lunes, 6 de octubre de 2014

Una cuerda floja


Escuchar mientras se lee




... De pronto, Santino Corleone comprendió que había llegado su hora. Se sintió 
completamente lúcido, libre de toda violencia, como si el miedo oculto, 
finalmente real y presente, lo hubiera purificado. 


Lo curioso de la situación, comienzas a vivir tu vida normalmente, regresando al viejo tú, reorganizas tus prioridades, sumergiendo tu mente en otras actividades, vuelves a ser el músico, el dibujante, el escritor, lentamente das paso a los proyectos que traes en tu mente, sin embargo, un mensaje detiene todo el proceso, imagino la escena, un maquinista reduce la velocidad de la locomotora, la cual queda inmovil en medio de la nada. 


Como un complice de la tragedia, mi playlist me juega sucio y todo el camino la lista aleatoria alimenta mis expectativas, mientras en un monólogo interno me repito que no debo imaginar nada porque es probable que lo que pase sea algo totalmente opuesto a lo que espero, y de hecho, si así fue.

En cierto modo hubiera sido gracioso, platicar un tema así en medio de tanta gente, entre delfines ensangrentados y hombres en trajes de toros,  probablemente hubiera tenido que repetir lo mismo varias veces, pero al diablo, era algo poco convencional, parecía la oportunidad perfecta, un ambiente lejano al cotidiano, entre la multitud, los ladridos y los gritos de la gente, en su mente, distante solo suena una canción de Calamaro, en la que en El circo vos ya sos una estrella y en la que si te preguntas vos no me conocías, 

Fue rápido, fue sutil, como la muerte de el Principito, como un tiro de gracia, un segundo bastó para comprenderlo todo, para comprender que nunca fue el protagonista de la historia, sino un simple personaje más, pudo justificar todos y cada uno de los actos de los que hizo parte y reaccionar para huir como un animal herido a su guarida. ¿Qué tan roto tienes que estar?

No hubo alaridos ni gritos,solo una simple expresión de sorpresa, seguida de un  pequeño "Ah", que resumió todo lo que podía sentir y decir en el momento, una última exhalación, para luego caer de rodillas al suelo, con un hilillo de sangre deslizandose por la comisura de su boca, con un último aliento bajó la mirada para ver su pecho atravezado por una daga, poco a poco, el corazón, anteriormente cargado de adrenalina, comienza a reducir su velocidad, la sangre se acumula en el piso al punto de que ya puede ver su reflejo en este, tan de la nada como había empezado todo, así, había terminado, su respiración se entrecortaba, sabía quien había sido la persona que le había atravezado el pecho, y sin embargo no quería voltear para confirmarlo, ya era suficiente con saberlo.

Ahora que lo pienso, no, no fue rápido, fue lento y tortuoso, fueron semanas de dolor en cantidades segmentadas, como pequeñas dosis de sufrimiento repartido en horas tediosas y noches de insomnio, contrario a lo rápido que pareció ser, fue como la muerte de Sonny Corleone, dolorosa, falta de dignidad, como la muerte del protagonista de La Vida es Bella, fuera de escena, como el caer de una gota de agua, como gritar en medio de un desierto.


Entonces se preguntó si el mismo impulso que genera la felicidad para hacer las cosas, es el mismo estímulo que se recibe de la ira, porque era la única sensación que lo embargaba en ese momento, rabia con tantas cosas, cosas que debieron pasar de otra forma pero que no fueron, la realidad fue una fotografía mal revelada, como un recuerdo que creyó nunca vivir.


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