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miércoles, 24 de octubre de 2012

Olalla

No tengo un motivo o un tema especifico del que hablar en esta entrada, simplemente quería pasar y escribir esto y decir que me siento bien....maldita sea.
Igual que con la música, soy muy envidioso con los libros, es decir mi pensamiento es The Beatles y Pink Floyd son mis bandas favoritas, por tanto nadie más puede hacer de ellas sus favoritas, son exclusivas para mi, mientras todo el mundo canta las canciones mas conocidas creyendo que son las mejores, personalmente considero  que las mejores canciones de un artista son aquellas que son solo conocidas por aquellos verdaderos seguidores, eso equivale a que me guardo para mi la mejor música de determinado artista y no se la doy a conocer a todo el mundo, un poco envidioso de mi parte, pues así me pasa con los libros, con mis autores favoritos, hay libros, cuentos que son bastante desconocidos  y sin embargo son exquisitos, me gustaria seguir manteniendo esa costumbre, y compartir mis conocimientos unicamente con quien los merezca, da igual si lo escribo aquí porque se que pocos lo leeran, pero simplemente no encontraba una mejor forma de expresarme que mediante este pequeño fragmento.

El silencio, el reposo, ganaron mí ánimo. Y atravesé el patio rápidamente y comencé a trepar por la escalera de mármol. Al llegar al último peldaño se abre una puerta, y he aquí que me encuentro frente a frente de Olalla.   La sorpresa me inmovilizó. Su belleza se me entró hasta el alma. Olalla, en la sombra de la galería, brillaba como una gema de colores. Sus ojos aprisionaban y retenían los míos, juntándonos como en un apretón de manos. Y aquel instante en que, frente a frente, los dos nos mirábamos, y, por decirlo así, nos bebíamos el uno al otro, fue un instante sacramental, porque en él se cumplieron las bodas de las almas.   Ignoro cuánto tiempo pasé en aquel éxtasis profundo; al fin, haciendo una presurosa reverencia, continué hacia el segundo piso. Ella no se movió. Pero me siguió con sus grandes ojos sedientos. Y, cuando hube desaparecido, pude figurarme que ella palidecía y caía desmayada.   Una vez en mi cuarto, abrí la ventana y me puse a contemplar el campo, sin entender qué mudanza había acontecido en aquel austero teatro de montañas, que ahora todo parecía cantar y brillar bajo la dulzura de los cielos. ¡La había visto! ¡Había visto a Olalla! Y los picos rocallosos contestaban: "¡Olalla!" Y hasta el azur insondable y mudo repetía: "¡Olalla!" La pálida santa de mis sueños se había desvanecido para siempre, cediendo el lugar a esta mujer en quien Dios había derramado los más ricos matices y las energías exuberantes de la vida, haciéndola tan vivaz como el gamo, tan esbelta como el junco, y en cuyos grandes ojos ardían las antorchas del alma. El temblor de su vida joven, tensa como la del animal salvaje, había hincado en mí toda la fuerza de aquella alma, que, acechándome desde sus ojos, cautivaba los míos, invadía mi corazón y brotaba hasta mi labio en canciones. Ella misma circulaba ya por mis venas; era una conmigo.