertad que yo aún poseo, añoran volver a su juventud, salir a bailar, frecuentar el billar, vagar por las calles y caminar por la ciudad, la misma ciudad que se encargó de darles la espalda y confinarlos al olvido los últimos años de vida. En realidad, nunca quise vivir tanto, supongo que no fui lo suficientemente valiente o cobarde para halar del gatillo o arrojarme de algún rascacielos, un sobreviviente a fin de cuentas.
Al salir esta mañana el vinilo de Sidney Bechet giraba en el tocadiscos, "Petite Fleur", al salir dejo tras de mí la puerta abierta, no pienso regresar. ¿Por qué el mundo es tan triste? le escucho decir a una joven mientras camino - cariño, la soledad pasó de ser un sentimiento a ser una epidemia, el mundo gira por inercia y ya nada es suficiente. A veces me cuesta salir de la cama y verle la cara al mundo, un mundo que ha dejado atrás su humanidad y deja ver su lado más hipócrita, gira cada vez más rápido mientras yo parezco volverme más lento.
Camino entre las tumbas y repaso una lista de mis amigos y conocidos, tacho nombre tras nombre, víctimas de sus propios vicios y demonios, cerraron sus ojos para no volverlos a abrir, sorprendidos por la muerte en la flor de sus vidas, en la cumbre de su éxito, o en el hedor de sus fracasos, al final todos terminan por sucumbir ante la fuerza imparable de este mundo y ante aquel dispendioso peaje que te cobra la vida cada cierto tiempo, exigiendo tu cordura, tu tiempo y tu corazón, como tributo para seguir a flote en esta letrina que te recuerda que al final todo es temporal, nada permanece.
Las calles se han vuelto más largas, el suelo se siente frágil bajo mis pies y el frío equilibrio de mi bastón, ya no puedo seguir el paso, igual que nunca pude seguir el paso del sistema, del establishment, apatrida, incomprendido por la sociedad, marginado e incomprendido, me relegué al anonimato. Solía pensar que rendirse era un sinónimo de debilidad, que no debía dar el brazo a torcer, sin importar las probabilidades, debía mantener la cabeza erguida, no agacharla y luchar por un propósito, no por orgullo, ni por esa obstinación que conozco tan bien, con el tiempo comprendes que a veces es mejor hacerse a un lado, evitar las vías del tren. No está mal hacerse a un lado, hay gente que no necesita ser salvada.
Hay viene mi locomotora....
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